Razones para leer

Será cuestión de que la revista Palabra y Acción no se arrepienta de recibir mis colaboraciones para que la columna Pian Pianito siga adelante. De momento les comparto la primera, en el número tres.

Primero. Porque en el acto de leer subyace una necesidad de abandonarnos a la fantasía. Buscamos, desesperadamente, un ápice de irrealidad, todos los días, a toda hora, para sobrellevar la vida. Estamos saturados de notas de prensa a las que sucumbe la esperanza. Ya nadie cree que la vida pueda mejorar. Y los que creen son tildados de ilusos. Así que buscamos. Pero ¿qué buscamos?

Aventuras. Misterio. Horror. Y sobre todo la razón de nuestras emociones. ¿Por qué el ser humano se comporta de tal o cual manera? ¿Por qué matamos, mentimos o traicionamos? ¿Cómo lo hacemos? La literatura abunda en estos detalles. Leemos a Honoré de Balzac y nos sentimos sobrecogidos de entendimiento. La vida adquiere una claridad inusitada que ni la mejor película podría proporcionarnos. Y esto se debe a que la literatura nos muestra la parte más íntima de la vida: las emociones y los pensamientos ocultos.

Segundo. Acercarnos a la literatura como nos acercamos a nuestro pasatiempo favorito. No es difícil. Pronto descubrimos que, a diferencia de todos nuestros pasatiempos, la lectura es algo mucho más profundo. Nuestra alma, a la vez que se empapa de historias, emerge, descubrimos que está ahí, revolviéndose dentro de nosotros. A esa agitación le llamamos sensibilidad. Cuanto más se agita el alma más sensible se vuelve. Con cada libro el caparazón (puede llamarse fanatismo, prejuicios, ideología) que nos aleja de la vida se desmorona, hasta que nuestra alma adquiere fortaleza. Entonces el mundo se baña de una luz nueva; se revela a nuestra sensibilidad.

Tercero. Seamos honestos. La vida es tediosa. Prefiero imaginar que soy un cosaco en el Cáucaso. O un soldado del imperio resguardando la frontera con el desierto, vigilante, a la espera de los tártaros. Un detective que arriesga su vida y su moral con tal de hacer justicia. Porque la vida no nos basta para ser todo esto ni nos corresponde serlo, es por eso que tenemos la literatura.

Palabra y Acción

Cuarto. La escuela es aburrida, en general. Aunque siempre hay un profesor o dos que nos hacen más llevadera esta experiencia. Los libros, por el contrario, son emocionantes. Emoción en su estado narrativo. En forma de historias y personajes. Y si vamos más lejos, emoción en su estado puro, como la música. A esto le llamamos poesía. Leemos un poema, en el momento preciso, y nuestra conciencia sufre un arrebato. De pronto, como si se tratara de una piel demasiado ajustada (piensen en las serpientes), sentimos la necesidad de mudarla. La conciencia tiene esta capacidad elástica. Se expande. Pero sólo si la llevamos a su límite.

Quinto. Miles de años le ha tomado a la humanidad llegar al punto en el que los libros (de cualquier materia, incluso las más pedestres) se pueden conseguir sin mayor esfuerzo que el de trasladarse a una librería. O desde la computadora, haciendo una compra en línea. Miles de años. Y a pesar de esto los libros siguen siendo los mismos. Contenedores de emoción. Piensen en ellos no como papel y tinta. Sino como hechizos conjurados en el pasado. Si hay algo realmente emocionante en cada libro es su poder se desbordar la vida, la imaginación, el tiempo.

Sexto. ¿A quién no le gusta que le cuenten una buena historia? Por lo menos tenemos una historia memorable. Todos. No hay nadie en este mundo que no tenga una gran historia. Porque hemos vivido. Hemos escuchado a nuestros amigos, abuelos, hermanos, o extraños en un camión, contando una anécdota que se nos graba en la memoria.

La memoria de las civilizaciones persiste en su literatura. Ahí están el Rig-Veda y el Popol Vuh. El lector puede asomarse a otros mundos. A la substancia mítica que conformaba la vida de miles de personas.

Séptimo. A diferencia de las noticias en el periódico, la literatura perdura. Aunque quede olvidada en un baúl. Es innegable el hecho de que un buen libro siempre llega a su destino. El cual llamamos las manos del lector. O el alma, para ser más precisos.

Octavo. El mundo es complejo. Ya sea en su funcionamiento — las leyes de la naturaleza. O simplemente por la cantidad de humanos que lo habitamos. Las experiencias de cada uno de nosotros conforman un misterio aparte. Es imposible creer que viajando (así lo hiciéramos toda la vida) podemos entender la naturaleza humana. Esto es una falacia. Sin embargo, hay una manera de ordenar el caos.

La literatura no habla del mundo tal como es, sino cómo podría ser. El reino de las posibilidades. Si nos acercamos al Libro de la imaginación (compilado por Edmundo Valadés) no hay necesidad de acudir a más explicaciones. En esta obra habitan sueños, fantasías, enigmas, amores, traiciones y fantasmas.

Noveno. ¿Qué es lo peor que puede pasarnos si leemos un libro? Si éste nos decepciona, lo botamos. Si nos atrapa, terminarlo es cosa de niños. Nos dejamos llevar por el torrente de las palabras. Pero cuidado, leer no es un acto de ingenuidad. Nadie es el mismo después de acercarse a Resurrección (de León Tolstoi) o La vorágine (de José Eustasio Rivera). Leer de cabo a rabo un libro es semejante a vivir otra vida. Asimilamos las experiencias, los pensamientos, la visión del mundo del autor, de la misma forma que heredamos de nuestros padres el color de los ojos.

De pronto me he preguntado si aquella idea que vino a mi mente es realmente mía o si confundo la ficción con la realidad. Por más que me esfuerce, la ficción ha conquistado mi conciencia. Nuestro héroe clásico, el Quijote, sufrió confusión irreversible. La mayoría de los lectores aspira a la claridad, pero a veces se antoja la locura como la única forma sensata de estar en el mundo.