31 de Agosto 2014, 19:32 hs.

Eligiendo recuerdos (y tratando de olvidarlos)

Mientras tecleaba en mi laptop veía a través del vidrio como dos señoras mayores entraban a una tienda de paraguas de la peatonal. Aquella tienda parecía un punto rojo en una enorme hoja de papel blanco. Pura seducción. Apagué la computadora. Fue como si al cerrarla mis pensamientos acerca del trabajo se hubieran ido por un tubo hasta el contenedor de la basura que siempre prendían fuego en la esquina. Ese verde que casi todos los días tenía cuatro o cinco de esas bolsas de basura negras que dejaban apiladas al lado porque el contenedor no da abasto. Hay unas bolsas estándar de sesenta centímetros y otras más grandes de un metro. Bueno, de las primeras. Esas que son una especie de vestimenta formal urbana que usa la basura cuando abandona el espacio privado y se expone al público, a la société. Y tienen un aire democrático en su andar, una ética igualitaria, donde mi basura se viste igual a la tuya y a la de los demás, porque no es ni mejor ni peor, y podría serlo en lo doméstico pero una vez vestida, es la misma chatarra adentro y a nadie le importa andar comparando. La bolsa en sí es un dispositivo que pasa inadvertido, está legitimizada su invisibilidad, porque esconde la basurología que a nadie interesa estudiar. Tiene cierta inmundicia innata pero sobre todo cierta nobleza. Y las ves todas apiladas, las que no entraron ahí adentro, en el contenedor. Esperando, esperando. Y yo mientras tenía un montón de opiniones que nunca las pude comentar con nadie. No por algo en particular sino porque son cosas que pasan, a veces pasas horas pensando algo, horas y horas y nunca se las terminás contando a nadie. Un día me cansé y anoté en una hoja de papel una lista de personas en las que creía que valía la pena pensar. Otro día anoté una lista de personas con las que valía la pena usar mi tiempo. Después hice otra pero de todo lo contrario. También hay cosas que yo solo sé de mí y creo que es mejor que eso quede así. Para siempre.