Sentado en una banca de un parque, pienso sobre el mal estado de las áreas públicas para niños. El deterioro de los juegos es algo sintomático dentro de Cuernavaca y municipios aledaños. Es claro como a la clase política no le importa la niñez. En sus discursos grandilocuentes y programas enfocados a la niñez nos dicen como una de sus prioridades son los niños y niñas del estado, pero la realidad es que las instalaciones para que la juventud pueda desarrollarse de forma lúdica están en ruinas. Oxidados, rotos y algunas veces peligrosos, los juegos nos recuerdan que los políticos juegan a las palabras vacías. Se que ellos no traen a sus hijos a jugar a un parque, sus hijos gozan del privilegio de tener juegos privados, o en el peor de los casos, sus hijos juegan en espacios comerciales diseñados para fomentar el consumismo a ultranza.
El estado de los parques públicos es el fiel reflejo de nuestra clase política: oxidada e inservible.