Capote

Conozco a Truman Capote desde que tenía apenas siete u ocho años. En mi casa siempre hemos conservado, sea en VHS o DVD, una copia de la película Murder by death de Peter Sellers en la que Capote sale como antagonista principal de la trama. La película, que juega a lo indecible entre el humor y el suspense absurdos, la veíamos con relativa frecuencia y, más allá de cualquier cultismo falso, le digo, desde la primera vez que leí los créditos me gustaron los nombres de algunos actores: James Coco, Peter Sellers, Peter Falk, Alec Guinness y, por supuesto, Truman Capote. Es una pequeña fijación infantil; simplemente me gustaban los nombres. Obviamente, con tan escasa edad, no podía imaginar quiénes eran y ni la historia y andanzas de tan conocidos personajes. Conforme pasó el tiempo, no solo amplié la lista de películas de Sellers que admiraba, sino que vi en Colombo a aquel ronco, mal encarado Sam Diamond que era Peter Falk, a David Niven, siempre elegante, en otras películas de Blake Edwards y, siendo este el descubrimiento mayúsculo, la obra de Truman Capote.
Siendo un adolescente (aunque siempre he sido reticente a usar esa palabra pues, siendo franco, adolecer adolecí poco), leí en e-book A sangre fría con inmensa curiosidad. Lo cierto es que no lo acabé y no sería hasta hace cuatro años cuando me decidí a comprar In cold blood, versión original en inglés del texto. Del autor conocía a grandes rasgos su biografía pues el suyo es uno de los artículo de Wikipedia que con mayor frecuencia había visitado; un personaje con recovecos, atisbos de grandeza pero personalidad débil, el manierismo del personaje y el mito. Nunca le había dejado de lado, casi de forma persecutoria, pero no fue hasta entonces cuando leí verdaderamente una obra suya completa en edición original; sí había ojeado algunos artículos en el The New Yorker de la época.
A sangre fría (1965) me impresionó sobremanera. Su lectura, que me fue ardua en tanto que a ratos me costaba seguir el juego de palabras y quiebros del lenguaje, me llevó un par de semanas y el final se precipitó como un real que rara vez había presenciado. La cercanía con la que viví los pensamientos y quehaceres de Perry Smith y ‘Dick’ Hickock y el estruendo en la villa de Holcomb, Kansas, me estremeció, pues no soy lector hecho a empatizar con el autor ni los personajes, y creo que por eso casi únicamente leo ensayo. Tras cerrarlo, elevé aun más a Capote; al mes leí Breakfast at Tiffany´s con el mismo interés.
Capote anduvo casi un lustro investigando el caso de los Clutter y prácticamente perdió el juicio a causa de ello. Entrevistó a Perry, con el que intimó una relación fronteriza entre la cercanía sentimental y la objetividad, paseó por la villa junto a Harper Lee, que lo acompañó aquellos cuatro largos años, y como omnisciente orador narró una novela que, pese a los detractores más culturetillas y demás maestros de escuela de las redes sociales, está en un pedestal de la narrativa de no-ficción.
Hoy hace treinta y dos años que murió Truman Capote y, según he leído en prensa, sus cenizas están a subasta. Con estupor he pensado en qué coño haría yo con Capote en mi habitación y cómo coño pueden ser más baratos sus restos que un ejemplar firmado de alguno de sus libros. Lo cierto es que hoy he vuelto a coger sus libros y tal relación imaginaria que parezco tener con él no ha decaído en absoluto. En una entrevista escuché a Sánchez Dragó hablar de que frente a la estereotipada pregunta tipo ‘¿qué libro o autor ha cambiado tu vida?’ en demasiadas ocasiones levitamos en conocimiento y recitamos todos los diálogos de Platón como respuesta, y nada más lejos, responde Dragó, ‘cera virgen’: los autores, libros y personajes que descubres de pequeño. Desde que vi por vez primera a Capote en aquel desternillante sindiós de Sellers hasta que leí un libro suyo pudo pasar una década, pero nunca me lo saqué del zapato, como una llamada a acercarme a su obra, y a día de hoy sigo sin hacerlo.