Gabo, una proeza de la imaginación

“Mi fidelidad a la memoria de mis antiguos amigos debería dar confianza a los que me quedan: para mí, nada desciende a la tumba; todo lo que he conocido vive en torno a mí: según la doctrina india, la muerte al tocarnos no nos destruye, sólo nos hace invisibles”. François-René de Chateaubriand


Artículo publicado en 2012

El temor que sobrecogió a los seguidores de Gabriel García Márquez cuando circuló la noticia del ocaso de su memoria es un temor infundado. Ni algo como la demencia senil o la peste del olvido podría corroer ese mundo alucinante que el escritor se construyó con el prodigio de su imaginación y compartió con la humanidad a través de sus libros. Sus amigos cercanos fueron inmunes a los estragos del rumor. Hablaron en los medios mermándole grandilocuencia a la supuesta tragedia y no dejaron de reconocer que, a sus 85 años, Gabito, como le dice su hermano Jaime, manifiesta en ocasiones uno que otro desliz mnemotécnico.

No es la primera vez que una noticia hace que extrañemos al escritor de Aracataca antes de tiempo. En 1999, cuando las habladurías de un cáncer inminente se estaban convirtiendo en una triste certeza, un cable despachado con descuido hacia las agencias de prensa anunciaba falsamente la muerte del Nobel colombiano. Y en un caso más reciente, ocurrido en marzo de este año, la cuenta en Twitter de un no oficializado Humberto Eco (@UmbertoEcoOffic) le contaba a sus escasos 400 seguidores que el más allá le había dado la bienvenida al creador del realismo mágico. Así como el olor de la pólvora impregnó con la velocidad de un relámpago todos los resquicios de Macondo, cuando el pelotón de fusilamiento finiquitaba la existencia aventurera del coronel Aureliano Buendía, el barullo de esta ficción noticiosa se regó por todo el planeta. Algunos medios hicieron eco del suceso temiendo perder la primicia aunque después tuvieron que rectificarla, pues esos fieles camaradas que conocen al escritor como hombre, hermano, padre, maestro o amigo volvieron a decir que Gabo estaba más vivo que nunca o, mejor dicho, tan vivo como siempre.

Es cierto que en algún momento de los próximos cien años tendrá piso y fundamento ese trágico anuncio y que será como si un siglo solitario se abalanzara sobre quienes aman al hombre y a su obra pero, por el momento, el escritor universal más importante de Colombia sigue ejerciendo la más bella de las resistencias atrincherado en la mágica fortaleza de su obra.

Jaime García cuenta que su hermano lo llama todos los días desde México para sostener una conversación fraternal con la que busca iluminar las penumbras de su mente, costumbre en la que cree reconocer los síntomas del mal que abrigó a su madre, Luisa Santiaga Márquez y a su hermano Eligio, durante los últimos años de vida.

Pero Gabo siempre ha sido olvidadizo. No es de extrañar que uno o dos nombres se le escapen cuando ha llegado a olvidar cosas más grandes. Al periodista Jon Lee Anderson le contó por ejemplo que el dinero del Premio Nobel lo mantuvo olvidado durante 16 años en una cuenta bancaria. Le juró que si no hubiera sido por su esposa Mercedes Barcha nunca se habría acordado de él, ni hubiera podido comprar la revista Cambio en 1998. Así como, si no hubiera sido por Mercedes y su rigor de esposa que se sabe compañera de un hombre despalomado en las cumbres de la creatividad, tampoco hubiera encontrado los medios para que su novela Cien años de soledad llegara a las manos del editor argentino Paco Porrúa, quien la esperaba con ansias. Ella empeñó el secador del pelo y la estufa eléctrica para enviar el paquete, pero los escasos 53 pesos que alcanzó a reunir solo permitieron que en el flete se embarcara la mitad del libro. En la confusión del momento, ninguno de los dos tomó la precaución de fijarse en cuál mitad estaban enviando y al editor le llegó la segunda mitad, la cual lo dejó tan entusiasmado que no tardó en girarles un anticipo para conocer cómo era que empezaba la historia de Macondo y la familia Buendía. De esa primera edición se imprimieron en mayo de 1967 ocho mil ejemplares que no duraron ni un suspiro en los quioscos de Buenos Aires.

Los 45 años que han pasado desde esa primera edición lucen pequeños comparados con la magnitud de los eventos que han rodeado al que es considerado, junto al Quijote, el libro más importante de la lengua española. Como si la vida del libro tuviera una medida distinta, pues la matemática necesaria para concebir su traducción a 35 idiomas y una impresión que supera los 30 millones de ejemplares no le cuadra a los números contenidos en los años transcurridos.

Tiempo durante el cual, sobra decirlo, García Márquez ha vivido con la intensidad de un explorador incansable que encuentra magia y misterio en cada minuto de la vida, topándose por accidente con una inmortalidad que crece en la misma medida que sus lectores.

Si en su libro de memorias Vivir para contarla, publicado en 2002, el autor de El otoño del patriarca afirmaba que la vida no es como realmente sucedió sino como uno la recuerda, diez años después puede actualizarse el aforismo diciendo que la vida de García Márquez también es como la recuerdan quienes han leído sus libros.

“Nunca se me ha ocurrido nada ni he podido hacer nada que sea más asombroso que la realidad.”

Desde que nació, en 1927, Gabo es el protagonista de una épica gloriosa hilada con acontecimientos fabulosos que solo pueden tener verosimilitud si el escenario es el Caribe, donde una “realidad increíble alcanza su densidad máxima”. Esa cultura oceánica, expresada en las historias que escuchó de sus abuelos y tías durante la infancia, es la materia prima de toda su obra.

El Bogotazo

Como escritor, Gabo es reconocido por ser el creador y principal exponente del realismo mágico pero él ha confesado que justamente de allí proviene su frustración como artista pues “nunca se me ha ocurrido nada ni he podido hacer nada que sea más asombroso que la realidad”. De modo que desde los 17 años su trabajo ha sido una conquista permanente sobre la memoria. El resultado es una obra literaria y periodística que impresiona porque, aún en sus ejercicios de reportero metódico, Gabo era capaz de encontrar las facetas más alucinantes de los hechos que estaba investigando. Tuvo además la suerte de que el destino lo pusiera en el ojo de todos los huracanes. Viajó por el río Magdalena cuando éste todavía era navegable y podían verse manatíes dormitando a pleno sol y a enormes caimanes acechando a sus presas en la orilla. Estuvo en la capital durante el Bogotazo, tratando de poner a buen resguardo sus primeros cuentos mientras el resto de los ciudadanos participaban en una orgía de sangre. También fue cercano a las principales figuras del poder en Latinoamérica, así que participó como protagonista, testigo y narrador de la historia turbulenta de esta enloquecida región del mundo. En el subtexto de sus exuberantes ficciones palpitan la crudeza y las ironías que convierten la vida cotidiana de nuestros sufridos países en una aventura.

En 1982, el mismo año en que recibió el Premio Nobel, hace ya tres décadas, Gabriel García Márquez reseñó el libro de memorias de Luis Buñuel, Mi último suspiro. Elogió especialmente el primer capítulo, “Sobre la facultad humana que más nos condiciona e inquieta: la memoria”. Y reconoció que las confesiones del director de cine lo pusieron a pensar por primera vez en “la certidumbre de la vejez”. Gabo tenía entonces 54 años y se sentía todavía en la plenitud de la vida. Lo que escribió sobre Buñuel parece ahora una manifestación de clarividencia profética. Es justo parafrasear sus palabras para describir cada uno de sus libros: tener las facultades para haberlos escrito en forma tan vívida, es una proeza que niega de plano cualquier amenaza de amnesia senil.

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