¿Prudencia o simpleza?

Creo que la mayoría de nosotros cuando éramos pequeños disfrutábamos de jugar en el lodo, o sentíamos la curiosidad de experimentar con él. Al parecer tiene un atractivo que hace que los niños quieran saltar en el lodo, sentirlo entre sus dedos o embarrarse lo más posible.
Pero cuando crecemos no le encontramos el mismo atractivo. Al contrario, tratamos de evitarlo por completo porque no nos gusta ensuciarnos. Si te has encontrado con un camino lleno de lodo, de seguro antes de seguir avanzando te detuviste unos segundos a analizar el camino que tenías por delante. Evaluaste qué parte se veía más seca o firme y calculaste tu pasos para llegar al otro lado. Nadie con sentido común y que quiera llegar limpio elegiría pasar por el lodo fresco.
Ahora, en la Biblia, en el libro de Proverbios encontramos un pasaje que ilustra este ejemplo. Proverbios 22:3 dice:

La versión NTV lo traduce así: “El prudente se anticipa al peligro y toma precauciones. El simplón avanza a ciegas y sufre las consecuencias.” ¿Alguna vez te detuviste a pensar cómo es una persona “simple”? Cuando la Palabra de Dios usa ese término es para referirse a una persona que no es muy lista y que tampoco quiere serlo. Es alguien que tiene fe pero no discernimiento por lo que sus elecciones no tienen un fundamento sólido.
Si pudiéramos ilustrar este versículo, podríamos decir que el “simple” no se detiene a mirar cómo está el camino y no le interesa saberlo, avanza sin preocupaciones y como resultado termina embarrado. En contraste con esto, el “prudente” o el “avisado” (alguien astuto), se anticipa, evalúa las condiciones del camino, está atento a las recomendaciones y toma las precauciones necesarias para llegar limpio al otro lado. Porque justamente eso es lo que hace una persona prudente. Este concepto está estrechamente relacionado a la sabiduría. Se refiere a alguien listo que es capaz de discernir, siempre dispuesto a escuchar y aprender. Es aquel que su fe está fundamentada en la Palabra de Dios y se ve reflejada en su andar.
Ahora, en este versículo encontramos que el “avisado”, o el “prudente”, ve el mal. Ese mal del que habla y al que estamos constantemente expuestos, es el pecado. Aquel que es prudente es capaz de identificarlo, discierne las situaciones dudosas, o que lo pueden conducir a pecar. Sabe que es aquello por lo que Cristo pagó un alto precio, que es lo que “ensucia” su vida e interrumpe su comunión con Dios.
Dice la Biblia que esta persona ante el pecado: “se esconde”. El hijo de Dios, que desea ser sabio, ve el pecado y huye de él al esconderse en la persona de Dios. ¿Por qué va a Dios? Porque sabe lo que trae el pecado y no desea lo que este le ofrece. Porque su satisfacción se encuentra en Dios y confía en lo que Su Palabra dice. Porque sabe que Él es la fuente de sabiduría y su Palabra la expresión de ella misma. Sabe que sería una necedad apelar a vivir bajos otros principios que los Divinos. Por eso es clave estar empapados de las verdades de Su Palabra para poder identificar lo que nos conviene, para derribar esos pensamientos que se oponen a Su voluntad (2 Corintios 10:5), y para poder detectar y anticipar aquellas situaciones que nos conducen al pecado. Parece algo obvio y que todos deseamos hacer. Porque, ¿quién puede decir que desea experimentar las consecuencias y dolor del pecado? O que sabiendo que algo le conducirá a su propio daño, lo hace igual. Pero lamentablemente, no siempre tomamos este camino.
Cuán a menudo somos como el “simple”. Decimos: “el Señor me lo marcó”, “sé que Él quiere que haga esto” para disfrazar nuestros propios deseos. Somos como el simple cuando no tenemos claridad respecto a determinada situación y aún así avanzamos, o peor aún insistimos en algo que es pecado (necedad) o que no nos conviene y luego sufrimos las consecuencias. Cuando creemos que saldremos ilesos, que podemos cruzar el charco de barro sin ensuciarnos, que no es tan mala la situación o lo que estamos haciendo. Somos como el simple cuando nuestras elecciones no están basadas en el fundamento de Su Palabra sino en nuestras propias ideas. Cuán a menudo es evidente el peligro, pero no nos interesa escuchar y por la dureza de nuestro corazón avanzamos como ciegos hacia nuestro propio daño. Es que eso es lo que hace el pecado, nos enceguece y no podemos ver nada más que aquello que nuestro corazón desea. ¡Que engañoso y perverso es el corazón! (Jeremías 17:9) Por eso, Dios que lo conoce mejor que nadie nos advierte por medio de Su Palabra diciéndonos que sobre todo, guardemos nuestro corazón (Proverbios 4:23). Entonces, sabiendo que es engañoso no nos dejemos guiar por él .
Es tan importante que hoy nos detengamos a examinar por dónde estamos caminando, qué diálogo estamos teniendo con nosotros mismos y la voz de quién estamos escuchando. Para esto, te animo a que te hagas las siguientes preguntas:
- ¿Antepongo mi voluntad antes que la Suya?
- ¿Actúo por impulso?
- ¿Conozco lo que Su Palabra dice para tomar decisiones sabias?
- ¿Es Su Palabra lo que sustenta mis decisiones?
- ¿Busco el consejo de personas piadosas o soy independiente?
- ¿Me anticipo a las situaciones que son dudosas o pecaminosas y tomo medidas al respecto?
- ¿Estoy dispuesto a obedecer sea cual sea el costo?
Seamos sinceros con nosotros mismos y con el Señor. Si tus respuestas revelan que has estado siendo como el “simple”, hay solución. La Palabra de Dios nos da la respuesta:
“El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, Y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.” — (Proverbios 9:10)
“El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos;” (Salmo 111:10)
En otras palabras si queremos dejar el camino de los “simples”, debemos ir tras la sabiduría de lo Alto. No se trata de acumular conocimiento sino de una transformación radical del corazón donde nuestros pensamientos, identidad, y propósito surgen de la Palabra de Dios lo cual nos conduce a un temor santo y a la obediencia (santidad). Que nuestros corazones, creados y diseñados para ser dirigidos a Dios, anhelen de esta sabiduría.
