El Náufrago del Lago de Maracaibo

Escribí el Náufrago del Lago de Maracaibo hace una generación, mucho antes de la sensibilidad por el ambiente natural que se forjó en la encíclica verde del Papa Francisco, impulsada por la amenaza cierta de una catástrofe global a consecuencia del cambio climático. En mi caso bastó mirar alrededor cada vez que me embarcaba hacia la Bahía El Tablazo desde El Milagro, cuando trabajaba en la industria petroquímica del Zulia en la década brillante de los años 80.

El Lago de Maracaibo era de agua dulce, y no alcanzo a imaginarme su belleza original cuando aún hoy deslumbran sus costas por Alturitas o el Sur del Lago. Es necesario reconocer la pérdida de esta maravilla natural, y con ese inventario de faltantes establecer una referencia para recuperar algo de su majestuosidad imponente así como de la flora y fauna, la cual incluye delfines (Sotalia fluviatilis o guianensis).

Durante ese fascinante período he sido testigo de transformaciones sociales inesperadas no sólo en mi país sino en este mundo convulso, que hablan de la capacidad de superación que la humanidad hace suya cuando todo luce más oscuro — porque la supervivencia como mandato de especie no es opcional. En cada salto generacional se gana o se pierde algo, nuestra tarea como intérpretes de esa transición es impedir que se quede algo en el camino hacia el futuro. Pero cómo saberlo?

No hay que ser náufrago para entenderlo; quién no ha dejado atrás la comodidad alguna vez en su vida para embarcarse en aventuras que concluyen en islas solitarias? De ella saldremos gracias a la determinación y al empeño, sin esperar inertes por la misión de rescate. Al final es una decisión la que nos salva o condena, lo importante parece ser cuán consecuente se ha sido con el hecho de haberla tomado.

La interpretación de estos cambios me ha permitido capturar aventuras que hoy se encuentran frente al lector en esta larga antología, imaginación que irrumpe a mi paso mientras puedo ver al mundo en un grano de arena.

La lección aprendida es la de siempre, cada día hay una historia que aprender y se perdería de no prestarle la debida atención, así provenga del marullo del lago, de un cementerio minero, relatos de Guanipa o de la maleta marrón que nuestros abuelos trajeron consigo en su aventura trasatlántica.

Gustavo Pisani, Richmond, Enero 1, 2016

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