La vida es soplar deseos y entregarlos al universo

Los famosos llamados “panaderos”, esa planta tan recordada de la infancia. Cuando encontraba uno, lo arrancaba, y sentía esa fascinación por pedir un deseo, soplarlo, y ver cómo con el viento, esas frágiles ramificaciones blancas, con sus semillas, se iban esfumando y desapareciendo en el aire.

En esos días, donde ya desde el segundo que comenzó, se siente raro, extraño, ni bueno ni malo, extraño y distinto. Con sensaciones y emociones encontradas, luego de un sueño con infinidad de significaciones, muchos pensamientos, análisis, idas y vueltas para atrás y para adelante, emociones, muchas emociones.

La tarde remonta contra todo pronóstico de vientos y lluvia. Los pensamientos, sentimientos, emociones se acomodan, se reordenan para dar significación al inconsciente. Ese inconsciente que habla más que la mente, que la racionalidad, y da lugar a la manifestación de esos sentimientos, aprendizajes ya vividos pero por algo, por alguna razón, reaparecen.

Nada mejor que cerrar el día con un buen balance, un lindo encuentro, algunas lágrimas, esas lágrimas de emoción del alma, un abrazo inmenso y fuertísimo, una enseñanza y un mensaje que viene desde el cielo.

Y, un tren que nunca termina, un camino abierto, un viaje solo de ida, para transitar, vivir, disfrutar ese camino tan incierto, tan lindo, tan impredecible, tan sorprendente, que es la vida.

Chin chin por este regalo de la vida, por pedir deseos y entregarlos al universo, por aprender y re-aprender aún más, por descubrir nuevos horizontes, por conocernos más espiritualmente, y por seguir jugando y soplando deseos como cuando éramos chicos.

¡Gracias!