Semblanzas literarias de la colonia. Eduardo Solar. Parte 1

Alonso de Ovalle

El padre Alonso de Ovalle (1601–1651), es sin duda un punto de inflexión al interior del ethos americano gracias a la Histórica Relación del Reyno de Chile. Se convierte en uno de los primeros precursores en relatar las deidades de las tierras chilenas, de sus habitantes y costumbres, particularmente de los indios. Historiadores nacionales como Sergio Villalobos, en Tradición y Reforma, destacan la importancia de esta crónica como consecuencia del inicio del proceso de Independencia en Chile al interior de las conciencias criollas, quienes reencarnarán en éstos, sus sueños y expectativas al margen de la monarquía hispana. En la obra de Eduardo Solar Semblanzas Literarias de la Colonia*, resulta ser un compendio historiográfico de los principales crónicas en Chile desde Alonso de Ercilla hasta Felipe Gómez de Vidaurre con nutridos pasajes personales, historiográficos y literarios. Ante la impronta del Bicentenario en Chile, y de la calidad de la obra del jesuita, se rescatarán los pasajes analizados por Solar en dos partes: El rescate del indio y las maravillas de Chile. Sobre el primer punto:

(…) Bordeaba el P. Alonso de Ovalle los cuarenta años. Hacía más de veinte que una tarde, tras las alegrías de una fiesta, con sus atavíos de gala, fuera a golpear a los claustros jesuitas. Ya la novelesca historia estaba olvidada. Ahora los superiores de su orden le envían en misión especial a Estaña e Italia. Va, entre otras cosas, a buscar hermanos de su religión que quieran venir a Chile a evangelizar indígenas. Pero le ocurre que en el viejo continente nadie conoce este país remoto.

“Habiéndome venido del Reino de Chile — escribe nuestro jesuita — y hallando en éstos de Europa tan poco conocimiento de él que en muchas partes ni aún sabían su nombre, me hallé obligado a satisfacer el deseo de los que me instaron diera a conocer lo que tan digno era de saberse”.

Tal fue el origen del la Histórica Relación del Reino de Chile.

Ante todo y de paso, observamos que en este título la voz sustantiva es relación y no historia. Importa recalcarlo porque, en justicia, no debe mirarse el libro como una producción de dicho género, por lo menos en la acepción estricta de la palabra. La Histórica Relación es más bien la obra de un enamorado de su tierra que, henchido de ella, la recuerda desde el extranjero, anhelando transmitir a los demás sus gozosas sensaciones. Y así va describiendo… el alma colonial.

Ovalle es, en su esencia, un poeta, y por sobre la verdad, atrae en su obra la belleza. Antes que como a historiador ha de estudiársele como poeta — acaso el más insigne poeta en prosa nacido en Chile.

Vicuña Mackenna llamó a Ovalle “el primer historiador de Chile” y, en cierto sentido, acaso lo sean no sólo en el orden de los tiempos. La Histórica Relación entraña uno de los mayores intentos de historia artística que se haya realizado en nuestro país… El indígena es el tópico obligado en las conversaciones, en la correspondencia epistolar, en los libros. El siglo XVI le mira como un bárbaro peligroso y se piensa que es preciso someterle o destruirle. Pero en la centuria siguiente despuntan dos tendencias antagónicas, la una hostil, la otra amiga del indio. Surgen violentas polémicas. La armonía y la serenidad no fueron virtudes del siglo XVII. En el bando de los amigos están los jesuitas y los que se han formado en sus aulas, que es como decir el núcleo más culto de los habitantes de Chile: gentes en quienes arraigaron desde la infancia las caritativas, pero utópicas doctrinas del padre Luis de Valdivia y cuya imaginación caldearon las estrofas de La Araucana y del Arauco Domado. El otro bando — el adverso al indio — está constituido por hombres del espíritu más práctico, más positivo, pero de menos letras. A causa de esto la voz de los defensores se oye mejor. Es casi la única que se oye. Y ya se sabe que de la defensa a ditirambo solo media un paso.

Alonso de Ovalle inicia en el dominio de la historia — en varios aspectos es un iniciador — la ciega apología del indio, cantilena que vendrá rodando de siglo en siglo y cuyo eco aún no se apaga en nuestros días. En su exaltación, el panegirista llega, inconscientemente, hasta alterar la topografía del suelo patrio. Y así al denominar a sus pobladores autóctonos “los valerosos cántabros de América”, repara en que son más que los cántabros, porque éstos tenían la defensa natural de sus ríspidos montes y los araucanos contaban sólo con su valor. Evidentemente el buen jesuita ya no recuerda que algunas líneas más arriba — definiendo a los mismos indios — escribió esta magnífica frase que no nos es posible olvidar:

“Hijos de aquella cordillera, que parece les pega lo crudo e incontrastable de sus inexpugnables rocas y asperezas”.

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