Los Unos y los Otros
Los aportes de los pensadores clásicos han dejado como legado aspectos fundamentales para nuestra manera de pensar, actuar e interrelacionarnos con los otros, el mundo y nosotros mismos. Si consideramos la relevancia que cobra en nuestro sistema de pensamiento la “verdad”, lo “absoluto” y lo “ideal” es de esperar que nuestros métodos estén orientados a satisfacer estas motivaciones, o, al menos, complacientemente estimen como patrón de deseabilidad dichas guías.
El método de este pensamiento tiene la necesidad de rebatir, juzgar y refutar, ya que son requerimientos necesarios para que un conocimiento pueda ser tildado de “verdadero”. La preocupación central descansa sobre la búsqueda interminable de la verdad, ya que supone que lo verdadero está ahí en un lugar dispuesto a ser descubierto.
Este pensamiento estimula las controversias y las dicotomías, como modo de alcanzar la revelación de la verdad. Se valoriza el método controversial, es decir, un método donde los actores han de posicionarse como adversarios y chocar en debate, atacándose, para así eliminar, en el marco del diálogo, lo que no es verdadero. De esta manera el enfrentamiento entre contrarios y la refutación cobran sentido, ya que los adversarios tienen que demostrar que lo que el otro dice no es verdadero, depurando las impurezas hasta agotar el proceso. Asimismo, el método controversial da rienda suelta a la dialéctica, tanto es así que del choque entre tesis y antítesis se devela la síntesis o verdad para el caso.
De lo que hablamos es la adopción generalizada de un método rutinario en nuestras instituciones que divulga la creencia sobre la utilidad moral y práctica de enfrentarse como medio para alcanzar la mejor solución, recompensando al ganador de este enfrentamiento con la tenencia de absoluta verdad. No nos focalizamos en escuchar al otro para ampliar los horizontes de nuestras propias percepciones y creencias, sino que nos focalizamos en escuchar al otro para destruir sus argumentos, y esperar a que el otro pueda superar nuestros embates discursivos-argumentativos, ya que de ello se materializará naturalmente la mejor alternativa que precederá a la acción.
Adieu y adiós a las armas.