El placer y la praxis de la lectura

El crítico y editor M. S. Yániz comparte su experiencia y relación con la lectura: un vaivén entre el goce y la utilidad.

Gris Tormenta
Nov 11 · 7 min read

En esta serie de entrevistas alrededor de la lectura, Gris Tormenta desea mostrar a un lector obsesionado con un puñado de libros; una obsesión que invite a otro lector a asomarse a una mente, a una manera ajena de leer, y acercarse a esos títulos que quizá desconozca o no ha leído todavía. ¿Cómo y por qué se desarrollan sentimientos por un libro en particular? ¿Qué provocaciones podemos encontrar en la exposición de esas emociones? ¿Podemos llegar al otro a través de sus lecturas?

¿Cuáles han sido tus lecturas más memorables, los libros que relees o podrías releer?

A veces creo que soy un mal lector de literatura. Siempre estoy regresando a Márgenes de la filosofía, de Derrida; hay una potencia oscura que no deja de llamarme. Además, me parece deslumbrante el juego que hicieron con las cajas de texto. Muchas veces voy a él buscando respuestas pero ha pasado que juego solo a ver. Algo parecido me pasa con la poesía completa de Néstor Perlongher. Los dos comparten un estilo barroco que me encanta. Pienso que si no es para desarrollar un trabajo teórico, no releo literatura.

¿Cómo sabes cuando estás frente a un texto inagotable; cómo se convierte en un clásico personal?

Aparece en un momento particular de mi vida. Creo que va ligado a cierta praxis y une un par de preocupaciones teóricas. No siempre es así pero en muchas ocasiones estos elementos coinciden.

¿Cuál es el último que has descubierto?

Dos: Simone, de Eduardo Lalo, y El libro de Aisha, de Sylvia Aguilar Zéleny. Ambos libros son novelas. La primera es de un puertorriqueño y narra la historia de amor entre un escritor y alguien que le deja mensajes en la ciudad, puras citas que a él lo interpelan. (Creo que para mí eso es un clásico, un texto que de pronto ves escrito para que uno lo lea.) La segunda es un híbrido de cartas, entrevistas, poemas, pequeñas narraciones y chismes en la búsqueda de Sylvia por explicarse la conversión de su hermana Aisha al islam. Es un libro muy delicado que me mostró una forma totalmente nueva y radical de producir un texto.

¿Cómo lees?

Mal, desordenado y mucho. Mi historia como lector ha estado marcada por la muerte. Tías, mamás de amigos, abuelos y conocidos que sabían del lector en mí me han regalado muchos libros al morir. Mi biblioteca personal comenzó con un par, y para el día siguiente había cien, luego quinientos, y así exponencialmente. Entonces mi neurosis por leerlos todos me llevó a empezar de muchos en muchos. Ahora leo por temas e intereses que decaen en ensayos e investigaciones para congresos, la escuela o mis propias escrituras. Pero cuando intento dar orden, leo una novela, un poemario y dos libros de ensayo que acabo casi semanalmente. Aunque para una investigación actual tengo otros quince libros a la mitad, al principio o al final. Subrayo, marco y tomo citas: es una lectura lenta que quiere ser escritura. Hace tiempo que desconozco la mera lectura placentera; pura teleología.

¿Qué género lees más?

Por amor leo ensayo. Aunque también siempre estoy leyendo una novela y un poemario porque necesito esos rebotes; puro leer ensayo termina por generarme cierta esterilidad intelectual —aunque los hay deslumbrantes, claro. Por eso necesito la temporalidad de la novela y la incognoscibilidad del poema. Jamás leo cuento, ahora que lo pienso.

¿Cómo es tu biblioteca, cómo está catalogada?

Hay dos partes. La primera es mi estudio y funciona —quisiera yo— como series teóricas. Están dispuestas a partir de ideas e investigaciones en curso o pasadas. Hay una sección de la transición del barroco novohispano al neobarroco cubano y luego al neobarroso argentino. Ahí están los libros de Bolívar Echeverría y Margarita Peña, Cobra de Severo Sarduy y Paradiso de Lezama Lima; siguiendo con Transplantinos. Muestra de poesía rioplatense, algunos argentinos más y ensayos de Eduardo Milán. Pero también hay una sección de teoría de los nacionalismos donde caben algunos alemanes y best sellers mexicanos, o la dedicada a la imagen en la que hay teoría norteamericana de los noventa, teoría alemana de los veinte y un libro de Cuauhtémoc Medina. Más que estar divididos por temas, el orden de los libros recorre procesos históricos. También hay una pequeña sección —pero de las más justas— que quiere ser una antología sobre la idea de caminar: seis libros que abarcan poesía, ensayo y novela.

Junto a esa biblioteca, que son tres libreros, hay una repisa de unos tres metros que sostiene cronológicamente la historia de la poesía mexicana: de la antología de poetas novohispanos que editó la UNAM hasta Silencio, de Clyo Mendoza.

En mi cuarto, junto a mi cama, está un librero con lo que yo creo es mi canon —o me gustaría que lo fuera. Cada uno tiene su propio espacio: Derrida, Benjamin, Piglia, Borges, distintas prosas políticas de argentina, teoría literaria norteamericana e inglesa, todo Elizondo, James Joyce, una variedad de poesía inglesa y mis catálogos favoritos de arte.

Un libro que te haya gustado mucho y muy pocos han leído

Sonetos, de Walter Benjamin. Es un libro raro e inconseguible. Había oído el rumor de que existía pero siempre supuse que era un mito, hasta que un día lo tuve en mis manos. Me gusta por la figura que fue el autor pero no tengo la distancia crítica necesaria para enunciar que es un buen libro.

Un libro raro de tu biblioteca que — sospechas — nadie más en la ciudad tiene

Pank y revolución. 7 interpretaciones de la realidad subterránea, de Shane Greene. Es una teoría e historia del punk en Perú. Estoy seguro que nadie lo tiene porque se imprimió hace un par de meses y lo distribuye un amigo; no ha vendido ninguno y los devolverá a su país —aunque existe la posibilidad de que un mexicano lo haya comprado allá y ahora lo esté leyendo en México. Otro es El sex appeal de lo inorgánico, de Mario Perniola, un tratado que parte de la idea de que ahora el problema del hombre ya no es diferenciarse de Dios o los animales sino de los objetos. Perniola es un italiano bastante reconocido pero poco leído y distribuido en México.

¿Cuáles libros has regalado o podrías regalar muchas veces?

Leyendo agujeros. Ensayos sobre (des)escritura, antiescritura y no escritura, de Luis Felipe Fabre. Me marcó. Es pionero en muchas cosas y creo que puede deslumbrar a quienes se los comparto. Hubo un tiempo en que estuvo a cinco o quince pesos. Creo que he regalado unos veinte, y, si todavía hubieran varios ejemplares, lo seguiría haciendo. Últimamente los libros de Alejandro Zambra me parecen un regalo amable y amoroso.

Tu editorial favorita

Esto es muy complejo, abierto y creo más en formar series y lugares de encuentro. Hay tantas editoriales pero ahora se me viene a la mente el trabajo de Tumbona Ediciones, me parece excelente porque lograron libros muy novedosos y una línea de pensamiento clara. No hay libro de Tumbona que si te lo narran pienses que puede ser de otra editorial. También soy un devoto de los libros de Taller Ditoria, su trabajo en tipos móviles es increíble. Cactus y Caja Negra me parece que realizan un trabajo ejemplar de traducción y distribución de los saberes. La lista podría seguir y seguir.

Tu libro más caro

Un tiro de dados jamás abolirá el azar, de Mallarmé, en la edición que hizo Taller Ditoria. La precisión con la que materializan los postulados del poeta francés me parece que vale toda la pena.

Un libro robado

Caminos de bosque, de Martin Heidegger.

¿Qué te ha dado la lectura o qué ha hecho posible?

La distancia crítica que, aunque necesita del diálogo, tiene un momento fundamental: la lectura. Uno desestabiliza los propios deseos y los ajenos a través de esa breve experiencia que es la lectura: un alejamiento de lo que se nos presenta como realidad dada. También me ha dado la posibilidad de mirar desde otros puntos de vista que no son el mío. En realidad la lectura, además que ser una forma de sobrevivir, me ha permitido alejarme de mí mismo y una serie de lugares dados. Tal vez por eso siento tan raro escribir en primera persona estas líneas que se hacen pasar por palabras mías.

Algo que no hayas leído todavía

Como he mencionado antes: que de un día para otro te caigan quinientos libros imposibilita leerlos todos. También suelo estar muy al tanto de las novedades editoriales, así que vivo excedido de lecturas. Creo que hay dos tipos de libros no leídos: aquellos que llegan a ti pero desde el principio sabes que no son para ti, no te interesan. De esos yo tengo los tomos completos de Hojas de cine, una historia política del cine latinoamericano. Los he hojeado, me gustan, pero jamás los voy a leer. El otro tipo de libros —el que más me gusta, del que Bolaño y Piglia hablan y que los japoneses llaman Tsundoku (el arte de acumular libros por placer)— son aquellos que se antojan, se tienen y se postergan por algún asunto vital, pero permanecen en el pensamiento como potencia. Por ejemplo: nunca he leído a César Aira. Tengo trece libros suyos, breves, bastante legibles como todo lo que hace, pero no los leo porque sé que querré leeros todos —Aira en agosto de 2018 llegó a su libro 102. Hacer ese viaje es de las cosas que más deseo pero debo resolver la vida, escribir y leer otros textos que necesito por distintos asuntos. Si tuviera que llevarme un libro a una isla desierta, creo que escogería las obras completas de César Aira, a ver qué pasa.

M. S. Yániz (Ciudad de México, 1994) es crítico y editor. Ha colaborado en medios digitales como Tierra Adentro, FILME, GASTV, FalsoRecord, entre otros. Fue coeditor de los Ensayos Completos de Tomás Segovia.

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