Tradición y reforma en 1810. Sergio Villalobos.

Tradición y Reforma en 1810 es un clásico de la literatura histórica nacional por antonomasia. Sergio Villalobos intenta exponer un cuadro en que se refleja plasmado una serie de antecedentes y descripciones que hacen presagiar lo que sucederá el 18 de Septiembre de 1810. Un proceso lento, traído desde la Colonia, emana de sí la tradición política, social y cultural de nuestro país, motivado por una serie de factores, especialmente el de ser un reino muy distante con lo sucedido en Europa y en el resto de América. Del temor de un viaje a Europa se desprende:

Cuando un criollo iniciaba un viaje a Europa, hacía testamento y procuraba dejar ordenados todos sus negocios; se encomendaba a varios santos, especialmente al Arcángel San Rafael, abogado y protector de los viajantes. Al despedirse de sus familiares, lo hacía solicitando su bendición con tanta amargura como si el viaje fuese sin retorno. La más grande de las devociones le acompañaba en cada jornada, visitando los santuarios e imágenes que encontraba a su paso para que le ayudasen a sortear los peligros. He aquí lo que un padre recomendaba por escrito a su hijo que partía de Chile a España: «Primeramente, hijo mío, te encargo mucho el santo temor de Dios, amándole sobre todas las cosas y queriendo antes morir que ofenderle. Que procures todos los días encomendarte a Dios muy de corazón, rezando las oraciones de la mañana que te he enseñado; que oigas la Santa Misa con la posible devoción, reces el Santo Rosario a María Santísima, siendo muy devoto de esa Reina Soberana de los Ángeles y hombres, pues como sabes, no se perderá ningún devoto de María Santísima, y concluye antes de acostarte con las oraciones de la noche, encomendándote a Dios y a María Santísima. Aconsejándote que todos los días busques primero a Dios haciendo lo que llevo dicho, y luego entres en tus negocios. Que te apartes de malas compañías, particularmente de jóvenes libertinos, de juegos (aun por pura diversión), a no ser que seas muy instado de hombre de distinción y conozcas que es por entretener el tiempo, aunque para esto hay muchos libros devotos. Que particularmente no visites personas del otro sexo, en donde regularmente hay muchos escollos, sé cauto para que seas casto, apartándote de estas cosas y de espectáculos profanos que no son más que escuelas de maldades. Procura tratar de tener amistad con hombres mayores provectos, que puedas recibir instrucciones y luces en tus negocios. Y si te acompañares con jóvenes de tu edad, procura sean de buenas costumbres y bien inclinados y de ningún modo te acompañes con los que no tengan esas circunstancias. Acostúmbrate a retirar a la oración a casa, pues no hay lugar como su cuarto y la soledad, así para encomendarse a Dios como para pensar sus negocios y trabajar para evacuarlos».

Dentro de la singularidad, el proceso emancipatorio no es propio de una gran masa ávida y deseosa de reformas estructurares, sino es protagonizado por un grupo reducido de personas, como los españoles peninsulares y la aristocracia criolla, quienes poco a poco se polarizaron a medida que avanzaba el siglo XIX, y que dio como triunfante a esta última, quien consolidó su vieja arraiganza de pertenecer en el aparato político (al interior de la obra se verá un terrible caso de frustración de un nacional como José Antonio de Rojas, quien fue víctima del sistema burocrático centralizado como la de la monarquía borbónica) y el de consolidar viejas reformas como la libertad de comercio, a pesar que no estaba interiorizada en la mayoría de comerciantes que se veían envueltos en este rubro. Sobre un insospechado complot de unos franceses en 1780, que no guarda relación con lo sucedido a posteriori:

“Ambos amigos comenzaron, desde luego, a trazar planes y hacer derroche de imaginación. Establecieron los fines, previeron las situaciones que sobrevendrían, los hechos mismos, y les dieron soluciones perfectas. Todo marcharía exacto como una representación teatral. Los autores del proyecto, según Berney, se verían «en un abrir y cerrar de ojos, dueños de su felicidad, y libres de toda opresión»”.

Cada uno de los complotadores comprometería a otro en el plan sin mencionar a los demás, formándose así una red que en caso de ser descubierta sería imposible de seguir en sus hilos. El día señalado para el levantamiento todos se reunirían en la Chimba, al norte del Mapocho, y de allí partirían en grupos a aprehender al presidente y las autoridades, a tomarse el almacén de pólvora, la sala de armas y las cajas reales que les proporcionarían dinero suficiente. Mientras tanto, algunos de los conspiradores disfrazados de religiosos incitarían al pueblo y mostrarían su descontento por el asunto de la reforma de las órdenes, que sería la razón aparente del movimiento. También se daría libertad a los esclavos con el objeto de que participasen en la empresa. Se tendría, eso sí, buen cuidado de que no hubiese víctimas y que todo se concluyese con la menor alteración posible.

Triunfante el movimiento, se procedería a declarar la independencia y a establecer la república «que había de fundarse en principios de puro derecho natural, de suerte que si vivieran los antiguos romanos, se habían de avergonzar de la suya».

El país sería gobernado por un «soberano Senado de la muy noble, muy fuerte y muy católica República de Chile», en el que tendrían cabida hasta los indios. Desaparecerían las jerarquías sociales y la tierra sería dividida entre todos por partes iguales. Se decretaría la libertad de comercio con todas las naciones de la tierra, incluso España; se aboliría la pena de muerte, etc.

Durante varios meses estuvieron Gramusset y Berney considerando el proyecto y tomando informaciones sobre la existencia de armas, pólvora, cañones y otros implementos que les interesaban, como así mismo pensando en quienes podrían secundarlos. Al cabo de un tiempo cada cual dio con un personaje que parecía del caso. Uno era Ignacio Pacheco, gallego que penaba tras las rejas del cuartel de Dragones y que luego saldría desterrado, y el otro el argentino don Mariano Pérez de Saravia y Sorante, abogado quisquilloso, arrebatado y amigo de causar problemas, como que en la Real Audiencia ya le tenían entre ceja y ceja.

Sin duda que el acelerador de la independencia natural fue la grave coyuntura que se manifestó en la España de Carlos IV, Manuel Godoy y Fernando VII, convulsionada por una serie de conflictos internos de orden administrativo, la inminente presencia de Napoleón en España, y de la disconformidad del pueblo por la figura de Godoy.

El apresamiendo de Fernando VII en Bayona, y la delegación del reinado de este a Carlos IV y en lo sucesivo a Napoleón, desencadenó aún más la profunda división de los grupos de élite. Además cabe fundamentar que en esos precisos momentos Chile se encontraba bajo el gobierno de García Carrasco, quien presidió el cargo por una serie de hechos fortuitos. Su mala gestión, y sumada a la vinculación de hechos oscuros como el asesinato de un capitán inglés y del presidio de tres exponentes de la aristocracia criolla (José de Antonio Rojas, Juan Antonio Ovalle y Bernardo Vera) se llegó a presentar su dimisión del cargo, que fue aceptada.

Era el preciso momento para poder formar una Junta Nacional — porque la coyuntura así lo determinaba — y de nuevo las disputas entre dos los grupos se hacía sentir. La interpretación del derecho se interpretaba de dos claras posturas: a) El grupo criollo interpretaba la dependencia con la monarquía de Castilla y no al pueblo español y b) Los españoles interpretaban que las instituciones formadas como la Junta Nacional de Oviedo o el Consejo de Regencia de Cádiz eran símbolo de la fidelidad con España y el rey. Ambas mostraban fidelidad al rey (que tras su cautiverio se sintió en todo el país), pero de distinta manera. El grupo criollo demostró una total desconfianza hacia los franceses, ingleses, e incluso a Carlota, princesa de Portugal instalada en Brasil, y que algunos — o nadie, ya que no queda claro — mostrasen fidelidad hacia ella, en el bando conocido como los carlotinos.

Desde 1808 a 1810 todos los hechos se aceleran, tanto en Santiago como en Concepción. Entra en acción Mateo de Toro y Zambrano, quien a su avanzada edad, intenta dirigir la situación del país. Existieron asusaciones mutuas de ambos mandos, con panfletos políticos e intervenciones de la iglesia en el asunto. Ambos acusaban tanto la cohesión como la profunda división del país. José Miguel Infante llama el 13 de Septiembre de 1810 a la formación de un cabildo abierto. Es el momento preciso que debían aprovechar los criollos para concretar la Primera Junta Nacional de Gobierno en el edificio del Consulado. El resto de los hechos es conocidos por todos nosotros.

Uno a uno fueron desfilando frente al Cabildo, que les tomaba el siguiente juramento: «¿Jura Ud. defender la patria hasta derramar la última gota de sangre para conservarla ilesa, hasta depositarla en manos del señor don Fernando VII, nuestro soberano, o de su legítimo sucesor; conservar y guardar nuestra religión y leyes; hacer justicia y reconocer al Supremo Consejo de Regencia como representante de la magestad real?» La respuesta era: «sí, juro».

En conclusión, según expresa Villalobos, la Junta de Gobierno sintetizó la Tradición y Reforma.

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