Cómo se hizo ‘Regreso a la Tierra’

Gris Tormenta
Nov 5 · 9 min read

Jacobo Zanella, coeditor en Gris Tormenta, narra cómo imaginó la antología Regreso a la Tierra y cuál fue el proceso de edición de mil horas de trabajo. El libro reúne memorias y reflexiones de nueve astronautas sobre la experiencia de su reencuentro con la Tierra: la anticipación del regreso, el viaje mismo o las reflexiones posteriores.

Berlín, Pink Floyd, la Guerra Fría y los viajes espaciales eran algunos de los temas que me obsesionaban en la década de los ochenta. Desconozco el origen de esos intereses, que no compartía con nadie. En esos años en el campo, eran una obsesión solitaria. Escuché en el radio o vi en la televisión los despegues, la explosión del Challenger, la caída del muro y el concierto conmemorativo con las letras de Roger Waters en Potsdamer Platz. Fue la época de adolescencia, de los primeros amigos y del acercamiento a un mundo más allá del círculo familiar: descubría, a través de la música y los medios, las emociones de un mundo interior que me era ajeno completamente, pero que a la vez me intrigaba y me colmaba de emoción, de querer estar ahí, en esos lugares imaginarios. Aquellas imágenes y atmósferas no se han diluido ni un poco en mi memoria; se han fijado de manera misteriosa como si fueran parte de mi geografía, de un lugar central que me encuentro revisitando con inquietud todo el tiempo.

Treinta años después, el espacio volvió a ser mediático: SpaceX, los astronautas en Instagram, la NASA, los viajes a Marte y el cincuenta aniversario del hombre en la Luna acercándose. Fue también cuando apareció Gris Tormenta. Y una de las primeras ideas fue hacer un libro sobre astronautas.

De manera natural comencé a interesarme de nuevo en los viajes espaciales, pero sobre todo en el momento en que los astronautas regresan a la Tierra después de haber vivido una temporada larga en el espacio. Entendía lo que decían en las primeras entrevistas, pero no lo comprendía del todo. ¿Cómo puedes imaginar que el peso de tu cuerpo se multiplique por cinco y no puedas moverte? Ese era uno de los efectos que la gravedad tenía sobre los astronautas al regresar. Scott Kelly hacía estas observaciones, por ejemplo: Todo es extrañamente pesado, demasiado pesado, los brazos, la cabeza, el reloj en mi muñeca. Extiendo el cuello con dificultad para respirar. Leroy Chiao: Cuando los rescatistas abrieron la cápsula, recuerdo que entró el olor del pasto lodoso y llenó toda la cabina. Era el mejor olor del mundo. Había regresado a casa. Clayton Anderson: Después del ambiente estéril del espacio, todo tiene un olor mucho más fuerte y nítido cuando regresas a la Tierra. Es increíble darse cuenta de lo agudos que se vuelven los sentidos. Douglas Wheelock: Lo primero que disfruté fue el simple olor de la «terrenalidad». Los aromas de los árboles y las hojas y el pasto y las flores no están presentes en la estación espacial. Cuando regresas a la Tierra son literalmente intoxicantes. Chris Hadfield: Muchos tienen problemas para acostumbrarse de nuevo al ruido de las multitudes y a la distracción causada por todo. Para mí fue muy pesado regresar al mundo. Pasan meses antes de que puedas volver a correr. Toma un año lograr que tu esqueleto regrese a la normalidad. Jerry Linenger: El color verde es simplemente un color precioso y relajante. Podía sentarme en el jardín solo a observar los árboles y el viento y ser plenamente feliz. Tim Peake: Estoy realmente eufórico. ¡Los olores de la Tierra son tan fuertes!

Leía frases como esas, dichas con sorpresa, sin ningún tipo de guión, y me parecía encontrar en ellas algo que se acercaba más a la poesía que al lenguaje del astronauta (ingeniero, militar, científico —o los tres). Y sabía, o sospechaba, que después de lo fisiológico estaban también los cambios psicológicos y sociales. (Después encontré, además, otra clase de distinciones, a veces menos obvias. Por ejemplo: los rusos —ateos— no tenían forma de colocar la experiencia en un contexto mayor, resultando en algunos casos en una crisis existencial, mientras que los estadounidenses —cristianos— podían tratar de explicarla en términos religiosos, como un despertar espiritual, que fue lo que les pasó a muchos.) Fue entonces, en algún momento de 2016 o 2017, cuando apareció la idea de hacer un libro con todo eso, pero ¿cómo íbamos a pasar de esas frases cortas y simples a una antología de doscientas páginas? ¿Cómo íbamos a pasar de la euforia oral a la forma extendida del libro?

Comencé a investigar. No existía ningún libro así. No encontré a nadie explorando ese concepto. Compré un par de autobiografías de astronautas, las más recientes, y las leí rastreando y marcando los pasajes sobre el regreso. Algunas cosas funcionaban, otras no. Pero pensé que sí, que si seguíamos buscando teníamos una posibilidad de llegar finalmente a construir un libro —aunque no sabía cuánto tiempo nos podría tomar. El proceso completo de una antología nos llevaba entre nueve y doce meses. Calculaba que la antología de los astronautas nos tomaría dos o tres veces más (aunque sabía que el precio del libro no podría elevarse).

La primera pregunta era: ¿hay material suficiente para hacer un proyecto así? ¿Cuántos astronautas han ido al espacio y escrito su autobiografía después? Y luego: ¿Cuántos escriben sobre el regreso a la Tierra —y, de ese material, ¿qué podríamos utilizar para una compilación? Las primeras preguntas se contestaron fácilmente en unas semanas: comenzamos a construir una bibliografía del tema y lucía muy bien. Casi seiscientos astronautas habían regresado a la Tierra, y muchos de ellos, al menos un diez por ciento, habían publicado un artículo o un libro sobre su experiencia en un idioma que pudiéramos leer. Lo que nos tomó casi un año fue localizarlos, conseguirlos, leerlos y seleccionar los fragmentos que podríamos usar. Formamos una extensa biblioteca de libros en papel y electrónicos. Al principio había imaginado un libro construido con decenas de extractos breves, de una página o dos, uno tras otro, pero la idea pronto se descartó por razones financieras. Al final pensamos que podíamos reunir extractos de doce o quince astronautas, pero para llegar a ellos teníamos que leer al menos el doble para poder seleccionar los mejores y proponer una línea de lectura que, además, no fuera repetitiva.

Teníamos el primer manuscrito del libro a finales de 2018, pero era muy ambicioso: los extractos seleccionados eran casi tres veces más de lo que podíamos publicar. Teníamos que eliminar algunos textos y reducir mucho los fragmentos. Eso nos tomó unos meses más. En las primeras semanas de 2019, el libro estaba «listo», y esperábamos publicarlo a tiempo para el cincuenta aniversario del hombre en la Luna. Había que traducirlo todo y escribir otros textos editoriales para construir una antología propiamente, pero la parte «difícil» ya estaba hecha. Nos faltaba también conseguir los permisos para publicar de nuevo esos textos —no lo sabíamos entonces, pero esa iba a ser la parte más rara y difícil del proceso: lo que en otras antologías nos había tomado algunas semanas, con los astronautas se extendió varios meses, con silencios larguísimos y misteriosos de por medio. Si no los conseguíamos, o si conseguíamos solo la mitad de los permisos, el libro no podría publicarse —tendríamos que iniciar de nuevo, buscando otros textos, o desistir de la idea por completo. Al final obtuvimos diez de los trece textos que buscábamos. Mientras eso sucedía, pasaron meses de angustia: pensaba que el libro podía desaparecer en cualquier momento. Ya estaba «terminado», pero podía no existir nunca.

Cuando recibimos el libro de la imprenta y abrimos las cajas para sacar algunos ejemplares, apareció en mi mente una pregunta extraña y totalmente inesperada: «¿Es un buen libro?». En ninguno de los libros que habíamos hecho había aparecido esta duda. ¿De dónde venía, así, repentina? Peor aún: ¿por qué no existió antes; por qué hasta ahora, cuando ya se había invertido tanto? Trato de encontrar una respuesta objetiva, pero creo que no es tan obvia, pues he tenido que argumentar para llegar a ella. No tenemos — ni tendremos pronto —la cultura espacial; las del libro son historias que no están en nuestra lengua ni en nuestra conciencia colectiva; nadie las ha leído antes ni las leerá en otro libro. Pensé, entonces, que Regreso a la Tierra se parece a un libro infantil, o a un libro de aventuras, o de viajes, en donde es el relato lo que despierta la curiosidad y la imaginación del lector. Es el relato —más, quizá, que otras cualidades literarias (como la técnica o el estilo)— lo que nos da la posibilidad de ver algo en la memoria que no tiene cabida, para nosotros, en el mundo real. No es fantasía, no es ciencia ficción, pero podría, tal vez, leerse así (son en realidad textos autobiográficos, aunque sabemos que los géneros dependen menos del contenido y más de la forma como son leídos). Es un libro que imaginé hace treinta años sin ser consciente. Todas las emociones de los despegues que vi en aquellos años existen hoy en este libro que reúne historias de aterrizajes y reencuentros, de emociones que solo seiscientas personas en la historia han sentido.

Los viajes al espacio tienen una estructura clásica en tres actos: una breve pero muy fuerte intensidad vertical al principio, luego un «horizonte» en el espacio y al final una violenta caída física —con rasgos metafísicos, algunos inexplicables. Los astronautas se preparan durante años o décadas para su misión fuera de la Tierra, pero no reciben ninguna preparación para el regreso. «Era más difícil aprender a ajustarse a la Tierra que al espacio», escribió el astronauta Al Worden, haciendo referencia a los primeros días después del retorno. No solo él: lo dicen casi todos cuando se encuentran de nuevo en la Tierra. (Esta visión autobiográfica, la visión que ellos tienen de sí mismos, reforzaba la idea de la voz que debía tener el libro: memorias, reflexiones y testimonios escritos desde un lugar al que normalmente no tenemos acceso; una especie de versión «no oficial» de los viajes espaciales.) El regreso, además, es el punto más crítico del astronauta, su momento más débil y vulnerable: hay una grave sensación de final y de tener que aceptar que las décadas de formación y preparación han terminado de repente. La antología muestra la cara más «sutil» de sus personalidades.

Leí miles de páginas de astronautas de todo el mundo, y las lecturas solían volverse demasiado intensas. Imaginé muchas veces la Luna, la Tierra, la oscuridad absoluta del espacio y las estrellas, con gran detenimiento. Llegaba a pensar que las emociones provocadas por mis lecturas —repetitivas, obsesivas, emocionales— eran lo más cercano a comprender —¡y a ver!— lo que ven y sienten los astronautas en sus naves espaciales. Durante meses, la lectura, y luego la traducción (pasé casi todos los textos al español mientras esperábamos los derechos) se hacían tan intensas que era como estar ahí, viéndolo y narrándolo yo mismo, no leyéndolo. O lo más próximo a eso. Esa cercanía y esos estímulos a la imaginación son lo que más recuerdo y lo que más satisfacciones trajo. Hacer una antología requiere distancia y objetividad y orden, pero Regreso a la Tierra no siempre tuvo eso; fue un proceso mucho más emocional —y creo que el libro es así.

Al mismo tiempo leía otros libros que sabía que no llegarían a la antología, pero que podían dar contexto a lo que estábamos haciendo. Desde los primeros registros de «vuelo» de los monjes medievales hasta las ficciones de Julio Verne; de la gran lectura que es Lo que hay que tener, de Tom Wolfe, a la posibilidad del viaje a tripulado a Marte, que propone Elon Musk.

La forma original (decenas de extractos breves) encontró su lugar en la antología como un anexo: ahí, casi al final del libro, colocamos los fragmentos que no llegaron al texto principal. Hay, pues, dos lecturas: la pausada, extensa, ordenada —en la que además hemos incluido el contexto de cada década y de cada astronauta—, que se prolonga unas ciento sesenta páginas, y la fragmentaria y veloz, que ocupa menos de diez, y que es totalmente aleatoria e inesperada.

Casi dos años y unas mil horas de trabajo nos llevó, a cinco personas, construir la antología, desde los procesos más generales hasta los detalles más minuciosos, casi microscópicos, que están por todo el libro.

Si pudiera entrar en una librería y encontrarme con Regreso a la Tierra, me parecería un hallazgo inusual, un libro hecho para mí, uno que había estado esperando desde hace mucho tiempo sin saberlo. El recuerdo de su lectura se quedaría conmigo indefinidamente, como esos libros de la niñez de los que no recuerdo mucho, excepto ciertos detalles y la emoción de poder leerlos, pero que me han acompañado en la memoria hasta hoy.

Regreso a la Tierra. Antología de memorias y reflexiones en la que nueve astronautas de cinco países y seis décadas narran la experiencia de su reencuentro con la Tierra al volver del espacio; la anticipación del regreso, el viaje mismo o las reflexiones posteriores: físicas, psicológicas y filosóficas. Puedes leer un adelanto del libro aquí.

Escriben: Neil Armstrong, Rodolfo Neri Vela, Anousheh Ansari, Scott Kelly, Chris Hadfield, Valentín Lébedev, Edgar Mitchell, Mike Mullane y Al Worden. Epílogo de Ross Andersen: entrevista a Elon Musk.

Gris Tormenta

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Gris Tormenta es un taller editorial que imagina, edita y publica libros que reflexionan sobre la cultura y el pensamiento contemporáneo.

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