25

Eran las seis de la mañana. Su papá lo despertaba con la misma puntualidad con la que lo despertaban a él cuando estaba en el Leoncio Prado, hacía cincuenta años atrás. Aunque le molestaba mucho que lo levanten tan temprano, porque no estaba en ningún colegio militar como su padre, igual lo hacía, porque si no luego le caía agua fría en la cara. Y eso era ya humillante.

Le quitaba el piyama* y le jabonaba medio cuerpo, porque su mamá ya lo había bañado la noche anterior. Le metía sus dedos gordos llenos de jabón en las orejas, la lavaba los codos, el cuello y la boca. No dejaba ningún resquicio sucio. Al terminar, le esperaba su uniforme gris limpio y planchado, y los zapatos tan lustrosos que podía ver su cara recién lavada en ellos.

En la cocina su mamá le tenía un vaso gigante, de esos coleccionables de Pepsi, lleno de cuáquer con vaya usted a saber qué otros ingredientes más. El resultado era una mezcla espesa, gris y grumosa que servía para que no le diera hambre todo el día y para llenar columnas de construcción por igual. No me gusta, le decía a su mamá. Imagínate que es coca cola, le respondía sin dejar lugar a réplicas.

Y así todos los días.

Veinticinco años después, lavándole las orejas a su hija mayor, se acordó de su papá. Sonrió.

* Me llega al chómpiras escribir piyama con j.

Me gusta:

Me gusta Cargando…

Relacionado


Originally published at otroblogdegonza.wordpress.com on September 15, 2015.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.