La guata y yo

Historia personal de una enfermedad


El año 2004, cuando tenía 26 años y era un rugbista de aspecto y -según yo- salud óptima, un mal día tuve una diarrea bastante potente. Cuando digo potente, lo digo en serio: al menos 5 episodios durante el día, todos violentos. Como la tarde anterior había comido 10 huevos revueltos, le eché la culpa a ese exceso, habitual en mi búsqueda de la mayor cantidad de proteínas posible en mi dieta diaria.

Tuve diarrea ese día de Junio de 2004, también los dos días que le siguieron, y la seguí teniendo, de forma intermitente (un promedio de 3 veces por semana) hasta finales del año 2012.


Ocho años y medio tuve diarrea. Ocho años y medio tardé en mejorarme. No es poco tiempo. Para mí al menos no lo fue. Fui esclavo de mi enfermedad. Viví esos años en gran medida en torno a ella, a su aparición en el momento más incómodo.

No sólo sufría mi sistema digestivo. Mi paz mental también se vio progresivamente alterada, por no entender qué me pasaba y por qué duraba tanto, al tiempo que intuía que mi problema probablemente terminaría convirtiéndose en algo peor, un cáncer o qué se yo. Algo malo vendría seguro, mucho más malo que tener diarrea. Me afectó cada vez más, también, pasarme esos años intentando resolver el problema, probando todo lo imaginable, sin tener ningún progreso que durase más que lo que dura el efecto placebo.


No me gustan los doctores, así que tardé algún tiempo en ir a uno. Mi primer acercamiento con la medicina fue cuando le pregunté al papá de un amigo, doctor, qué remedio recomendaba para la diarrea. No le conté que llevaba ya un par de meses pegado al WC, le dije que no me sentía bien de la guata y que tenía partido el fin de semana y no quería correr riesgos. Me dijo: usa loperamida, dos pastillas el día anterior al partido y, según cómo amanezcas, ve si te tomas otra más en la mañana. Fui a la farmacia y me llevé la maravillosa sorpresa de que la loperamida se vendía sin receta y que valía 200 pesos. Me tomé las dos pastillas: no volvió la diarrea por tres días.

Tan buena era la loperamida, que empecé a comprar de a 5 cajas, de a 10. Siempre tenía a mano. Al principio la tomaba cuando me daba diarrea. Luego de unos meses empecé a tomarla cuando sabía que me iba a dar: llegaba normalmente luego del segundo día sano, así que ahí pescaba dos pastillas y quedaba trancado por un buen rato, lo que me permitía hacer mi vida normal.

La loperamida, por su precio y su efectividad fue, junto a mi tendencia por esos días a postergar las cosas, la culpable de que yo no hiciera nada por intentar resolver el problema de manera formal durante el primer año. Si el remedio hubiese costado $2.000 en vez de $200, quizás la historia hubiera sido distinta, ya que por esos días mis finanzas tampoco gozaban de la mejor salud, y alcanzaban usualmente para comprar un doble cuarto de libra después del gimnasio, un tarro de proteínas para el mes y una promo para el carrete del Jueves o del Sábado, dependiendo del día en que tuviéramos partido.

Así fue que desarrollé, me di cuenta un día, la adicción más rasca del universo: era adicto a un remedio barato que paraba cagaderas.


Ese bajón me sirvió para tomarme un poco más en serio el asunto. Mi primera medida fue una combinación de dos cosas: una búsqueda permanente de soluciones en foros de internet, y la consiguiente aplicación de las sugerencias que más me tincaban. Todas estas soluciones tenían como denominador común el proponer la eliminación de ciertos alimentos específicos de la dieta.

Cuando después de un rato me di cuenta que nada funcionaba por largos periodos, pero que sí a veces llegaban ciertas semanas de mayor tranquilidad, me decidí a ir a un doctor para ver si podía encontrar un camino más eficiente. Tanto el primero como el segundo de los doctores que fui a ver recomendaron, con languidez, más o menos lo mismo que los foros, así que ya eran 3 las fuerzas que me motivaban a eliminar comidas de mi dieta: los consejos de potenciales psicópatas que escribían en foros de enfermedades en internet, doctores aburridos y mi torpe y optimista intuición.

En un periodo que se extendió por alrededor de 4 años, eliminé de mi dieta, por periodos que duraban hasta 4 meses, los siguientes alimentos, de manera independiente, a veces combinada y en algunos casos de forma repetitiva:

  • lácteos (todos)
  • lácteos (sólo algunos)
  • gluten
  • alcohol (todos)
  • alcohol (solamente cerveza)
  • batidos de proteína
  • mate
  • maní y frutos secos (hmm, creías que el maní era un fruto seco, pues no)
  • legumbres
  • huevos

Mi dieta nunca fue muy variada, así que probablemente si hubiese comido más cosas, más hubiesen sido las que habría erradicado por estos periodos.

El resultado habitual de todas estas privaciones era que, especialmente luego de leer muchos comentarios de personas que juraban haberse recuperado de sus problemas intestinales abandonando tal o cual comida, el efecto placebo operaba maravillas en mi estómago durante un periodo que duraba alrededor de una semana. Más de veinte veces me sentí, por fin, curado. Nunca lo estuve. Pasaban los primeros días y la diarrea volvía, y yo cada vez me sentía más miserable y torpe.

Un día me recomendaron a un gastroenterólogo con especial fervor. Pedí hora. Cuando le conté que llevaba 2 años con diarrea intermitente, me hizo cuatro preguntas:

1- ¿Cómo es su alimentación? Mi respuesta fue algo así como: buena, soy deportista, y hasta ahí llegó la conversación a ese respecto.

2- ¿Cuál es su orientación sexual? Soy heterosexual, dije, y contrapregunté: ¿qué podría tener que ver eso? Sólo descarto, respondió, porque hay casos de diarrea intermitente en pacientes homosexuales pasivos. Ah, dije.

3- ¿Ha sufrido pérdidas de peso en el último tiempo? Sí, respondí (aunque yo sabía que era probablemente debido a que no estaba jugando rugby ni haciendo pesas como antes, pero no hice la aclaración).

4- ¿Cuándo fue la última vez que se hizo examen de VIH? Mi respuesta fue: nunca me lo he hecho.

El doctor me sugirió hacerme de inmediato el test y, según ese resultado, después evaluar otras alternativas.

No entendía nada. Me metí a internet y claro: la diarrea crónica intermitente era uno de los síntomas prevalentes del SIDA. Ahí cambiaba la cosa. Se ponía mucho peor. ¿Podía tener? Sí, podía, obvio. Tenía que hacerme el examen.

Lo hice, aterrorizado, y luego de días atroces en que me aseguré a mí mismo que sí, que era muy probable que eso fuera lo que pasaba, fui a buscar el resultado, y salió negativo. Con pecho de paloma se lo fui a mostrar al doctor, quien me dijo que lo que quedaba ahora era ver si quitando comidas de la dieta veía mejoras. Y que si no pasaba nada con eso, me hiciera exámenes intestinales. Le dije que llevaba años eliminando comidas sistemáticamente, así que mejor pasáramos a los exámenes.


Partí a hacerme los exámenes, pero con otro doctor, ya que no me había gustado el anterior y ya me había hecho pasarlo muy mal. Fui, me hicieron una serie de tests, incluyendo análisis a la caca, que tuve que guardar en un frasco. Mi vida era un asco. Los tests medían intolerancia al gluten, capacidad de absorción, entre otras cosas.

Los resultados: no tenía nada mal. Nada po’. Todos los exámenes estaban perfectos. La conclusión del doctor Chapatín: tienes diarrea crónica por stress.

No se la creí. Yo era un tipo que, pese a lo relativamente desorientado que andaba por la vida (recién egresado de una carrera que no quería ejercer, intentando emprender con 500 lucas de ahorros y tratando de iniciar una nueva actividad deportiva intensiva, esta vez en las artes marciales), andaba en general feliz y tranquilo.

Si bien entendía por dónde iba la idea del doctor (los exámenes estaban buenos, eso era un hecho), me costaba creer que estos años con esa diarrea metódica, tan perseverante en su ánimo de destruirme lentamente desde mis entrañas, pudiesen tener su origen en un stress que yo, por mucho que intentaba, no era capaz de identificar. Pero quizás el stress tenía muchas caras y en mi caso actuaba quién diablos sabe cómo. Stress tácito o algo así.

Así que igual le hice caso al viejo, que me mandó a tomar, por primera y única vez en mi vida, un psicotrópico, a la vez que me prohibió la loperamida. Estuve un mes entero tomando ese remedio con estrellita verde. Pueden imaginarse el resultado: corriendo al baño en medio del entrenamiento, en medio del carrete, en medio de la noche. Diarrea everywhere.

Dejé la pastilla, por supuesto. Desmotivado, volví a la Loperamida. Era un junkie de la Loperamida. Volví a cero.


Pasaron un par de años cada vez más malos hasta que me encontré, en un foro especialmente dedicado a enfermedades digestivas, con el concepto de FODMAP’s. Son comidas que, según la teoría, algunas personas no pueden digerir bien ya que fermentan en nuestro estómago. Era una propuesta bastante osada, en tanto identificaba como problemáticos una serie de alimentos que consideramos inocuos, muy poco habituales en las típicas listas de comidas a evitar en este tipo de foros o en las recomendaciones típicas de los doctores.

Lo probé durante un periodo. El placebo funcionó al principio, como siempre. Pero esta vez se prolongaron los beneficios, si bien no de manera consistente, por más tiempo de lo habitual. Le creí al sistema. Partí, por primera vez en esos dos años, donde una nueva doctora que me recomendaron, entusiasmado por la posibilidad de estar cerca de mejorarme.

Esta doctora fue la primera que, luego de escuchar mi historia con la enfermedad, reconoció que la gastroenterología estaba aún ciega ante una serie de fenómenos digestivos. Que la ciencia aún no entendía el origen de muchas de las enfermedades digestivas, y que se solía agrupar en el concepto de “colon irritable” una serie de patologías que poco y nada tenían que ver entre sí, tanto en sus síntomas como en su origen, completamente desconocido. Eso me gustó. Se declaró incompetente en la capacidad de identificar el problema, especialmente luego de revisar mis exámenes, pero sí dijo ser capaz de identificar si es que todos estos años de problemas digestivos habían provocado un problema mayor. Me pidió endoscopía y colonoscopía. Le hablé de los FODMAP’s. Me dijo que no los conocía, que los iba a estudiar y que le parecía razonable lo que conceptualmente proponían.


El que se haya hecho endoscopías y colonoscopías sabrá lo apestoso que es, especialmente el periodo previo de laxantes por miles, para llegar con todo vacío, hasta el momento horrible en que te despiertas y tienes un tubo en la garganta que te ahoga, y no imaginas ninguna posibilidad de sobrevivir más que 4 segundos, hasta que se dan cuenta que despertaste y te dopan de nuevo y sigues durmiendo (por suerte cuando desperté esa vez, la colonoscopía había terminado, si no, no sé). Eso me pasó a mí, por lo menos.

La endoscopía y la colonoscopía salieron buenas. La doctora me ofreció probar con una serie de remedios que mitigaran las diarreas, aparte de la loperamida. Le dije que no, gracias, y me fui.


Mis cambios en la alimentación, bloqueando una lista gigante de alimentos, me habían hecho sentirme mejor, pero también me daba cuenta que los progresos eran cada vez más inestables. Seguía dependiendo de la loperamida.

Hasta que me encontré en internet con la Dieta Gracie. A diferencia de los FODMAP’s, dedicada a los problemas de intestino irritable, la Gracie proponía alcanzar un estado completo de salud a través de la alimentación. El que la creó, Carlos Gracie, declaró haberse mejorado de las jaquecas más terribles mediante este sistema, que desarrolló luego de décadas de estudio y ensayo, en sí mismo y sus familiares. El hecho de que tanto Carlos como su hermano, Helio, hayan practicado la dieta al pie de la letra y que hayan muerto sobre los 90 años, con una salud impecable y un físico activo, fue un estímulo importante. Podía no significar nada, pero el optimismo no se me pasaba. Uno quiere que la diarrea se le pase alguna vez.


Fue a la vuelta de un viaje que empecé a practicar la dieta Gracie. Era difícil, pero difícil-difícil. La base está en que hay grupos de comida y que no se deben hacer ciertas combinaciones entre grupos. Al rato te vas dando cuenta que no se podía mezclar nada de muchas cosas que habitualmente se comen juntas. Además, no se podía repetir alimentos en lapsos de 24 hrs, entre otras cosas. Es un sistema de alimentación lleno de prohibiciones y sugerencias. Recomendaban el consumo habitual de frutas y verduras, tanto sólidas como en formato de jugos, y la disminución de lácteos y carnes.

Le hacía caso en todo, y me estaba mejorando. El placebo, cuando ya habían pasado dos meses, ya no se llamaba placebo. El sistema me estaba haciendo bien, de forma mucho más consistente que los FODMAP’s. ¿Dónde estaba el secreto? ¿En no mezclar las cosas? No me parecía muy razonable. Le creía al concepto, y le sigo creyendo (pese a que ya no lo practico), pero no tenía sentido que yo me enfermara así de intensamente por hacer lo que todo el mundo hacía y el resto del mundo, no. No es que fuese imposible eso, tampoco, pero no me parecía muy probable.

¿Dónde, entonces, estaba la explicación de mi mejoría? Me demoré un poco en entenderlo, pero hoy lo veo claro: la dieta Gracie, como expliqué, obliga a no mezclar ciertos alimentos, a no comer antes de que hayan pasado 3-4 horas desde la comida anterior y, a la vez, a no repetir alimentos en un lapso de 24 horas. Esas reglas te obligan de manera indirecta a otra cosa: a ampliar tu repertorio de comidas. Si comiste tallarines al almuerzo, no los vas a poder comer en la comida. Y si comiste plátano al desayuno, te quedaste sin tu fruta favorita hasta el otro día. De pronto me vi obligado a incoporar nuevas comidas a mi dieta, de forma más frecuente. Antes, si tenía ganas de comer fruta, agarraba un plátano y listo. Ahora no me quedaba otra que comer manzanas, o peras, o jugos de frutas y verduras. Y si me daban ganas de comer una naranja, no podía mezclarla con nada más, así que en vez de una me comía 7, y esa era una comida entera hasta 3-4 horas más. Me vi comiendo lechuga, brócoli y espinaca, cosa que antes no hacía, y me gustaba. En vez de los exclusivos plátanos, ahora me preocupaba de tener a mano una amplia variedad de frutas.

Lo que había ocurrido es que estaba aumentando intensamente mi consumo diario de fibra, de micronutrientes y de fitonutrientes, y a la vez le estaba dando a mi estómago, de manera obligada, un periodo decente para la digestión de cada cosa.

Dejé de seguir los paradigmas de la Dieta Gracie respecto a la mezcla de alimentos, excepto los que sentía más importantes, pero seguí incorporando altas variedades de verduras, frutas y jugos. Empecé también a explorar los conceptos de ayuna, dándole descansos periódicos a mi organismo. Había días en los que sólo comía una comida sólida, rica en fibra y proteína, mientras el resto del día tomaba jugos de verduras y frutas. Todo se iba cada vez mejor, perfecto. No era la prohibición de mezclar lo que me ayudaba, sino la inclusión de alimentos nutritivos en la dieta. Me había pasado años sacando cosas de mi alimentación diaria, y lo que tenía que hacer era sumar nuevas fuentes nutritivas, llenas de lo que hoy reconozco como lo más relevante: fibra y variedad de micronutrientes. Nunca volví a tomar remedios.

Había ido a ver 5 doctores, me hice todos los exámenes que pidieron, y a ninguno le interesó saber sobre mi alimentación. A ninguno le pareció relevante saber que llevaba 3 décadas alimentándome pésimo, que no había fibra en mi dieta, que comía sólo una pequeño grupo de comidas, que mi foco estaba únicamente en los macronutrientes, nunca en los micro.


Ya han pasado 4 años desde que estoy 100% sano, al menos en lo que a síntomas se refiere. No hay diarrea en mi vida, nunca. Voy al baño como va un niño. Empecé a alimentarme de una manera y no la he dejado: me aseguro de comer distintas cosas, siempre persiguiendo los micronutrientes primero, los macronutrientes después. Al hacerlo, te aseguras de que haya suficiente fibra, vitaminas y minerales en tu vida. Lo otro es fácil: ¿vas a hacer deporte? Ponle arroz de acompañamiento al plato. ¿Quieres unos 70-80 grs de proteína al día? Ponle un scoop de whey al batido verde, come un pedazo de carne. Todo eso es simple, es fácil. El foco tiene que estar en lo otro, en los micronutrientes.


Cuando empezó mi enfermedad, mi aspecto era el mejor que he tenido en mi vida. Estaba joven, fuerte, me veía saludable, sin duda mucho más que ahora, 10 años después. Pero se me estaban pudriendo los intestinos. Por suerte mi enfermedad tenía síntomas así de explícitos, y no se mantenía silenciosa mientras yo creía que era inmortal. Es un error habitual creer que nuestro aspecto, especialmente cuando gozamos de la maravilla de la juventud, es directo sinónimo de nuestro estado de salud. Hemos creado un concepto de salud física basada en un paradigma de belleza. Llegar al resultado de un cuerpo musculado y magro puede lograrse por medio de un camino completamente reñido con la salud, y sin embargo pregonamos sus beneficios por doquier pensando que la prueba está en nuestro deltoide o en el six pack. No necesariamente. Nuestra absurda fijación por la proteína animal, por los snacks a toda hora en pos de lograr el físico que nos venden las revistas, nos puede hacer tanto daño como la comida rápida, especialmente si es que no le damos la base de micronutrientes que nuestro cuerpo necesita.


No aspiro a que lo que me funcionó a mí le sirva a otros que también sufren su propia pesadilla de colon irritable. Ojalá que sí, pero creo que la cantidad de variables que ocurren durante décadas son individuales, únicas, las que sumadas a nuestra genética, a nuestros niveles de stress y nuestra actividad física, son irrepetibles. Pero sí me convencí de que Hipócrates, el “padre” de la medicina que dicen practicar los doctores que visitamos, tenía razón al decir que debemos dejar que la comida sea nuestra medicina.

Aprendí que podemos obtener energía vital desde muchas partes, desde un McDonald’s tanto como de una manzana; nuestro cuerpo sabrá obtener las calorías necesarias para funcionar. La diferencia es que al obtener la energía desde la manzana no sólo funcionamos, sino que nos mejoramos, nos recuperamos del desgaste natural de nuestro organismo, nos enriquecemos, nos damos vida. La energía que obtenemos desde las papas fritas es útil, sí, pero va acompañada de un precio que siempre deberemos pagar.

Cada vez que vamos en busca de energía, podemos hacer una de dos posibles elecciones: sanarnos o enfermarnos. La energía va a estar en ambos casos, lo que varía es lo que trae consigo: premio o castigo.

La juventud del cuerpo oculta las enfermedades. La mala alimentación siempre nos enferma, a veces silenciosamente, otras de manera visible como fue mi caso. Mi organismo conjugó un sinnúmero de variables que la ciencia de nuestro tiempo no permite descifrar, y todo estaba sostenido sobre una carencia severa de nutrientes. A otros se les va a manifestar de otra manera, y quizás no tienen la suerte que tuve yo de tener un aviso tan evidente, y tan pronto.

Tiendo a creer que casi nunca es demasiado tarde, que el cuerpo tiene tantas ganas de estar sano que, si le damos las herramientas para trabajar, a cualquier edad, se las va a arreglar para solucionar el problema. Y esas herramientas son las que no aún no entendemos del todo, ni los doctores ni nosotros, y por eso las pasamos por alto.

Me atrevo a asegurarlo: en no más de 15 años, los micronutrientes van a ser los protagonistas de nuestro vínculo con la salud. Vamos a saber cuáles y cómo cada persona deberá incorporarlos a su dieta, según los requerimientos individuales y no los de un standard que lo único que hace es poner un paraguas que pretende protegeros de la insuficiencia severa. Y ni siquiera eso tomamos en cuenta, nosotros ni los que se supone que velan por nuestra salud. Pero confío en que la ciencia va a encontrar el camino, porque estoy permanentemente atento a los estudios que se hacen en esta área, y hay muchos que son tremendamente esperanzadores. Mientras ese momento llega, no tenemos otra opción que contratar un seguro: comer muchas frutas y verduras, esa es la única manera que conocemos para protegernos del deterioro acelerado y la enfermedad, que en alguna parte de nuestro cuerpo se incuba, esperando el momento de cobrarnos lo comido.