Por verla sonreír…

Gisela Islas Trejo
Sep 1, 2018 · 3 min read

Todo en extremo hace daño, pero no sabes la impotencia que siempre siento cada que la veo sufrir. Cuando la maldad se apodera de ella me acerco y cada parte la siento cual piedra, la abrazo y pareciera que una helada le ha llegado de forma amarga y violenta. Es cuando ella se desespera y todo el cuerpo le tiembla, el aire no viaja hasta sus pulmones, es lo que la escucho decir, miro su cuerpo y ella está en lo cierto. Sus piernas se retuercen de un lado a otro, tanto, como un pescado fuera de su mundo acuoso.

Mi temor con que deje de respirar se hace más grande con el pasar de los minutos, no se le puede dar pastillas porque no las traga, mucho menos inyectarle algo porque lo que le pasa (dicen los médicos) no lo amerita. Su psiquiatra y los señores de yoga le han dicho que todo está en el control mental. Mi hermana le toma la presión y atiende con su estetoscopio a los pulmones. El aire sí corre, pero ella aún se siente morir.


Pasa la crisis y con ella desaparecen los minutos de horror viendo cómo sufre mi ser querido, pero es un temor que se mantiene más vivo que nunca, ella no puede reír en extremo porque después la maldad regresará para callarla, ella no puede estar triste en extremo porque después la maldad regresará para congelar esas lágrimas y convertirlas en filosas armas, ella no puede enojarse en extremo porque después la maldad regresará y cobrará factura por adelantarse al amargo momento, si se estresa es malo, si hay tránsito es peor, si no sabe de los míos o hasta de mí las consecuencias adquieren nombre propio. Cuando no come nada o se atasca de alimento aquello regresa a su cuerpo y la envenena en extremo.

El escenario siempre es distinto, nos ha tocado en Xochimilco, dentro de la casa, sobre avenida central y la mayoría de veces manejando o estando de copiloto lateral. De día, de noche, siendo las 4 de la tarde o las 2 de la madrugada, desde hace 20 minutos y los ya lejanos 10 años. La hemos llevado a hospitales caros y una vez la auxiliaron afuera de una tienda departamental. No sé quién de los cinco vaya a declinar, y dudo alguno lo llegue a hacer; pero yo me siento morir cada que la tengo en mis brazos en el asiento trasero del auto, me siento tan grande de poder protegerla con mi cuerpo, saber que estando ahí la puedo calmar de alguna forma, la tomo de las manos, acaricio una y otra vez sus dedos…aún siento la tensión en ellos, beso su frente y le susurro que todo saldrá bien…


Aún recuerdo cuando tenía 12 y corrí a la tienda por un chocolate para que se le subiera la presión, corrí tanto que pude sentir cómo las lágrimas en mis mejillas desaparecían a cada paso que daba, ahora las mismas gotas de agua salada bajan por mi rostro y se pierden pero en los cabellos canos de mi ser amado


…yo te protegeré y estando en mis brazos nada te pasará, nada entrará, cierra tus ojitos e imagina que estás en el lugar más bonito que hayas visto, de todas formas cuando los abras aquí estaré yo, vigilando tu sueño y tu andar al despertar.

La quiero ver sonreír sin temor al final, reírse hasta llorar sin temor a que se congelen sus lágrimas, enojarse ni más ni menos que lo normal y disfrutar su soledad sin temor a que nadie la pueda ayudar. Quiero escucharla de nuevo cantar hasta quedarse afónica, verla celebrar su cumpleaños en un concierto de salsa y cumbia sin temor a que le falte aire para poder bailar. Quisiera poder ayudarla para que ya no se ponga mala, y es que como lo dije al inicio todo en extremo hace daño, ahora que si la maldad me propusiera la cura de la ansiedad pues sí, prefiero ser infeliz a costa de que ella vuelva a sonreír.

Gisela Islas Trejo

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Comunicóloga del ser y todas sus acepciones. Basquetbol ❤️ pata de perro y viajera de cajón. El baile y canto fuentes liberadoras de la energía frustrada.

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