El camino de las hienas

En el año 2009, fue Brillante Mendoza quien se llevó el premio como mejor director en el Festival de Cannes por su película Kinatay. La decisión fue controvertida e imprevista. Mendoza se codeaba en la muestra oficial con cineastas de amplia trayectoria como Pedro Almodóvar, Jaques Audiard, Quentin Tarantino, Lars Von Trier, Alain Resnais, Ken Loach, Michael Haneke, entre otros. La victoria inesperada hizo que la película llamara aún más la atención de una audiencia que estaba dividida acerca de esta historia que Mendoza narra con sencillez visceral, lo que incluso podía confundirse con falta de esmero en los asuntos técnicos más fundamentales como la iluminación o la puesta en escena.

Las dos caras de la moneda en esta división de opiniones estuvieron representadas por el director Quentin Tarantino, quien concursaba en la muestra oficial con la película Inglourious Basterds; y el famoso crítico Roger Egbert. Por un lado, Tarantino compartió el entusiasmo del jurado y le envió una nota a Mendoza, escrita a mano, en la que lo felicitaba por no dramatizar el homicidio, no ser complaciente con el suspenso de la película y lo calificaba de audaz y atrevido. “Me creí todo lo que vi”, decía Tarantino en esa carta. En el otro extremo estaba Roger Egbert quien calificó a Kinatay como lo peor que se ha proyectado en Cannes y escribió en una de sus reseñas: “Declaro que puede que no haya diez personas en el mundo que compren tiquetes para esta película y sientan que el dinero fue bien invertido”.

A su modo, cada uno tenía razón. Es cierto que Kinatay no fue hecha para ser una película taquillera y llenar el corazón de sus espectadores de goce y satisfacción. Mendoza, en las entrevistas que concedió tras recibir el premio, declaró enfáticamente que su película no buscaba entretener ni divertir. Para él, Kinatay es un viaje a la oscuridad y su tratamiento realista de la historia buscaba justamente que el público se contagiara del miedo, el asco, la desazón y brutalidad que ondulan alrededor de los personajes. “Mis películas no son para divertir a la audiencia. Son para que se cuestionen sobre su moral y su propia mortalidad”, dijo Mendoza ese año. Así que Egbert tenía razón si imaginaba a un rebaño de espectadores insatisfechos por haber gastado sus dólares para después salir con las tripas revueltas.

Y en eso radican la audacia y el atrevimiento que Tarantino vio en el trabajo de este director Filipino. Puede que Kinatay no sea fácil de ver porque su argumento no le entrega al espectador lo que normalmente espera de las historias. Sin embargo, esto la hace impredecible y la sobrecarga de un suspenso que evita que uno despegue la mirada de las escenas.

En el corazón de Manila viven el joven Peping con su novia y su hijo recién nacido. Las imágenes que abren la historia muestran una ciudad caótica y farragosa. Sin embargo, hay una estela de alegría porque Peping contraerá matrimonio y nos invita a acompañarlo en su viaje hacia los juzgados donde hará sus votos de amor y fidelidad eterna. Nos damos cuenta, después, que es un estudiante que aspira a convertirse en agente de la policía. Leemos en su rostro ingenuidad y esperanza. No tiene mucho en el mundo, pero aparenta ser uno de esos personajes capaces de enfrentar a una manada de hienas.

Pero ya dije que Kinatay no entrega lo que uno espera. Llega la noche y Peping es arrastrado en ese viaje a la oscuridad del que hablaba Mendoza, una oscuridad que se lo traga todo. El estilo documental de la película contribuye a acentuar esta sensación. Los primeros veinte minutos del filme, en los que vemos a Peping casándose y disfrutando de un modesto festejo, fueron rodados en película de 35 milímetros. El resto de la historia se grabó en video de alta definición, lo que le dio a las imágenes un aspecto denso y granuloso. Con esta decisión, Mendoza logró que la noche luciera aún más oscura y clandestina.

Cuando descubrimos que Peping trabaja para una banda liderada por un policía corrupto, cuando intuimos que la misión de esta noche es participar del escarmiento que quieren darle a una prostituta por no pagar a tiempo sus deudas, cuando se nos revela que ese escarmiento es una faena de violación y desmembramiento, nos encontramos tan asqueados e indefensos como Peping. Una historia convencional mostraría al héroe enredado en una serie de peripecias cuyo resultado sería salvar a la víctima y vencer a los malos, por lo menos escapar de ellos. Pero en la vida cotidiana los héroes escasean. Peping será testigo de un horrendo crimen y nosotros seremos sus cómplices.

Mendoza construye las secuencias desde un punto de vista que oprime. Hay un viaje por carretera que se extiende casi 30 minutos. No hay elipsis entre el secuestro de Madonna y su asesinato. Ese tiempo intermedio, aparentemente muerto, crea una tensión casi insoportable: se licúa la moral, nuestra triste mortalidad queda al descubierto. En el viaje de regreso, mientras las extremidades de un cuerpo se arrojan a la carretera, Mendoza traza el perfil de un mundo en el que la salvación es escurridiza. No podemos dudar que esas migas sanguinolentas que quedan en el camino señalan la ruta que Peping recorrerá repetidas veces, ahora que se ha convertido en una hiena más de la manada.

Carta escrita por Quentin Tarantino al director Brillante Mendoza
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