Apuntes sobre la sepultura. (II)

Cavad mi sepultura con la pequeña y oxidada azada, esa, la del mango rojo, con la que yo en otros tiempos plantaba los bulbos con mi madre. Redondead y perfeccionad los bordes y las paredes de mi sepultura con vuestras manos y la de vuestros hijos. Mancháoslas, por una vez.

Traed cada uno de vosotros un cardo arrancado con vuestras propias manos sucias de la tierra más baldía que encontréis. Colgad el cardo en el armario más viejo del desván de la casa de piedra de vuestro pueblo, entre la carcoma y la polillas. Ajusticiadle haciéndole colgar, por los pies, con una soga, del techo del armario. Ojalá se impregne de todo el olor a cerrado y moho antiguo. Cuando ya esté seco, cogedlo y pintadlo con la sangre sucia de vuestras venas pero no con la pura y limpia de las arterias. Llevad cada uno vuestro cardo a mi funeral y echadlo sobre mí en la sepultura de tierra.

Traed mi piano en romería sobre vuestros hombros, y, cuándo lleguéis al margen entre el camino y los campos arduos -espelta trigo avena centeno cebada- en el que me encuentre, dejadlo, coged el hacha, y destruidlo, romped en partes su cubierta, separad los martillos de las teclas, las teclas blancas de las negras, de los pedales, de las cuerdas. Echad todos sus trozos sobre mí y sobre los cardos en mi sepultura de tierra seca.

Llevad cada uno uno de mis libros viejos, de páginas amarillentas y subrayado asimétrico, y gritadlo. Arrancad cada hoja cuando hayáis acabado de gritarla y tiradla sobre mí.

Encended el fuego con los libros y los cardos y el piano. Cantad las danzas de la muerte y los espíritus mientras bailáis, dados de la mano, en corro alrededor del fuego hasta que no os quede voz, la noche se vaya. Parad sólo cuando el fuego se apague. Los libros habrán sido quemados. El piano habrá sido quemado. Mi pelo y mi piel habrán sido quemados. Pero mis entrañas seguirán ahí. Las entrañas no se queman en tres instantes como si fueran de papel. No sigáis encendiendo un fuego falso de carbón artificial. No llaméis a que me quemen las empresas que queman a los muertos. Dejadme ahí, con las cenizas de lo mío -cardo libro piano-, y tapadme de tierra con vuestras propias manos.

De mí naceránlos cardos entre el camino y las espigas. De mí nacerá la mala hierba. Pero de mí no nacerán las flores bellas ni los árboles ordenados. De mí no crecerá un jardín con setos cuidados y elegantes caminos. Tal vez no seré la belleza falsa, pero seré la verdad amarga. Seré paisaje. Allí os espero.