Un cuento ruso

Bajo la tutela de Tchaikovsky

La nieve reflejó la luz de la lámpara de petróleo que Nikos sostenía. Caminó encorvado, con paso inseguro. Su rostro formaba una mueca de preocupaciones. El cuello de su desgarrado abrigo le rozaba las orejas. A diferencia de la llama en la lámpara, trémula como su decisión de incendiar la casa de Grigori, su acreedor, su alma se había endurecido por las congojas diarias.

Pasaban de las doce y el pueblo a orillas del Mar Negro, con su dársena y sus muelles, parecía dormido; incluso la calle de casas bajas y compactas daba la impresión de haberse sumergido en un sueño más profundo que el de sus habitantes. Sólo esa alma solitaria deambulaba con su linterna. Si alguien lo hubiese visto, al asomarse por la ventana, pensaría que se trataba del velador, pero mirando con atención habrían sentido miedo al ver la figura encorvada del griego. Nikos profirió una maldición intraducible, mezcla de griego y ruso, y: “mientras el viento — dijo — se esté quietecito, no se prenderá la casa de junto, ni la otra de junto”, pues en su mente las casas del pueblo formaban hileras de dientes denegridos.

La casa de Grigori era la última y más suntuosa de la calle Volodia. Hacía falta que Nikos caminara ocho calles más para llegar; quién sabe, quizá el frío lo haría desistir, daría media vuelta y volvería al cuartucho que llamaba hogar. Su plan era sencillo: arrojar la lámpara en el sótano de Grigori, donde almacenaba leña. “Es impresionante — pensó al ver la lámpara — que esta llamita pueda tragarse una casa tan grande en un par de horas”. Por esos días más de un incendio había arrasado con barrios, pueblos y ciudades enteras, desde Moscú hasta Kazán.

Estaba convencido de que al hacerlo no se convertiría en un pirómano, crimen que se pagaba con la muerte o el exilio en el mejor de los casos, sino en un vengador, pues Grigori tenía docenas de pescadores, marineros, estibadores y gente de toda laya en su libro negro: un tomo empastado en piel, en el que anotaba el monto adeudado y los intereses acumulados. En esas hojas quedó escrita la ruina de Nikos, cinco años atrás.

Al llegar a la calle Volodia se agazapó junto a un árbol seco, frente a la casa de Grigori, hasta que estuvo seguro de que no había nadie despierto; las ventanas oscuras, los perros en silencio, la nieve amortiguaba cualquier sonido, por lo que ni siquiera el niño con el sueño más ligero habría escuchado el golpe de sus botas contra el suelo. “Ese perro usurero — pensó al ver las ventanas — ya debe estar dormido; seguramente tiene a sus vecinos en su lista, ninguno movería un dedo para salvarlo, antes libran sus casas del fuego que ayudar a ése”.

Se las ingenió para abrir una ventanilla por donde se veía la leña apilada; arrojó la lámpara. El sótano se animó con el juego de luces y sombras y el crepitar de la leña. Nikos miró cómo se alimentaban las llamas. Sus manos temblaron y sus ojos apenas parpadeaban. Un mes antes una familia murió calcinada de la misma forma, Nikos no tuvo relación con el incidente, pero éste fue motivo de inspiración para acabar con Grigori.

El griego corrió a esconderse en un callejón cercano. Desde ahí pudo ver y escuchar cómo reventaban las ventanas, mientras el fuego iba trepando por la casa. Sonrió al ver una llama que escupía un humo denso. La respiración del fuego era la suya, no recordaba haberse emocionado tanto, ni siquiera el fragor de la batalla, en vísperas de la rebelión contra los otomanos, le había hecho sentir tan vivo.

Con el corazón despotricando trató de marcharse antes de que el grito de alarma despertase a los vecinos. Las llamas habían trepado hasta el primer piso. Puso atención, con suerte escucharía los gritos de Grigori. Pero sólo percibió el aliento del fuego. Quiso volverse, pero no pudo, las llamaradas lo habían hipnotizado: creyó ver una figura humana en la ventana.

— ¡Nikos, hijo de perra!

El grito hizo saltar al marinero que un segundo antes había visto a alguien en el segundo piso.

— ¿Grigori? — gritó al ver los destellos del incendio en el rostro del usurero. El corazón se le achicó de miedo.

— Sabía que harías algo así, cerdo.

— No puedes ser tú — su voz se deshacía al final de cada frase, pues estaba al borde de la locura.

Grigori le respondió con una carcajada, luego le dijo:

— Claro que soy yo, idiota, quién más.

— Pero tú estás muerto — exclamó y se restregó el cabello y la barba.

La casa en llamas iluminó los rostros de Grigori y Nikos, distorsionando sus facciones; redonda, regordeta era la cara del usurero, demacrada la del griego, con los ojos hundidos en las cuencas, brillantes como el agua en un pozo en noche de luna llena.

— Díselo a los guardias.

— ¡Pero tú estás muerto!

Nikos sintió que estaba perdido, no para los hombres, sino para Dios. Sus manos no dejaban de temblar. Grigori le respondió con una risa estruendosa.

— Eres un asno, un bruto, ¿de veras crees que estoy muerto? Tengo gente — manoteó de manera que con cada movimiento un espía suyo brotaba de la tierra — , gente que me informa qué hacen, qué planean mis deudores; no sea que alguno piense en suicidarse antes de pagarme.

— Nadie es de tu propiedad — dijo en una mezcla de griego y ruso golpeándose el pecho.

— Tú, por lo menos, eres mío. Llévenselo — le dio la orden a los guardias que lo acompañaban.

El fuego se avivó con una ráfaga de viento. Nikos maldijo en forma incomprensible, incluso para él. Se abalanzó contra Grigori, no sólo con la intención de aniquilarlo, quería partirle el cráneo y esparcir sus sesos en la nieve. “Este no es un hombre — se dijo — , es un demonio”. En ese momento colapsó parte del segundo piso y la fachada frontal, haciendo un ruido espantoso y avivando las llamas aún más.

Los gritos de los vecinos paralizaron a Nikos, que ahora estaba en el suelo, pues Grigori había esquivado, a pesar de sus dimensiones, la embestida del desquiciado marinero. Los guardias trataron de sujetarlo, pero logró zafarse, poseído por una fuerza sobrehumana.

— Llévense a este desquiciado — gritó Grigori, con espuma en la boca.

Nikos evadió a los guardias, corrió hacia la casa, esquivando a los vecinos que trataban de apagar las llamas. Cuando llegó a la puerta del frente el resto de la fachada se vino abajo, sepultándolo.

Fin de la libertad del Mar Negro | Ilya Repin