Alfredo el derruido

Alfredo había sido construido hacía apenas unas décadas. Por eso llamaba la atención la presencia de sus rajaduras desde el sótano hasta el último piso, las que se podían ver a simple vista desde la medianera exterior.

Su aspecto sólido, rígido, incorruptible, era una certeza para quien lo conocía o simplemente lo observaba desde afuera.

Las bases que le fueron dadas desde sus cimientos, sufrieron estrictos controles , supervisiones. Alfredo no tuvo chances de rebelarse, debió ser siempre fiel a cada indicación y directiva de sus señores constructores.

Con el paso de los años, recibió clavos, golpes, pero nunca pudo percibir la música y los perfumes que habitaban dentro de los departamentos. Sentía su interior vacío a pesar de que su capacidad estaba a tope, incluso con las cocheras todas alquiladas.

A Alfredo le gustaba enaltecerse, simular frente a los otros edificios, aclamar que era el más grande, haciendo alarde de su jardín exterior y su gran lobby, aunque en realidad su superficie total no distaba de la que tenían las construcciones lindantes. Los demás lo sabían, pero su ego era tan grande que siempre estaba buscando el punto débil del resto para sobresalir, y hacer sentir menos a sus pares.

Alfredo hacía demasiado esfuerzo por intentar aparentar y disimular sus falencias interiores. En poco tiempo, sus balcones fueron perdiendo color, empezaron a caerse los ladrillos de la fachada, y estando incluso en ese estado siguió maltratando a quienes lo rodeaban en su manzana. Esto último llamaba la atención de los seres que obligatoriamente estaban situados cercanos a él: No podían entender cómo a pesar de su deterioro podía seguir agrandando su autoestima, dando órdenes, lecciones de vida y buscando defectos a su alrededor.

Pero un día hubo un gran escape en las cañerías del sexto piso: El agua corrió en forma de cataratas por las escaleras de emergencia, los cimientos se ablandaron, la pintura se descascaró más rápido que nunca. El ascensor dejó de funcionar, los techos se llenaron de moho. El olor a podrido se hizo insostenible. Alfredo filtraba agua por todos lados. Sus constructores ya no estaban disponibles para él, y esto fue su principal golpe. Los bomberos vaciaron a Alfredo, los inquilinos se fueron rápidamente. Se lo llenó de vigas para intentar darle sostén y que no pase lo peor, pero fue inevitable: Alfredo se derrumbó. De golpe, en cuestión de días. Nadie alrededor podía creerlo. Lo lloraron poco, mucho menos de lo que a él le hubiera gustado.

En el barrio todavía algunos se acuerdan de Alfredo, aunque en general no se lo nombra. Su recuerdo trae un poco de angustia, pesadez. Nunca nadie se refiere a él en tono de alegría, o con una historia feliz, por eso mejor ni sacar el tema, y si sale a flote, cambiarlo rápido.

G.A

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