Joe Borg

Comerse la valija no iba a ser fácil. El problema de empezar por la manija era que primero había que desarmarla. No quería perder tiempo con la pinza cortando alambres. Los nervios le hacían temblar las manos, las gotas le caían por la frente, mejilla, mentón, hasta la remera roja donde ya se había formado un charco en el pecho. El pelo era un nido de pájaros mojado y a punto de venirse abajo después de una tormenta. Las arrugas de los ojos parecían marcársele más con cada tirón fuerte que le daba al cuero. La ventana estaba abierta de par en par, la cortina ondulaba pero no hacía más que traer viento caliente, casi quemante. Los bocinazos no paraban, la sirena estancada en el tráfico aturdiendo no parecía moverse ni un metro. Se sentó rápido en el piso, apoyó las manos en el mosaico, se paró, se limpió las manos en la remera, miró la valija, dio vueltas por la habitación observándola mientras se rascaba la cabeza, pensando. Con el cuchillo -zas! le dio al cuero, justo en el medio de la parte de arriba, el material flácido se movió, costaba cortarlo. — Sería mas fácil si estuviese llena, seguro— Tomó el diario de arriba de la mesa oxidada de chapa, hizo bollos a toda velocidad, y uno tras otro con las manos cada vez más negras y pegajosas los fue metiendo en la valija. Orgulloso de su accionar, comenzó a dar puñalada tras puñalada al elemento que alguna vez habrá acompañado a alguna familia en un comienzo de viaje lleno de esperanza, como suelen serlo. La sonrisa más bien mueca del costado derecho de su cara recibió la gota de sudor que llegaba resbalando desde la nariz. La recogió con la punta de la lengua mientras seguía usando el cuchillo sin parar. Cuando los trozos ya podían empezar a separarse, tirando con las dos manos fue sacando jirones marrones alargados y los fue poniendo sobre la única silla que había en el departamento.

Una vez que terminó de trozar completamente el objeto, ya totalmente exhausto, se volvió a sentar en el piso frío.

Simplemente no bastaba con haber dejado todo atrás, con haber cambiado de nombre, de ciudad, de acento, de color de pelo, de cara y con haber quemado toda su ropa. El último objeto que traía desde su pasado, tenía que tener un final triunfante, una muerte distinta, gloriosa, ser parte de él mismo para siempre. Comenzó a masticar, con fuerza, con la boca abierta, chorreando saliva como un perro, con lágrimas en los ojos, con las fosas nasales más abiertas que nunca, respirando ruidosamente, triturando y tragando con fuerza.

A los dos días, cuando llegó la policía, sólo encontró una manija en el mosaico, con retazos de cuero alrededor, y a su lado, un hombre de unos cincuenta y cinco años, tirado boca arriba, sin huellas digitales en las yemas de sus dedos, con vómito seco entre los dientes que acompañaban a su amplia sonrisa.

G.A

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