Mugre

Miralo. Va descalzo con los ojos perdidos. Seguro se droga, seguro está en pedo. Cuidá la cartera.

Tiene unos largos diez años y si, va descalzo. Descalzo y sucio, se vino caminando desde su casa a hacer malabares a esta esquina con un par de naranjas.

Claro que se droga. Duerme muy poco y se levanta bien temprano. Su madre tiene prendidos a sus piernas a sus dos hermanos mas chiquitos. El mas grande vive con la novia, hace años se fue de casa.

Su papá, ese hombre, aparece de vez en cuando con olor a alcohol y ojos perdidos, las manos vacías en busca de un par de billetes.

Llega. Pide. Busca. No encuentra. La golpea un poco y se va.

Entonces el camina lejos hasta sentirse libre, libre de ese infierno. Libre con las patas y la cabeza atada a una panza vacía, que ya se cansó de sentir hambre.

Encuentra a sus amigos sentados en una esquina. Llevan en unas bolsa unas naranjas y algo que fumar en los bolsillos. Y fuman en el camino. Y se ríen.

Es su manera de ser niños: andar por la calle con los pies en la tierra pero sintiéndose flotar.

Y se ríen. Y cantan alguna canción de cancha, imaginando por un segundo estar en otro lado viviendo otra realidad.

Y llegan.

La luz roja del semáforo es su momento de trabajar y de, con suerte, conseguir que se bajen algunas ventanillas y salgan escupidas un par de monedas.

-No le des nada a ese que después se droga-

El verde lo encuentra en medio de la calle y esquivando un par de autos — porque tiene el poder de ser invisible- se sienta de nuevo en la ochava.

Sucio. Para ver pasar a esas dos señoras que levantan la mirada para esquivar verlo y agarran fuerte la cartera.

Para esquivar un nene, como el suyo, sentado en la calle.

Sobreviviendo.

Con un silencio que grita.

Una panza que cruje.

Una mano que pide y los ojos que se pierden en algo mas que un sueño.

Sucio. Porque, al final de todo, el es el fruto de sus sobras.

Él es, el producto de su indiferencia.

Él es, la mugre que hay en sus ojos y su alma.