El taller del artista

Carmen Sánchez

Taller de Michael Bracke

Cuando se visita un museo o una galería de arte esperamos algo preciso sobre nuestra visita. Hemos elegido época y lugar, quizá creador y hasta obra específica. Queremos ser en esa vivencia de la obra y generar una experiencia vital, estética, la llaman. Llevarnos a casa el momento, a nuestra historia.

A veces pensamos vagamente en el recorrido de la materia hasta el espacio destinado para su exhibición, a veces nos toca ver el desenvolvimiento mismo de la obra cuando se trata de arte concepto (pero ese tema lo abordaremos en otra entrega).

La materia del arte es y ha sido siempre la misma. Es la mano, el sueño del tacto que imagina el primer instrumento y, desde luego, el básico. El mundo del artista se va a revelar en la voluntad que ejerce la mano y sus distintas extensiones. Un pincel, una gurbia, un cincel, un martillo…

Casi cualquier material que pueda ofrecer su naturaleza a la voluntad imaginativa del artista encuentra otro que lo encare para subvertirlo y transformarlo desde su intimidad para mostrarlo como la imagen que toma forma y volumen, materia y sentido.

Es así que el artista, en la consecución de su deseo, se hace de distintos materiales y herramientas para cumplir el sueño del tacto imaginante (Bachelard). El arte se expresa en la voluntad del cuerpo, en la habilidad de la mano y el artista provee su sueño de un taller lleno de objetos y artilugios. Comprados, elaborados, obtenidos de maneras curiosas. Cada pequeño traste tiene historia y valor en su desempeño.

Taller de John van Oers

Las primeras expresiones artísticas son de aproximadamente unos 40,000 años atrás. Los pigmentos eran de origen natural. El lienzo, el volumen y la textura lo proporcionaba el muro rocoso. Los pinceles y lápices eran los dedos, varitas quemadas, popotillos para soplar tinturas.

Dado el origen natural de los materiales, la humedad de las cuevas es un tanto asombrosa la preservación de estas obras de intención simbólica y expresión realista, económica y efectiva a más no poder.

El origen natural de los materiales es uno de los elementos mas caros al arte considerado más o menos tradicional. No hay salvación: el arte es de la materia, la materia es del arte y, por tanto, del deterioro que conlleva. La lucha por buscar acabados y barnices que prolonguen la vida de las piezas, el estudio científico de las telas y sus preparaciones, de los muros, de los pigmentos, es parte de esa batalla contra el deterioro natural.

Así que tenemos al artista, hombre o mujer, ese personaje en realidad poco sofisticado, cubierto de polvos y pigmentos, con las manos heridas y rudas por su trato severo con los materiales. Un corazón acicateado por sus deseos, una voluntad que busca la materia para sus sueños. Tenemos un taller lleno de minuciosidades que tienen un misterio y un valor que sólo el artista conoce.

Si lo vemos de cerca, el taller del artista renacentista y el del contemporáneo como Alberto Castro Leñero, no son tan diferentes.

Alberto Castro Leñero en su taller.
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