Apuesta por la poesía, no la gramática
También la prosa debe ir a la caza de la poesía. Aunque en este trance pierda algo de rigor gramatical. Lo que pierda en seriedad lo ganará en vuelo del lenguaje. Puede resultar engañoso, al hablar de prosa, remitir al lector a la poesía. Si lo hago es porque todo parte, como en la naturaleza, de un punto: la materia. Nuestro barro es el lenguaje.

Ernest Fenollosa, en Los caracteres de la escritura china como medio poético, libro pulido por Ezra Pound y traducido por Salvador Elizondo, comenta: “Todas las naciones han escrito su literatura más robusta y vívida antes de haber inventado su gramática”. Nuestra lengua le debe al sevillano Antonio de Nebrija su primera gramática (1492). Aun antes de la conversión del castellano a una serie de reglas y cánones, ya se había escrito, y mucho. Las jarchas hispanoarábigas fueron la primera veta luminosa de lo que podríamos llamar nuestra poesía. Piezas anónimas, breves, líricas, que cantan al amor y al dolor.
Vayse meu corazón de mib,
ya, Rab, ¿si se me tornarád?
¡Tan mal mi doled li-l-habid!
Enfermo yed, ¿cuándo sanarád?
Mi corazón se me va de mí,/ oh, Dios, ¿acaso se me tornará?/ ¡Tan mal me duele por el amado!/ Enfermo está, ¿cuándo sanará?
Difícilmente imagino a los poetas andalusíes (árabes o hebreos) dilapidando sus horas más sagradas — por la noche — en cuestiones gramaticales. “La naturaleza misma no tiene gramática”, dice Fenollosa. Si nuestra poesía comenzó con el canto y el juego, me pregunto, ¿a qué se debe esa obsesión con la gramática? ¿Por qué las escuelas se obstinan con la fórmula sujeto verbo predicado? ¿No deberíamos acercarnos en primer lugar a la lectura de nuestra mejor tradición, comenzando por las jarchas?
De entre toda la poesía acumulada hay que aproximarnos a aquella que mantenga su flexibilidad, su “savia natural” intacta. Aquella, dice Fenollosa, en donde el verbo sea el hecho primario de la naturaleza, el movimiento y el cambio permanente. Una poesía de acción, donde al evocar el verde, no pensemos en abstracto, según el diccionario, sino en las hojas del ahuehuete bañadas por el sol entre las diez y las once de la mañana. Hora en que la luz no hiere todavía. Si pensamos en la noche, evitemos arrumbarla en el baúl de los horarios. La noche es una copa de vino. La voz de una jovencita. La luna recostada en la montaña.
Una vez más el Cancionero Español, descendiente de las jarchas, nos muestra el camino:
Si la noche hace escura,
y tan corto es el camino,
¿cómo no venís amigo?
La media noche es pasada
y el que me pena no viene:
mi desdicha lo detiene,
¡que nací tan desdichada!
Háceme vivir penada
y muéstraseme enemigo.
¿Cómo no venís, amigo?
Estas canciones de muchacha enamorada, como las define Dámaso Alonso, tienen aliento a poesía arábiga y persa. El amigo, el amor, la noche, el grito.
Si nos preguntamos en qué difiere la prosa de la poesía, Fenollosa aporta una respuesta: “La poesía es más refinada que la prosa porque con las mismas palabras nos puede entregar una verdad más concreta”. Y luego: “Debe dirigirse a las emociones con el encanto de las impresiones directas, iluminando las regiones por las que el intelecto sólo avanza a tientas”. Porque el intelecto, la razón, se funda en la pregunta, en la búsqueda activa y violenta de los porqués; la poesía, en la revelación, en la espera y el favor de los dioses. La operación básica de la que se vale es la metáfora. Aquella que ocupa las palabras cargadas de mayor significado. “Toda la delicada substancia del lenguaje se funda en los cimientos de la metáfora”, nos recuerda Fenollosa.
Ese encantamiento poético lo buscamos en la prosa. Cuando un párrafo nos atrae, no sólo por la vida que ilumina, o por su contorno psicológico, sino por el hecho del lenguaje, por esa extraña sensación de lividez, sospecho que nos encontramos ante un entrecruzamiento con la poesía. Un hallazgo que nos ata con mayor fuerza al libro. Sucede en algunos pasajes de Llueve Lluvia, de Ángel Trejo. El vuelo del lenguaje. Y en todo Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
Amamos con más fervor aquellos libros, sobre todo las novelas en las que se revela la pluma de un oscuro poeta. En donde, por momentos, la rigidez del lenguaje se trastorna; hecha a un lado, la gramática da paso a la voluntad de las palabras. El lenguaje tiene su sabiduría.
