Marcel Schwob a punto de turrón

Releo a Marcel Schwob. Bendito sea el olvido. En esta tercera acometida me siento devorado por Las vidas imaginarias y La cruzada de los niños como si fuera la primera vez. Publicada por Porrúa, acompañada de un ensayo de José Emilio Pacheco, esta dupla conforma un libro que no pierde fuerza con el tiempo. Pocas veces disfruto tanto una relectura. Esta vez he vuelto sobre los textos de Jorge Luis Borges y Sergio Pitol en torno a La Cruzada para extender mi disfrute.

Cuando veo un libro prologado por Pacheco, me abalanzo sobre él. Siempre encuentro el comentario preciso. Si a éste le sumo los comentarios de Borges y Pitol, podría formar un breve tratado sobre Marcel Schwob. De la mano con un poema de Luis Alberto de Cuenca titulado El libro de Monelle y una artículo de Luis Antonio de Villena. Cada uno enriquece al lector con su conocimiento del desdichado Marcel, cuyo apellido es impronunciable.

Recuerdo que mi abuela me enseñó a batir las claras de huevo a punto de turrón. Un acto de magia por sí solo. Y de enjundia en la cocina. Bate, bate… me decía. La prueba del punto de turrón se puede aplicar a los libros también. Consiste en ponerlos boca abajo y esperar que las palabras, las oraciones, no caigan por su propio peso. Si llueven sobre tus pies, el viento las arrastra hasta la alcantarilla del olvido. Tarde o temprano. Resulta imposible releer estos libros. Los de Marcel Schwob son de la otra clase. Resisten cualquier prueba. Uno voltea Las vidas imaginarias y las frases se quedan en su sitio, ni siquiera tiemblan.

Hay otro ensayo edificante, en el sentido de que todo ensayo debería remitirnos a nuevas lecturas. El de Sergio Pitol. He llegado a valorar su erudición por encima de las emociones que me provocan sus textos. Sobre todo lo recuerdo como traductor de novelas memorables. Inesperadas en la mayoría de los casos, pues su trabajo lo llevó por corredores poco transitados. Uno de estos libros es el de Jerzy Andrzejewski, Las puertas del paraíso. Novela de una sola respiración, pues se trata de dos párrafos donde se entrecruzan las vidas de los niños que pretenden liberar el santo sepulcro. Y que, según los historiadores, terminaron ahogados en el Mediterráneo o en calabozos bereberes.

Pacheco, Pitol y Villena trazan un mapa de los descendientes directos de la obra de Marcel Schwob. Algunos se me han escapado de las manos. Es el caso de Julio Jiménez Rueda, Francisco Monterde, Pascal Quignard y Pierre Michon. Confío en que encontraré, en algún momento, cada uno de los libros que recomiendan. Ya sea en la biblioteca de algún amigo, en un puesto de libros usados, o a un precio exorbitante en una librería exquisita.

AFP (foto de la destrucción de Dresde)

Tengo un libro más en mente. Un híbrido de la ciencia ficción y la novela bélica (si ese nombre se le puede dar). Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut. Novela que porta el subtítulo O la cruzada de los niños. Cuenta la historia de Billy Pilgrim y cómo, después de ser abducido por los Tralfamadorianos, aprende a viajar en el tiempo. Una y otra vez vuelva a la Segunda Guerra Mundial, precisamente a Dresde, Alemania. Lo importante, en este momento, es la reflexión del autor en torno a la guerra. Su visión crítica de una acto, a todas luces, descabellado: enviar niños a la guerra. En ninguna de las novelas que mencioné arriba sentí, como en esta, la desesperación y los desequilibrios que la matanza provoca en el alma.

Gonzalo Trinidad Valtierra

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Enemigo de la sobriedad y la sensatez

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