Borges y Nabokov en La Acapulco
Hay ocasiones en las que se evoca afortunadamente a dos autores que tienen mucho en común. De pronto es como si ellos mismos se abrieran paso diciendo “este es mi lugar” y “este el mío”. Sobre todo cuando los reunidos en torno a una botella recalan en el puerto de la literatura llamada universal, estos encuentros se aderezan con anécdotas y citas (muchas veces tergiversadas) de los escritores que felizmente se reúnen. Es el caso de Jorge Luis Borges y Vladimir Navokov. El lugar: La Acapulco. Cantina de la colonia Moctezuma, en la Ciudad de México.

El curioso se preguntará qué diablos tienen en común el ruso y el argentino, como si se tratara de un chiste o una adivinanza.
Uno. Ambos fueron aristócratas.
Dos. Contaban con generales condecorados entre sus antepasados.
Tres. Ambos aprendieron lenguas extranjeras en su infancia.
Cuatro. Borges era un estilista. Nabokov también.
Cinco. Su prosa estaba trastocada por las gramáticas extranjeras, por el pensamiento inglés y francés y no sé qué otras lenguas.
Seis. La estructura lo era todo, para ambos.
Siete. Su bagaje cultural abarcaba aspectos de otras áreas del conocimiento. Historia en el caso de Borges. Las mariposas en el de Nabokov.
Ocho. No tienen nada en común, más allá de estas coincidencias que a la luz de los tragos parecen los mayores hallazgos de la literatura hechos en una cantina al oriente de la ciudad.
Lo realmente trascendental es que la copa de vodka (dejaré que fantaseen con la marca) cueste 35 pesos. Un precio honesto, digno de beberse hasta las chanclas. Dan ganas de celebrar, aunque no haya motivos claros. Si a eso le suman el pozole y las gorditas, el lugar es perfecto.
En La Acapulco hay un cuadro muy especial. Una escena que evoca El Jardín de las delicias, de El Bosco. Campanita (la de Disney) baila en el centro de una pista. Pinocho dice unas mentiras atroces. Los siete enanos esperan su turno haciendo fila frente a Blanca Nieves. Dumbo sobrevuela la escena. No nos habíamos percatado del cuadro hasta muy noche. Nos levantamos para admirar los dibujos que parecían haber sido coloreados por una mano experta. La de un niño. Algunos estaban en blanco todavía. Una obra de arte moderno. Un buen chiste, por lo menos.

Para sumar diez observaciones en torno a Borges y Navokov, diré lo siguiente:
Nueve. Borges jamás habría puesto un pie en La Acapulco. Ni por error.
Diez. Nabokov seguramente habría escupido el vodka.
El ron, por otra parte, se llevó la noche.
