La invención de América. Edmundo O’Gorman. Parte 2

Acerca del horizonte cultural del descubrimiento, si bien no lo relaciona de manera directa, cuando el autor afirma que los viajes de Colón no fueron y no podían ser viajes “a América”, y a diferencia de todos los historiadores que parten con este continente en su horizonte, es preciso revisar el proyecto del genovés.

Retomando el contexto de Colón y sus viajes, cabe señalar que su intención era unir, desde España, Europa con Asia a través del occidente, a pesar de las dificultades que significaría dicha empresa, y aprovechando la indeterminación del tamaño del globo (Colón mantuvo una distancia muy menor a la generalizada), a pesar de las reticencias de la corona hispana que ante los avances portugueses le prestaron favor.

A pesar de la extensa bibliografía acerca de los viajes colombinos, se debe comprender el propio sentido que Colón le otorgó al viaje. Inmediatamente, entre los días 11 y 12 de Octubre Colón afirma haber llegado a tierras Asiáticas, y al día siguiente se propuso la búsqueda de Cipango. Lo que causa impresión es que a pesar de mantener dicha creencia, no comprobó nada de lo que esperaba, o sea, de que haya llegado realmente al otro extremo de la Isla de la Tierra.

“Para un hombre de otra contextura mental, la reiterada ausencia de los indicios previstos en sus especulaciones, habría, por lo menos, sembrado la duda. En Colón se observa, precisamente lo contrario: Nada conmueve en su fe (…) Bien lo describe Bartolomé de las Casas cuando, asombrado ante la credulidad del Almirante califica de “cosa maravillosa como lo que el hombre mucho desea y asienta una vez con firmeza en su imaginación, todo lo que oye y ve, ser en su favor a cada paso se le antoja”. Ése, puntualmente, es el caso de Colón (…)”.

Ello implica que la actitud de Colón, que no solo ha pensado que ha llegado al extremo oriental el orbis terrarum, sino que lo cree: Significa que el navegante funda sus argumentos en una hipótesis a priori e incondicional, o sea, no en una prueba empírica, sino en una idea previa, y sin conceder duda alguna. Esta creencia llegó a Europa con resguardo, a pesar del entusiasmo inicial de los reyes, ante el amparo de sus intereses. Sin embargo, uno de sus tripulantes, Pedro Mártir, fue uno que puso en duda este planteamiento, siendo aquel en acuñar el término “novus orbis”.

Ya en su segundo viaje, son dos las pruebas que se le piden a Colón las que complejizan el horizonte: 1) La de demostrar la existencia de una gran masa continental, es decir, el extremo oriental de la Isla de la Tierra y 2) Buscar el paso oceánico empleado por Marco Polo entre el “Atlántico” y el Índico. En ese viaje, las expectativas desvanecieron ante el desastre en Navidad, y sin embargo, un hecho no menor respaldó esos antecedentes como fue la llegada a la Tierra de Cuba, que permitió el contacto con una gran masa de tierra y la suposición de estar en contacto con el Quersoneso Áureo, el paso entre los dos mares. No deja de extrañar entonces el acuerdo firmado con su tripulación — bajo pena de castigo por incumplimiento — a aquel que refute lo anterior. Ni el oro que aparecía como fruta, ni el aire perfumado, ni los mansos pobladores eran los que esperaban a Colón: Los reyes abren el monopolio de la colonización al mejor postor.

Al tercer viaje le depararon nuevas sorpresas: En el Golfo de Paria se encuentra con tierras continentales y agua dulce — que desde luego — eran extrañas al no ser coincidentes con los planteamientos de sus referencias teóricas ante esta inusitada tierra austral, y responde que aquella tierra firme es aquella “adonde está el Paraíso Terrenal”. Entonces aparece una nueva duda acerca si esta tierra meridional pertenecía a Asia, pero que Colón la calificaría como un “nuevo orbe”. Esta idea inicia la crisis en cuanto a antecedentes, considerándose un “disparate científico” producto de que el Paraíso, al igual que las tierras conocidas, son parte de un mundo, el de Dios, y no de uno nuevo.

Para que el ser de estas tierras cobre sentido, se debe aludir al tercer y cuarto viaje de Américo Vespucio hacia estas nuevas zonas (entre 1501 y 1504). Sus pretensiones era conseguir un paso hacia el Índico. El cuarto viaje de Colón también posee el mismo interés, pero con una diferencia sustancial: Mientras el genovés buscaba el paso para demostrar la existencia del “nuevo mundo”, el florentino simplemente hallaría la ruta entre un mar y otro. Ahora se escriben dos capítulos de la misma historia.

Motivado por transitar el sur, Vespucio recorre costas más allá de las costas portuguesas de Tordesillas, llevándose la noticia de extensa y continuo litoral hacia el sur (50° L.S.). En cambio, Colón da crédito a la existencia de un istmo que diera paso a nuevos mares, dejando resuelta su (inconclusa) búsqueda. Y así ambos viajes se amparan en el completo fracaso. Pero en los registros posteriores a estos eventos, Colón afirmó la tesis de la doble península (incluyendo a Cuba), y Vespucio calificó como “Nuevo Mundo” a estas nuevas tierras dado su desconocimiento y de la premisa de la inexistencia de tierras al hemisferio sur: No parece viable explicar que esas tierras eran asiáticas ante la nueva entidad geográfica. Lo interesante es que acogen los planteamientos iniciales invertidos.

Aquí la historia toma un rumbo definido: Mientras Colón tomó los antecedentes a priori, como se advierte en el resto del relato, Vespucio lo hace a posteriori, cancelando mentalmente el paso al Índico, a pesar que sigue concibiendo al “nuevo mundo” como tal.

“Vespucio logró convertirse en la instancia empírica que abrió la posibilidad de explicar las tierras que se habían hallado en el Océano de un modo distinto al obligado por el planteamiento inicial”.

Aquí el autor se despide de Colón.

A pesar que surgió un primer intento de tomar a estos grupos de tierras como dos islas oceánicas, en su célebre Lettera, Vespucio identifica por primera vez el conjunto de tierras como una entidad geográfica distinta y separada a la Isla de la Tierra. Y también, abandonó la utilización del concepto de “nuevo mundo”, a pesar de los nuevos descubrimientos descritos ante la no posibilidad de que existieran otros mundos. La vieja imagen medieval ha tenido que ceder ante el empírico.Otros dos documentos capitales como la Cosmographiae Introductio y el mapa de Waldeseemuller (ambos de 1507) dan forma a las nuevas tierras entendidas como: “Una sola entidad geográfica con independencia de que exista o no un estrecho mar entre las masas septentrional y meridional de la gigantesca isla”.

Ahora, la importancia radica en establecer cómo se adapta América al nuevo concepto de mundo, como consecuencia de la crisis de la visión providencialista de Colón. El orbis terrarum adquirirá una concepción más amplia, para lograr integrar esta “cuarta parte”. El aislamiento oceánico no impediría lo anterior, y ello se explica gracias a la conquista del mundo hecha por el hombre para apropiárselo y romper así sus cadenas milenarias que había forjado a través de la historia de la Cultura Occidental.

Y estos efectos aparecen en la Cosmographiae Introductio: Considera la “totalidad de la tierra no sumergida como un todo continuo, pese a las separaciones marítimas y que, de esa manera, se opera una inversión radical, porque en lugar de la antigua unidad del Océano que dividía a la tierra en masas separadas, es ésta, la tierra, la que divide al Océano en mares distintos. El concepto de insularidad dejó, por consiguiente, de ser propiamente aplicable a las grandes masas de tierra para caracterizar, en cambio, a las extensiones marítimas o para expresarlo más gráficamente, en lugar de que la tierra aparezca integrada, como antes, por unas islas gigantescas, es el mar el que aparece formado por enormes lagos”.

Sin duda esta es la primera premisa para hablar de continente, de estas regiones que se inscriben en la tradición clásica y adaptada por el Cristianismo hasta formar una visión tripartita del mundo, en cuanto concepto de mundo de este contexto. Resulta importante definir su ser moral o histórico, que se logró a través de la integración de sus naturales. Si bien dejaron de ser los “hombres monstruosos” de otros mundos como lo definía San Agustín, y de igual modo fueron integrados al esquema cristiano originario, pero fueron víctimas de la jerarquización que preocuparon posteriormente a Bartolomé Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda; y a su vez, Europa no se veía amenazada como la cuna de la Cultura de Occidente, haciendo de América otra Europa. En el caso de la América hispana, se inserta dentro del proyecto colonizador de España y Portugal, con el trasplante de todos los ámbitos, avalada por la voluntad divina a través del catolicismo hispánico y de su cuerpo institucional (ejemplo: la encomienda) que terminaron de conformar un mestizaje que se da cuenta de su “desequilibrio ontológico” en el criollo, que en vez de reafirmar su autenticidad americana (arte, literatura, exaltación del indio), se identificó como parte del tronco hispánico, como “vasallos de su majestad católica” que relucieron ante la Independencia de una España alejada de la modernidad, y que bastaría para forjar un nuevo quiebre ontológico de hombres que elevaron a valores sociales supremos la libertad personal y el trabajo.

“Fue así, pues, como se realizó la segunda nueva Europa; no nueva como réplica sino como fruto del desarrollo de la potencialidad del pensamiento moderno, ya tan visible en la época en que Cristóbal Colón se lanzó en la búsqueda de Asia… La historia de esa América es, sin duda, de cepa y molde europeos, pero por todas partes y en todos los órdenes se percibe la huella de un sello personal y de la inconformidad con la mera repetición, y allí está, como imponente ejemplo, su constitución política, europea en la doctrina, pero al mismo tiempo, atrevida y original aventura de un pueblo con legítimos derechos a la autenticidad histórica”.

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