Notas de saxofón en la niebla

Aquel día yo quería cantar y nadar como un tiburón. Muy profundamente. Flotando a través del mar. Ocultándome hasta el final del día.

Terminé el cigarrillo. Una última calada después de un trago de tequila. A lo lejos, envuelta en la niebla del amanecer, observaba a S. Ligeramente encorvada hacia delante, casi en el borde del muelle que se adentraba en el lago. Al fondo, una línea verde de árboles. Tocaba su saxofón. Una melodía frenética, casi irritante. Su dulzura habitual había desaparecido mucho tiempo atrás.

“Eres un imbécil, me pregunto cómo te acuerdas de respirar”, me dije a mi mismo.

La melodía continuaba, cortante. Paró de repente, con una nota incompleta. S. giró la cabeza, me miró. Una sonrisa.

“Susana, Susana”, grité. No hubo respuesta.

“Eres un imbécil, me pregunto cómo te acuerdas de respirar”.

Susana no iba a responderme. Susana no me veía.

Susana no estaba allí, imbécil.

Susana no había estado allí desde hace catorce años.