“Live fast, ride faster”: cegado por el corazón en llamas de los Amish

Ok, esto es lo que sabía de los Amish antes de ir al condado de Lancaster hace una semana: viven como en el s. XIX; barba sí, bigote no; van en buggies de caballos muy graciosos; Harrison Ford y Kelly McGillis bailando en un granero a la luz del quinqué. Y esto es lo que he aprendido después de pasar 24 horas en el condado de Lancaster y convertirme en un experto en sociología Amish:

El condado: los Amish no viven en una reserva only-Amish al estilo The Village dentro de cuyos muros se vive solo según la palabra de Gott. El condado de Lancaster es un ovillo de carreteras secundarias bien asfaltadas con granjas y maizales a los lados, y en cuyos cruces surgen pueblitos suburbanos tipo las Chicas Gilmore. Conviven Amish, Menonitas (muy similares pero más modernos: pueden tener coche, usan tractores en el campo, y lo más importante, no se dejan barba al casarse) y en los pueblitos hay normies. En el mercado central de Lancaster se mezclan los puestos de comida portorriqueña con las charcuterías alemanas Amish. En lo más hondo del condado, 9 de cada 10 granjas pertenecen a Amish, pero esta proporción se diluye conforme te alejas hacia los bordes.

En cada cruce un museo del bacon

El paisaje es muy verde y muy bonito, mucho más de lo que se aprecia en las fotos. El campo te arroja fertilidad a la cara. Las granjas son modernas pero tienen algo (las casas de madera, los graneros abiertos) que las hacen más entrañables que una explotación ganadera de Lucena. Eso o la sugestión.

Nuestros anfitriones: Ben es un carnicero jubilado que se define como “a people’s man” (=“lo que más me gusta en esta vida es darle al palique”) y ha montado un bed & breakfast en su casa para tener un suministro inagotable de gente con la que hablar. Es bajito, está un poco torcido y parece sacado de un cuento de duendes. Se mueve estilo “hombre de campo”: el cuerpo como herramienta, economía de movimientos, mucho más fuerte de lo que aparenta. En cuanto se montó en el coche empezó a hablar y ya no paró: en esa granja viven unos Amish, en esa también, en esa viven unos menonitas que son como nosotros pero más modernos porque usan tractores, nos llevamos muy bien, no, nos podemos casar con ellos, en esa granja viven unos Amish. Así tres horas, y nosotros felices.

Aquí Ben encantado de enseñarnos vacas; los Amish no tienen prohibido salir en fotos pero sí posar

Su mujer se llama Emma, ama de casa y costurera. Pesaba como un soplo y se movía descalza por la casa como un gato. Un gato con cofia. Hablaba inglés con acentazo dutch (el inglés no es el primer idioma de los Amish, Ben presume de entender el alto germánico que usan en misa) y podrías pensar que tiene toda la cara de ir a quemarte mientras duermes por papista hasta que te pone un plato de albóndigas delante; entonces te das cuenta de que es una mujer dulcísima y algo tímida y que esas brujas algo habrían hecho.

La comunidad. El principal evento comunitario es la misa del domingo, que cada semana se hace en una casa diferente para ir rotándose el marrón. Se reúnen las 20–30 familias que forman el asentamiento, con los buggies aparcados en la puerta, y después dejan que los adolescentes se queden ronando con los buggies de ponys. También se reúnen para construir graneros en 24 horas y tal, pero hasta ahí llega el socialismo: las granjas son empresas cuyos empleados están unidos por lazos de sangre, y cada familia es responsable de sí misma. El libro de instrucciones es la Biblia, no El Capital. No son un kibbutz ni la Comuna Libertaria Buenaventura Durruti. Una pena.

Aparcando en el arcén en triple fila: ¡son como nosotros!

No todos son granjeros. La idea es ser una comunidad autosuficiente y necesitarse unos a otros. Ben era carnicero, hay uno que monta los enormes silos para el grano (de metal y aspecto totalmente moderno), otros hacen zapatos, otros fabrican los carritos… También hay curanderos, pero si se ponen muy enfermos van al hospital; de todos modos presumen de que enferman muy poco por el estilo de vida tan sano que llevan. Ben nos preguntaba si en España había tanto fanegas como en América, era bastante gordófobo.

La tecnología: el Tema. Antes de llegar imaginaba que dormiríamos en una Casa Museo de la Quema de Brujas llena de atizadores de hierro fundido y muñecos de paja con ojos demasiado reales. Al llegar me sentí un poco aliviado/decepcionado cuando vi que era una casa de campo absolutamente normal pero sin tele. Ni siquiera estaba el quinqué de Harrison: las habitaciones y el baño tienen lámparas a pilas colgadas, y por la noche usan linternas LED que servirían para hacer espeleología. A pesar de esto, no paran de presumir de que no necesitan electricidad. Imagino que el consejo de ancianos Amish, después del enésimo incendio provocado por un quinqué, llegó a la conclusión de que Jesucristo preferiría bombillas LED a viejos rodando escaleras abajo envueltos en llamas. La idea general viene a ser pragmatismo, sí; comodidad, no.

Por ejemplo, cuando Ben nos llevó a una granja Amish, nos quedamos un poco rotos al ver que la familia propietaria ordeñaba sus 50 vacas con ordeñadoras automáticas. “Sí, usamos motores, pero van a gas, no son eléctricos”. La justificación es la autosuficiencia: si viene un huracán como el de Puerto Rico (Ben estaba perfectamente informado sobre la actualidad, recibe el periódico todos los días) no les afectará porque no dependen de la red eléctrica. Uno podría plantearse si saben de dónde sale el gas, pero creo que ya vais cogiendo la idea.

Unas vacas obviamente Amish

El mejor ejemplo del Espíritu de la Ley Amish lo vi cuando Ben nos enseñó unos patinetes que usan para moverse en trayectos cortos , “se va a toda hostia, mucho mejor que andar”. ¿Por qué patinetes sí pero bicicletas no? “Las bicicletas son demasiado modernas, son más rápidas que los caballos. Si las usáramos dejaríamos de usar caballos. Y queremos seguir usando caballos.

Normal.

Ahí lo llevas. Las leyes Amish están hechas para preservar el estilo de vida que quieren llevar, y las innovaciones tecnológicas son bienvenidas siempre que no afecten a ese estilo de vida. Una idea poderosa que me apunto para mi cruzada anti tecnología. A partir de ahí, todo tipo de piruetas lógicas de lo más divertidas:

  • La música está prohibida pero no las armónicas; me imagino que Joseph “el Armónicas” Franken fue tajante en ese aspecto y no hubo huevos.
  • Se puede tener teléfono pero no dentro de la casa (Ben le ha construido una caseta en el jardín al suyo, y solo usa el contestador automático; con peores lifehacks hay guruses de desintoxicación tecnológica forrándose).
  • Pueden usar medios de transporte modernos pero no conducirlos. Y Ben, al que le encanta viajar, aprovecha ese resquicio a tope. Sospechamos que nos dio un rodeo de varias millas por el condado solo para alargar el rato en el coche; cuando va a Philadelphia le encanta montarse en el Metro con su carné de jubilado y pegarse trayectos de ida y vuelta; y a veces se acerca al aeropuerto solo para ver despegar y aterrizar los aviones. Eso sí que lo tienen totalmente prohibido, pero espera viajar en barco a Europa en unos años.

En resumen, una oportunidad única de poder ver de cerca cómo es la vida en una sociedad rural basada en el fundamentalismo religioso y la tecnología arcaica.

Ale, ciao.
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