“¡Uy, qué maricón!”

Recuerdo la primera vez que fui estigmatizado en la calle. Para quienes no lo sepan, la estigmatización fue un término popularizado por el sociólogo estadounidense Erving Goffman (1963), que engloba “los criterios que personas ‘normales’ dan sobre quienes no encajan en un conjunto de valores y prácticas cotidianas”.
Así, fui víctima sin quererlo de una indeseable diferencia. Recuerdo que esto ocurrió cuando estaba en el colegio. Sí, en el Liceo Salvadoreño, la cuna del león jodido.
Estaba en segundo año de Bachillerato y me urgía terminar mis horas sociales. Ninguna actividad me llamaba, pero algo tenía qué hacer. Si no, no me graduaba. De todas las actividades que me propusieron, estaba la de ser seguridad vial. Yo me quedé pensando: “¿Y qué ondas con esto?”.
Pues, resulta ser que era para asistir en que el tráfico matutino del colegio fluyera con normalidad; es decir, que los padres dejaran bien parqueados los vehículos, que no se estuvieran una vida esperando que sus hijos bajaran del carro y así.
Debo confesar: nunca he sido (ni seré) una persona madrugadora. Para mí, fue un martirio ir todos los lunes y miércoles, de 6:00 a 7:15 a.m., como asistente de seguridad vial.
Los primeros días “di vía”. La neta del planeta valí madre, pero, con el tiempo, le fui hallando el gusto y hasta me hice buen conocido de algunos padres de familia.
Ese gusto vino acompañado de algunas rutinas posteriores. Por ejemplo, después de terminar mi servicio social, tomaba un autobús a casa y me pasaba comprando unas pupusas porque obviamente sentía que me lo merecía.
Y fue el día menos pensado, en que venía con mis pupusas, que ocurrió lo impensable. Aún ahora, a mis 28 años, me pregunto qué habrá llamado la atención de mi persona para que fuera una clara víctima de la estigmatización.
¿Habrá sido mi uniforme blanco? ¿Mis zapatos bien lustrados? ¿Mi forma de caminar? ¿El cordial saludo que le di? ¿La ignorancia misma y la intolerancia a la diferencia? Todas esas preguntas aún rondan en mi cabeza.
El punto es que venía caminando tranquilamente de regreso a casa, bolsa de pupusas en mano, cuando una señora que iba pasando en la misma acera que yo me miró despectivamente.
No recuerdo cómo iba vestida, pero sí me acuerdo que me vio de pies a cabeza y con un dejo de desprecio se limitó a decir:
“¡Uy, qué maricón!”.
Una vez lo escuché, se me calentó la cabeza de la cólera. No podía creer que esta señora, que no me conocía ni sabía quién era yo y ni siquiera era mi vecina, se atreviera a decirme eso.
Tardé en reponerme. Ella siguió su camino como si amablemente me hubiera dado los buenos días, pero yo no. Me pasaron mil y un insultos por la mente, pero me abstuve.
No quise caer en ese juego de provocaciones, pero me hizo sentir muy mal. La verdad, no entiendo el porqué la gente discrimina sin conocer, tipifica sin saber y, sobre todo, ejerce formas de estigmatización tan perniciosas y naturalizadas que terminan por ser justificadas en nuestras sociedades.
En su momento, deseé que un familiar suyo fuera homosexual para que supiera y sintiera cuán feo es que discriminen a uno de tus seres amados, pero al día de hoy espero que no sea así.
Nunca debemos desear el mal a aquellas personas que nos lo hacen. La vida y el tiempo se encargan de poner las cosas en su lugar. Yo, por mi parte, la perdono y espero que los años le hayan enseñado a no juzgar un libro por su portada.
