Bigotes de chocolatada

Anita Bouzón Vittar

Yo conozco esa cara. La vi en una foto de cuando tenía 9. Me habían regalado la camiseta de Boca que yo había estado pidiendo tanto tiempo.

Esa cara. La misma que miraba ahora yo en uno de esos pequeños. Sólo que el presente era una caja de chocolatada, un paquete de cereales y otro de galletas.

Eran tres. Sus colores opacos se confundían con lo gris de la tarde. Con las sombras, que van y vienen caminando casi robotizados. Medían medio metro y su edad, me dijeron, no pasaba de los 12.

Camuflándose con el asfalto, pidiendo moneditas a los autos que paraban obligados por el semáforo. Llegaban hace un rato y en esa esquina iban a pasar la noche, me dijeron.

La noche. A esa también la conozco muy bien, es larga y lenta cuando quiere. La tan maldita, alguna vez, demoró sus minutos para ser el escenario que me escuche llorar. Me encontró con el aire cortito, pausado, porque la angustia era tan grande que me oprimía el pecho.

Otra, me encontró acostada con su amigo el insomnio haciéndome pensar. Porqué será que uno tiene que sufrir por cosas que no eligió, ni siquiera sin querer. Esa pregunta que no me supe responder y tampoco puedo explicarles.

Explicarles a ellos, a estos tres que siguen sentados mientras me saludan sacudiendo la mano con bigotes de chocolatada.