Ángel exterminador

“La premeditación de la muerte es premeditación de libertad; quien ha aprendido a morir olvida la servidumbre”. Michel de Montaigne

Vivo en un edificio de 18 pisos. Cuatro apartamentos por nivel. Dos o tres personas viviendo en cada uno. Es decir que por cada piso son, aproximadamente, doce personas separadas por paredes de escasos diez centímetros. Todo el mundo, lo he notado, suele dejar abierta la ventana de la cocina, supongo que para secar la ropa y dejar salir el humo que se produce al asar carne, freír papas o hervir huevos. Es un edificio silencioso además. Las fiestas no son ruidosas. En ocasiones se escuchan músicas lejanas, en ocasiones se escuchan murmullos de gente conversando; en una ocasión, mientras dormía, escuché a una mujer llorar y no lo hacía como cuando te rompen el corazón, cuando tu esposo te dice que ha conocido a alguien mejor o cuando las sucesivas frustraciones de la vida corriente necesitan cualquier agujero por donde fugarse, lo hacía como cuando perdemos irremediablemente, lloraba como si ante ella tuviera a la muerte. Creo que fue un domingo. Los domingos tengo problemas para dormir. Me quedo durante horas en la habitación oscura y escucho lo que pasa afuera: las llaves de la pareja de al lado que llega tarde a casa y sobre todo las alarmas de los automóviles estacionados en la calle que suenan constantemente como si tuvieran la facultad de mantener una conversación. Pero el día que escuché ese llanto todo estaba en silencio y, entre los sollozos, la mujer articulaba algunas palabras. Estoy seguro de que estaba sola, por lo tanto hablaba consigo misma o con ese espectro avasallador que en ese momento solo ella podía ver. No entendía lo que decía pero parecía una súplica. Imploraba. Quizá deseaba con todo el corazón que el tiempo transcurriera en sentido inverso para que las cosas fueran distintas, para que las cosas fueran mejores, para ser un poco más feliz. Finalmente todos quisiéramos eso: tener el poder de retroceder en el tiempo y cambiar la historia para ser felices. Esa noche me levanté, me acerqué a la ventana y traté de escuchar lo que decía la mujer que lloraba. Primero intenté adivinar de cuál apartamento provenía el llanto. Imaginaba a la mujer asomada en la ventana pero también la imaginaba de pie en un balcón, mirando alternativamente hacia el edificio del frente y hacia la calle, 70 metros más abajo. ¿Contemplaba la posibilidad de arrojarse? En mi imaginación, esta mujer no se lanzaría a una muerte segura sino que se lanzaría a volar o por lo menos flotaría como si estuviera inflamada de gases misteriosos con propiedades similares a las del helio. Pero el sonido de este llanto era tan delicado que parecía provenir de todas las direcciones, incluso parecía estar muy cerca, como si procediera de una presencia invisible que siempre se las arregla para estar a mi espalda sin dejarse ver como en esa película de Kim Ki Duk que me gusta tanto. No sabría calcular cuánto tiempo permaneció la mujer llorando y tampoco podría decir si al terminar de llorar yo volví a mi cama o me mantuve de pie junto a la ventana escuchando los ruidos de afuera. Lo más probable es que todo hubiera ocurrido en breves minutos pero, en mi recuerdo, ese momento es prolongado como la idea que tenemos de un viaje hacia lugares recónditos.

Durante los días siguientes me fijé muy bien en las personas con las que me topaba en el ascensor. Nadie parecía haber estado en presencia de la muerte. Las mujeres jóvenes que vi parecían conformes e incluso gozosas. Y las mujeres más viejas se veían fuertes y resignadas, a gusto con su tarea de pasear al perro, comprar la leche e intercambiar chismes con el portero. Luego dejé de buscar y sumé los acontecimientos de esa noche a la lista de misterios sin resolver de mi edificio.

Otro misterio por resolver es el de un vecino temible con el que me crucé dos o tres veces en el ascensor. Negro, pequeño, cojo. Siempre de anteojos oscuros. Caminaba con un bastón y no respondía cuando le decía buenas noches o buenos días. Me miraba de los pies a la cabeza como pensando por donde debería empezar a despedazarme. Por fortuna no lo volví a ver.

Otro misterio es el de las mariposas. La primera vez que ocurrió fue natural. La segunda vez lo consideré casual y no puedo denominar la tercera vez con algo menor a escalofriante o espantoso.

No es por el miedo inexplicable que he albergado desde niño a esas mariposas negras que vuelan desbocadas en la noche; es porque me parece una señal siniestra que de todas las ventanas abiertas que hay en las cocinas de mi edificio justo sea mi ventana la que se esté convirtiendo en el refugio favorito de estos seres monstruosos. Se infiltran en la noche mientras estoy dormido. Lo descubrí una madrugada en la que repentinamente desperté. Sentí sed y quise ir a la cocina. Cuando abrí la puerta del cuarto, una sombra más que negra pasó revoloteando en un vaivén aéreo neurótico que sobresaltó mi corazón y le dictó a mi mano la orden de cerrar la puerta con un violento reflejo instantáneo que produjo un ruido que debió perturbar el sueño de muchos. Estaba petrificado pensando en qué hacer. Volver a la cama no era una opción porque ella seguiría allí afuera y tarde o temprano tendría que enfrentarla. Así que tomé un periódico que había estado leyendo esa noche, lo enrollé y salí a concretar mi objetivo de expulsar a esa chapola negra que aleteaba ruidosamente en el espacio aéreo de mi sala. Al abrir de nuevo la puerta no la vi y fui hasta la cocina a encender la luz. Con el resplandor del bombillo de neón ella reaccionó y voló descontroladamente, casi choca con mi cabeza pero supe esquivarla. Empezó a aletear alrededor de la luz y comprendí que debía engañarla para ponerle punto final a su navegación invasora. Primero cerré las puertas de las habitaciones para reducir su campo de acción, abrí la puerta del balcón y puse una lámpara. El plan consistía en encenderla, atraer la mariposa hacia esa luz exterior y cerrar la puerta. Un engaño perfecto que casi fracasa porque, al apagar la luz de la cocina y dejar encendida solo la de afuera, la mariposa quedó desorientada y tardó demasiado en encontrar la ruta que yo deseaba. Mientras volaba chocando con las paredes, con el suelo, con el televisor, yo la azuzaba con el periódico pero esquivándola al mismo tiempo. Si algún habitante del edificio del frente hubiera visto la escena, habría divisado a un hombre semidesnudo moviéndose como un lamentable Spiderman o simulando un combate samurái sin ninguna gracia estética. Pero no me importó el qué dirán y finalmente pude sacar a ese monstruo de mi casa.

La segunda vez fue similar el procedimiento, solo que yo no dormía sino que veía una película y una chapola negra, gigante, frenética y descontrolada paso justo frente a la pantalla.

La tercera vez era pleno día y emergió de pronto en la cocina, estaba oculta tras la lavadora pero ni siquiera me sometió a la penosa tarea de expulsarla sino que ella misma se salió por donde había entrado. Su presencia fue breve pero igual o más espantosa que las anteriores porque ya no vi en el incidente una jugarreta del azar sino una premonición abominable. Es como si el asedio de la criatura nocturna significara que, pronto, esa presencia inminente ante la que lloraba la mujer de la otra noche se materializará en mi vida con un poder que succionará de mí un murmullo suplicante que se expandirá en todas las direcciones y quizá alguien escuche tras una ventana mientras espera su turno.

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