La falacia del Facebook

Era Junio 2016. Yo no hacía más que ir al trabajo y volver a casa a dar vueltas como un loco preguntándome lo mismo de siempre; sin llegar a ninguna conclusión. Cuando vi un poco de relax en la carga de trabajo me cogí una semana con la idea de estar en casa y solucionar algunos papeles.


Pero no tenía fuerza para papeleo, y empezaba a salir el sol tras meses de oscuridad. Necesitaba salir. Necesitaba escapar.

En Berlin no hay montañas. Y las echaba de menos. Decidí coger el perro y el coche e irme a los Alpes.

No tenía destino fijo. Iba a ver montañas. Llevaba tienda de campaña y la idea de dormir en el primer camping que me apeteciese. Me pase parte del viaje yendo a toda velocidad con las ventanillas abiertas por el Autobahn mientras gritaba y tenía ganas de llorar a la vez.

Dormí en Alemania, Austria e Italia. En Italia me quedé un par de días en un camping. En ese camping la gente me saludaba por las mañanas aunque no me conociese. ¿Sería casualidad o que realmente me había alemanizado? ¿Por qué un desconocido me daba los buenos días?

Viajar con mi ex se había convertido en un infierno. Hacerlo con el perro, imposible. Me alegraba ver que lo podía hacer, pero la obsesión por entender el comportamiento de mi ex, o lo que me estaba pasando; me obligaba a recluirme en la tienda de campaña.

Había algunos momentos de relax y en esos momentos, subía alguna foto a Facebook:

Lago Di Ledro, Trento, Italia

La gente me comentaba la suerte que tenía por estar ahí. Lo bonito que eran esos sitios. La envidia que les creaba. Que viaje más chulo. Que manera tan divertida de viajar.

Nada más lejos de la realidad. Yo veía todo esto y no podía disfrutar. Solo quería entender que demonios había pasado. — ¿Qué tendría que esconder mi ex para dejarme de hablar? —

Cada sitio que acampaba me pasaba el día encerrado en la tienda, y lo que más recuerdo del viaje es esto:

Cuatro lonas de plástico rodeándome. Unas cervezas y el diario donde me ayudaba a ver que estaba totalmente estancado. Un diario que me probaba una vez más que llevaba meses dándole vueltas a las mismas preguntas. Y nuevas. ¿Por qué no me quiere ayudar? ¿Qué hice mal?

Mientras yo estaba sufriendo como nunca antes en mi vida, el resto del mundo veía un Guillermo que estaba de viaje y disfrutando. Yo comiéndome mi propias paranoias, con la única compañía del perro y llenándome de “likes”.

Desde entonces, nunca más tuve envidia de ver otras fotos en Facebook. No me salía el pensar que una persona fuese feliz por estar sonriendo en una foto, o por estar de vacaciones en un sitio chulo. Veía fotos, y eran solo eso: fotos. Ya no me decían nada de la persona. No me generaban ni envidia, ni alegría, ni tristeza. El resto del mundo podía estar en la misma situación en la que yo estaba.

Recordé que mucha gente pensaba que la que cocinaba era mi ex, por que cada vez que lo hacía, subía fotos a Facebook. Todo mentira.

Facebook es una muy buena herramienta que a día de hoy muchos no hemos aprendido a saber usar de manera sana. Lejos de conectarnos nos alejó de las amistades. En vez de llamar a un amigo y hablar una hora, me pasaba una hora cotilleando el Facebook y viendo la vida de los demás y lo feliz que eran. Compraba mi vida con la de los demás, en vez de aceptar la vida tal cual es. Caía en la trampa de no valorar mi vida, de entrar en la competición por la felicidad. Intentaba mostrar la persona que quería ser, y no la que realmente era, sin darme cuenta de lo poco honesto que estaba siendo conmigo mismo, de lo poco que me aceptaba, y de la necesidad de aceptación que tenía en esos momentos. Quería ser el más feliz, el máximo tiempo posible.

Desde entonces. Facebook se convirtió en una herramienta para estar en contacto con gente. Ya no tenía ningún valor emocional.