Diseño colaborativo, un proceso en dos etapas

Diego Fontdevila

El diseño es un proceso creativo que consiste en generar alternativas y luego elegir una de ellas, plasmando esa decisión de alguna manera (esquema, diagrama, dibujo, código, texto, etc.). Esas alternativas surgen tanto a partir de las restricciones (entre ellas los requerimientos) como de la historia personal de los involucrados, la suma de sus experiencias.

Durante la primera etapa los participantes re-conciben sus ideas a la luz de las ideas de los demás (Lee Devin acuñó el término en su libro Artful Making), creando así nuevas ideas que son potencialmente mucho más interesantes que las originales.

En la segunda etapa, el equipo elige las mejores entre ellas y confirman la elección.

Un aspecto interesante de este proceso es que además de producir mejores ideas, permite aprovechar el aporte de todos al máximo, no sólo por lo que vale en sí mismo si no por lo que puede despertar en los demás. De alguna manera, esto resuena con el ideal budista de “mente de principiante”, es decir, ser capaz de mirar el mundo con la perspectiva de otro, que sabe menos pero está por eso fresco y sorprendido por las cosas que nos parecen obvias (y por lo tanto no pensamos en desafiar). Un requisito fundamental para este tipo de proceso es que las personas estén dispuestas a “soltar” sus ideas y cambiarlas (este es uno de los aspectos del release, o desapego, otra característica budista 🙂).

En otro sentido muy cercano a la agilidad, en el diseño colaborativo la decisión de qué idea seleccionar no es tomada por una jerarquía (el arquitecto o grupo de arquitectura), sino que es tomada en forma conjunta. En otro post hablaremos de las dinámicas que existen para llevar adelante la toma de decisiones.

Es muy importante diferenciar las dos etapas, la divergente y la convergente, y los modos apropiados a cada una. En la primera el modo es abierto y permisivo, no criticamos ni buscamos menoscabar las ideas, sólo hacerlas crecer y desarrollarse. En la segunda etapa, sí es importante cerrar, descartar ideas inviables, discutir las consecuencias detalladas de cada una, y tomar una decisión. Me ha ocurrido en varias conversaciones en los últimos años que el proceso no le queda claro o le “hace ruido” a la gente cuando se los describo, porque me enfoco estrictamente en la primera etapa (divergente). Mi propio enamoramiento (apego) con la etapa divergente me ha hecho olvidar el foco en la segunda, darlo por descontado, lo que es un error y muchas veces me ha llevado a discutir con mis interlocutores que (con razón) no entienden cómo puede ser efectivo un proceso así. En algún caso, me han dicho cosas como “Pero si el otro está equivocado, no podemos dejar de decírselo”. Claro, eso tiene sentido cuando estamos convergiendo en la decisión, pero no ayuda cuando estamos creando alternativas.

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