Cada que reflexiono acerca de la muerte, no puedo evitar regresar en el tiempo a aquella vez en que me sedaron hasta quedar inconsciente cuando me fracturé el antebrazo; creo que tenía doce años.
Te haré una inquietante prueba: Intenta pensar en todo el tiempo que ha pasado antes de que nacieras. Pero piénsalo en serio, no solo el siglo pasado que vivieron tus padres y tus abuelos. Ve más atrás, más atrás de los colonos y la Edad Media, antes de las primeras civilizaciones, antes de los dinosaurios, muchísimo antes de los seres vivientes más primitivos. Ya ahí vamos un centenar de millones de años, pero piensa aun más, en la condensación de este planeta, los millones de años que le llevó a ello, más atrás, en la formación de nuestro sol desde gases cósmicos, en la conformación de nuestra querida Vía Láctea, en los millares de siglos que toma crear este montón infinito y abominable de galaxias. Piensa en ese impensable instante en que el tiempo inició su marcha, hace un poco más de 14'000'000.000 años.
Al cerebro se le hace difícil digerir “catorce mil millones de años” porque ciertamente no tenemos catorce mil millones de algo como para hacer una referencia y poder medir. Pero es apenas una eternidad, déjame decirte.
Lo escalofriante, es que has pasado catorce mil millones de años muerto. Te perdiste la batalla de Independencia, la primera transmisión por televisión, el impacto del cometa que mató a los dinosaurios, algunas eras de hielo, la Revolución Francesa, la construcción del gran coliseo romano, el nacimiento de un pequeño triceratops, la muerte del último megalodón, la supernova de la que vinieron los gases estelares de la que estamos hechos este sistema solar y nosotros. Nos perdimos mucho tiempo.
Lo que vivimos es un parpadeo insignificante de tiempo. Al tiempo ni le importamos, tal vez ni ha notado nuestra presencia. Tantos espectáculos de la existencia que nunca tuvieron ojos testigos, porque todo puede ser pero es inanimado e inconsciente. Millones de años donde pasó de todo y no había nadie que lo grabara. La muerte es aguafiestas.
Te perdiste muchas cosas en estos catorce mil millones de años, porque no existías. Es más profundo que soñar y no recordar qué soñaste. Sea lo que sea, no está en tu memoria, porque todo lo que eres está almacenado en ella. No reencarnaciones, no resurecciones. No tiene sentido tener una vida previa de la cual no hay la más mínima pista que hubo.
Así que, mis amigos, ya estuvieron muertos, hasta que fueron concebidos y sus cerebros empezaron a llenarse de emociones e información, empezaron a vivir. Y volverán a morir. Al parecer es ley de la vida. Así es este Universo que nos tocó.
Aquella vez que me pusieron anestesia general cuando tuve ese accidente de fútbol, mi último recuerdo fue el doctor mirándome y preguntando si me sentía bien. Creo que alcancé a decirle que me sentía que me iba a desmayar. Un instante después estaba con mi brazo derecho enyesado y con pensamientos muy confusos. Para mi fue un segundo, pero el reporte indica que pasé tres horas sedado.
Tres horas que no volverán a mi. Tres horas de puro negro. Tres horas sin recuerdos, ni conciencia, ni nada. Para mi fue un segundo, algo así como lo que nos parece que ha sido el tiempo que ha pasado en estos últimos catorce mil millones de años.
Desde ahí, tengo una vaga idea de lo que ha de ser la muerte. Está bien puesto el término “dejó de existir”.
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