Introducción a escena desagradable
Una tarde cualquiera de principios del mes de septiembre de este año, era sábado, algo en la relación con un amigo se fractura. Se va haciendo más y más notable la diferencia en los modos de hacer cosas, en los hábitos, incluso en las drogas que se consumen, en los narcóticos, en la fiesta, en la risa, en los momentos de distensión, puesto que con los amigos no te ves sino en esos momentos, cuando no peleas, cuando no bregas, cuando tu respiración es tranquila. Se supone vaya, alguien, un individuo que podría llamarse Ramón, o 65, tiene que ser una mera suposición avanza decidido a ese encuentro con sus amigos, que le esperan en la plaza del dos de mayo, que, sobre las ocho de la tarde en septiembre, a principios, está preciosa y ofrece un bullicio delicioso. Carente, eso sí, de la violencia y el alcohol que va a tener pocas horas después, sobre las tres de la mañana — ahora increíblemente acogedora, sorda a cualquier deber.
Anochece en media hora, por lo que los puestitos, que parecen fingir un mercadillo, funcionan a todo motor, de los cuales 65 no había visto más que uno de cueros y pendientes regido por un jipi que considera mad max como lo real. Me lo imagino vestido con una camiseta con las mangas cortadas de color negro zaino y una especie de bermudas pero hechas en cuero y picudas en las rodillas, algo que se parecería un poco al vestuario de mowgli. La cuestión es que 65 todavía no divisa a 86 y 98, que seguramente se retrasen algo, y se fija en ese bullucio, centra su atención en él y recibe una grata sorpresa: mira su entorno con interés no con angustia. Piensa, poco a poco, primero, en el mercado que tiene como imagen en la mente, luego piensa en lo olores, luego mira a dos hombres altos que caminan rápido y cree conocerlos como chicos de filosofía, muy atrevidos pero muy ignorantes, piensa también.
Se distrae con una adolescente que le mira de vez en cuando mientras se fuma un cigarrillo de liar tras otro. Recuerda entonces cómo la pareja de lesbianas del metro que se le pusieron delante durante media linea seis (Opañel-M. Becerra) apenas podían darse un abrazo con comodidad, o cogerse las manos, siendo tan grande la presión que parecían tener que terminaron de morros y separadas la una de la otra por, ni más ni menos, la inmensidad de una pantalla de iPhone. Y queda en 65 la visión de este camino como plasmado en una retina, particular, que no está en el ojo, sino que está en él mismo, como individuo único y distinto a todo lo demás, en él queda algo tan mundano, tan infantil, como una orden: no te dejes llevar por inmensidades. Y vuelta a la mera descripción 65 se ve irremisiblemente llamado por uno de los puestos que está lleno de libros de segunda mano de bibliotecas guardadas decentemente con las que 65 está empapelando su casa. Deja un libro de Musil que le deja de interesar por la idea que lee en la solapa de que está a punto de leer un libro de iniciación, — por los grandes autores hay que empezar por sus grandes libros, piensa, pero compra El inmoralista de Guide y Las ataduras de Martín Gaite.
