Enfrentarnos a nuestras motivaciones

¿Y si no necesitases aprender ninguna de esas cosas que quieres porque ya las has aprendido?¿Y si ya hubieses adquirido todas esas habilidades que siempre habías querido adquirir?

Si abarcases todas las áreas de conocimiento que te interesan, sería como si tuvieras un superpoder: el del conocimiento y de la habilidad. Sería como ser un superhéroe, de esos que salen en los cómics y las películas.

¿Y ahora qué?

Empezarías a darte cuenta de que, pese a que eres capaz de hacer un montón de cosas y tienes un poder transformador, resulta que no tienes tiempo para poder hacer todo aquello que quieres. Las cosas del día a día tales como hacer la comida o limpiar la casa, así como las responsabilidades que has asumido en tu trabajo, en tus relaciones, tendrías aún que seguir haciéndolas.

Te encontrarías con la situación de que hay un excedente de las cosas que puedes hacer. Tienes más capacidad teórica de hacer cosas que capacidad real de hacerlas y eso produce frustración.

Finalmente, te enfrentas a tener que priorizar: la responsabilidad de decidir a qué quieres dedicar tu tiempo y tu esfuerzo, que también es limitado. La pregunta final sigue siendo: ¿Qué quiero hacer con mi vida?

Ahora demos un paso atrás y pongámonos en la situación real de que no somos superhéroes, que aún hay muchas cosas por aprender y todavía tenemos mucha curiosidad por lo que nos rodea.

Aún tenemos muchas más capacidades que tiempo y energía. De forma que sigue siendo válida la premisa de asumir la responsabilidad de decidir a qué dedico mis esfuerzos, qué priorizo y qué quiero hacer con mi vida. De forma que seguir aprendiendo, que no deja de ser una necesidad, una pulsión o un deseo vital, puede ser también una cortina de humo que nos impida enfrentarnos a esa responsabilidad de decidir qué hacemos con nuestra energía.

Corremos el riesgo de ser unos eternos adolescentes, unos eternos estudiantes preparándonos para un examen que nunca vendrá. Porque, mientras aprendemos nuevas habilidades, es posible que estemos dejando escapar la oportunidad de utilizar las que ya tenemos para cambiar nuestra vida y la de los demás.

Admiro a las personas que, desde una edad temprana, han tenido claro lo que querían hacer, cuáles son sus motivaciones, cual es su vocación. Porque esas personas, han tenido la oportunidad de focalizar sus esfuerzos y habilidades en conseguir su meta. Quizás esas personas, además de tener el regalo de la motivación, tengan también una condena: su obsesión temprana quizás sea, de alguna forma, una prisión. En todo caso, esas personas suelen llegar lejos, con respecto a sus logros profesionales.

Yo nunca he sido así: he tenido demasiada curiosidad por aprender de todo, demasiadas dudas acerca de mis conocimientos y motivaciones. Eso me ha llevado a estudiar físicas y después bellas artes, me ha llevado a aprender a diseñar y después a programar, me ha llevado a aprender muchas cosas que he acabado olvidando por no haberlas ejercitado lo suficiente. En mi caso, me viene a la cabeza el dicho: “Quien mucho abarca poco aprieta”.

Me pregunto si ese ansia por adquirir habilidades habrá sido la excusa para no enfrentarme a mis motivaciones profundas o bien un rasgo de mi personalidad que antes o después cobrará sentido cuando los puntos se unan. Quizás haya llegado el momento de madurar, de una vez, y de hacerme las preguntas que realmente son importantes.

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