No gracias, no quiero una galleta gratis por mis “lindas piernas”. Tampoco quiero percibir su mirada acosadora cada vez que utilizo vestido. No, no detenga su vehículo para que yo pueda pasar si va a gritar “Mami, que rica que está”. No me silbe, no me diga cosas que me van a perturbar, no se tome el atrevimiento de creer que me va a piropear. No quiero que me acompañe, no quiero que me dé un hijo, no quiero que me tire besos al pasar. ¡No! No le grite a mi mamá suegra, cuando vamos a la par. No se equivoque, no quiero que me toque solo porque no se pudo controlar.

Es absurdo el acoso que reciben las mujeres en este país. Y es aún más absurdo el hecho de que no nos podamos defender por miedo, miedo a que nos hagan algo por exigir respeto. No estoy enfatizando en clase social ni en edad, es algo que al menos yo, creo vivimos todas las mujeres. ¿Cómo es posible que en el 2015 un 61.7% de las mujeres en Costa Rica recibimos acoso callejero y aún no se haga nada? Según una encuesta que realizó la Escuela de Estadística de la UCR.

Hoy una señora me dijo “¡Ay mamita! usted ya sabe que así son la mayoría de los hombres”. Sí señora, yo sé cómo son pero gracias a saberlo es que quiero que se acabe. No se trata de acostumbrarse a que de fijo nos van a gritar, pitar el pito, que nos van ver con miradas asquerosas, no se trata de “hágase la loca e ignore lo que le dicen”. Se trata de exigir respeto, de querer vivir tranquilamente, de poder ponerle límites a una persona cuando se está pasando. No se trata de andar gas pimienta en el bolso y de andar audífonos todo el día para evitar escuchar lo que nos dicen. No, no se trata de “todos los maes son unos lagartos”.

Se trata de parar esta cultura, de educar a sus hijos desde pequeños que toda mujer sin excepción merece respeto. Y sí no se les educo en la casa que se les eduque en la calle. A mí sinceramente el acoso callejero me tiene harta, y lo que más me harta es ver lo impotentes que somos las mujeres al querer defendernos. Si yo les contará los “piropos” que a mí y mujeres cercanas nos han dicho se asustarían y entenderían el porqué de mi reacción. Tampoco quiero generalizar y decir que todos los hombres son así.

Si usted es mujer y también ha pasado por situaciones así, la insto a perder el miedo, perderle el miedo a su jefe, al magistrado, a su profesor, al guarda, al compañero de trabajo, a los choferes de buses, a los constructores o cualquier hombre que crea que puede actuar como le dé la gana o decir lo que quiera hacia nosotras. ¡Sí! sé que es difícil volverse y responderles, es difícil poner a alguien en su lugar sin sentir miedo a veces, pero para mí es mucho más difícil pensar que tendré que luchar toda mi vida con esto.

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