El embrujo Yakuza

Hay un sabor a leyenda en todo lo que está relacionado con el lejano Japón. Al menos para nosotros, los extraños del hemisferio occidental, ese país siempre estará lleno de misterios y sus habitantes serán individuos indescifrables, como si en verdad hicieran parte de un lugar apartado del tiempo.

Japón es el país que recibió la tormenta de fuego de la bomba atómica, el país de los samuráis, los ninjas, las geishas, los kamikazes y el harakiri. También es el país de los yakuza y el estricto código de honor que los gobierna. En todo esto hay un atractivo que supera los deslumbramientos de lo exótico. Ese país tiene el poder de adherirse a las personas desde adentro si estas han estado el tiempo suficiente expuestas a sus distintos embrujos.

En el caso de Paul Schrader y el primer guion que escribió para un largometraje, el encantamiento operó por reflejo.

Ken Takakura en la película The Yakuza (1974)

Entre 1968 y 1972, el hermano mayor de Paul, Leonard, se estableció en Japón como un maestro de inglés que se vio desempleado una vez la revolución estudiantil de la época hizo cerrar las universidades. El norteamericano estaba en Japón porque huía. Cuando recibió la notificación de que debía enlistarse en el ejército para combatir en la guerra de Vietnam, tomó un vuelo hasta esa isla al otro lado del planeta. Tenía 24 años. En la nación del sol naciente llevó una doble vida: de día enseñaba literatura inglesa en las Universidades de Doshisha y Kyoto. En las noches se sumergía en el bajo fondo de las ciudades regido por el poderoso clan Yamaguchi-gum, de la mafia yakuza. Así fue como se familiarizó con una clase de hombres violentos pero honorables. Frecuentando los clubes nocturnos que eran epicentro de las operaciones yakuza, Leonard Schrader se acercó lo suficiente a ellos como para concebir una novela.

Sin embargo, cuando regresó a los Estados Unidos, liberado de la obligación de ir a morir a una guerra, su hermano Paul lo convenció de escribir el guion de una película. Durante ocho semanas de encierro produjeron tres borradores de una historia cuya versión final estuvo lista en enero de 1973. Mientras ellos escribían, el agente de Paul Schrader se encargaba de esparcir el rumor sobre el fantástico guion en el que trabajaba su protegido. Robin French acudía a cenas y cócteles con los peces gordos de la industria para seducirlos y garantizar una jugosa recompensa. Cuando salió a subasta, el precio base del guion fue de 100 mil dólares pero sorprendentemente esta cifra se elevó a un total de 325 mil dólares, pagados por la Warner Bros.

Sydney Pollack

La productora no tardó en embarcar en el proyecto al director Sydney Pollack y encargó la revisión final del texto a Robert Towne quien en el momento de firmar el último borrador -diciembre de 1973- se encontraba en plena producción de Chinatown (1974) la película de Roman Polanski cuyo guión era de su autoría.

El eje central de The Yakuza, estrenada en 1974, es la contradicción entre mundos opuestos que comparten principios morales. Harry Kilmer (Robert Mitchum) es un veterano de la Segunda Guerra Mundial que debe regresar al Japón 20 años después de haberlo abandonado con el corazón roto. Un clan yakuza secuestró a la hija de su amigo y ex compañero del ejército, George Tanner, quien le encomienda la misión de liberarla. Sabe que ese viaje abrirá viejas heridas y lo confrontará nuevamente con el amor de Eiko. Pero debe hacerlo, es su forma de pagar la vieja deuda que tiene con su amigo.


Si la historia de esta película pudiera simplificarse en un solo tema sería ese: el sentido del deber. Los personajes principales son hombres que pagan sus deudas por encima de cualquier cosa, incluso de sus propias familias. Y en el universo yakuza, las deudas de honor se pagan con sangre.

El preámbulo de la película describe muy bien esta característica esencial del género, al narrar el origen de la organización criminal:


Sesión de tatuaje tradicional japonés

“La palabra japonesa yakuza está formada por los números 8, 9 y 3. Totalizan 20, un número perdedor en el ambiente de juego japonés. Así es como, desde su perverso orgullo, los gánsteres japoneses se llaman a sí mismos. La yakuza cobró vida en Japón hace más de 350 años con jugadores, estafadores y oscuros comerciantes. Se dice también que protegían a los pobres de la ciudad y del campo de las bandas de maleantes. Aparentemente hacían esto con inigualable habilidad y coraje. Se dice que los yakuza cumplen con un código de honor tan riguroso como el código Samurái de Bushido”.

Tanaka Ken (Ken Takakura) es el personaje que representa el universo yakuza en su estado puro. Es hábil, valiente y honorable. Para él, cualquier sacrificio es pequeño a la hora de saldar viejas deudas. A su honor le da un valor tan alto que por él es capaz de dejar a un lado a las personas que ama. Cuando Kilmer vivía su idilio con la bella Eiko, Tanaka Ken volvió de la muerte para separarlos. Como supuesto hermano de Eiko le agradecía a Kilmer haber cuidado de ella y su pequeña hija durante los seis años en los que estuvo oculto en las cuevas de Filipinas. Pero tampoco podía soportar que su familia estuviera con quien había sido su enemigo durante la guerra. Esta historia la escuchamos de boca de Oliver Wheat, otro veterano de la guerra que permaneció en Japón y que funciona en la trama como un enlace más entre dos mundos que terminan por integrarse en uno solo pues tanto Kilmer como Tanaka obedecen a sus obligaciones, ese código los hace hermanos.

“Mitchum es un samurái con sus pistolas en la misma medida en que Takakura es un hábil maestro de la espada”.

No se me ocurre una mejor pareja de actores para interpretar a dos héroes que debían reflejar con naturalidad sus orígenes culturales. Cuando Paul Schrader hablaba de su guión decía que era como si El Padrino hubiera conocido a Bruce Lee. Robert Mitchum, a sus 57 años, todavía proyectaba el vigor de un cowboy de la vieja escuela: intrépido y valiente, caballeroso y leal. Por otro lado, Ken Takakura, con 43 años, era una estrella en el cine de su país, reconocido específicamente por ser uno de los principales actores en las películas yakuza que tuvieron gran apogeo en la década de los sesenta. Schrader, en un artículo sobre este género que escribió para la revista Film Comment, edición enero-febrero de 1974, dice de él que “a diferencia de la mayoría de actores japoneses, Takakura es un maestro de la atenuación. Es más efectivo cuando es silencioso y reverencial. Takakura representa todo lo que es viejo, fuerte y virtuoso en Japón”.

En otras palabras, Mitchum es un samurái con sus pistolas en la misma medida en que Takakura es un hábil maestro de la espada. Durante las escenas de acción, ambos hacen despliegue de sus habilidades sin excesos pero con efectividad devastadora. En ese sentido, el director Sydney Pollack dosificó con moderación la violencia que naturalmente contenía una historia sobre esta mafia ceremoniosa. Kilmer le pide a Tanaka que interceda diplomáticamente con los yakuza que tienen a la hija de su amigo pero él ya se ha retirado de esa vida y ambos saben que el único sendero transitable es la fuerza. Esta situación es la que gradualmente los acerca a lo largo de la historia, pues no solo se acompañan durante las batallas sino que comparten los mismos vínculos afectivos, el mismo carácter de lobo solitario e, incluso, el dolor les llega de manera simultánea cuando la persecución vengadora de la mafia desemboca en tragedia. El guion de Schrader se vale de cada situación para crear una red de deberes y obligaciones que justifican las decisiones de los protagonistas, sus sacrificios y mutilaciones.

Cartel de la película en 1974.

Como guionista es claro que a Paul no le bastaban las experiencias vividas por su hermano Leonard en el Japón. No se trataba solamente de contar una historia con criminales llenos de dibujos en la piel. Debía, además, conocer al detalle las reglas de un género, apropiarse de sus códigos para poder adaptarlos a la historia que quería contar. Se consagró entonces a ver tantas películas yakuza como le fue posible. Se acercó a los Estudios Toei que tenían un teatro en Los Ángeles y allí vio por lo menos 50 películas. Además, su hermano y algunos amigos que residían en Japón le ayudaron a entrevistar a algunos productores. De esta manera descubrió algo fundamental para su propio guión: no importa las variables de los argumentos del cine yakuza, sus héroes casi siempre son solitarios y marginales, y el tema prácticamente es el mismo: el deber que está incluso por encima de la humanidad. Esto supone el uso de un punto de vista introspectivo en la caracterización de los personajes y la creación de escenas donde los silencios y las miradas deben expresar tanto o más que las pocas palabras que se pronuncian. En consecuencia, el clímax de la historia tiene dos momentos cruciales. Por un lado, la secuencia de extrema violencia en la que los héroes se enfrentan a un ejército de criminales. Kilmer desbocándose en una danza de plomo y Tanaka Ken guiando el filo de su espada hasta las entrañas de sus enemigos, en una bella secuencia en la que demuestra por qué lo consideran alguien que pertenece a una edad antigua. Por otro lado, la película contiene un epílogo en el que se acentúan por igual el código yakuza y las normas del género. Es el sacrificio final de Kilmer cuando se apropia del ritual con el que los gánsteres del Japón le piden perdón a sus maestros: se corta de un tajo el dedo meñique para disculparse con Tanaka por haberle provocado, en el pasado y en el presente, gran dolor y sufrimiento. Esta escena ceremoniosa sirve para que los dos héroes se reconozcan como los mejores amigos y enfatiza el sentido del deber que impulsó y justificó su cruzada.

Mientras escribía esta historia, Paul Schrader estuvo expuesto a la influencia de una cultura ancestral el tiempo suficiente como para llevarla adherida desde entonces. En 1985 volvería a declarar ese amor por el Japón en Mishima, película que escribió y dirigió. Aunque los síntomas del embrujo se notan con facilidad en su manera de concebir el género cinematográfico con el que inició su carrera: “Las películas yakuza son letanías de argot privado, sutil lenguaje corporal, códigos oscuros, ritos elaborados, vestuario iconográfico y tatuajes”.

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