Me he topado con una cita, en mi opinión tan magistral como envenenada de retranca, del emperador Juliano.

Juliano el Apóstata, Augusto solo de Roma del 361 al 363 d.C., fue un hombre culto, lector de filosofía (muy influido por un platonismo que le llevó a rechazar cualquier trinitarismo) y víctima de pérdidas familiares a manos de cristianos. Cuando anduvo por Antioquía — ciudad donde se sembró el adjetivo «cristiano» como aquellos que siguen a Cristo — , Juliano montó en cólera al ver que el templo de Apolo y Dafne había sido transformado en un mausoleo para Babilas, que previamente había desmantelado ese lugar sagrado. El Apóstata no quería marchar del lugar sin haber antes repuesto tales pilares a dos de las divinidades paganas más importantes del Olimpo. Mientras se producía tal reconstrucción, el solar sufrió un incendio que indefectiblemente arruinó la empresa deseada por el emperador; las llamas, según el cuchicheo popular, no fueron sino la ira del obispo Babilas por injuriar su descanso. Frente a tal ofensa al Imperio, Juliano el Apóstata ordenó expropiaciones de bienes eclesiásticos, incluidos objetos preciados de la catedral, hasta sanar la herida que aquella ofensa produjo al Estado; envió, además, una epístola que reza así:

«La ley de los galileos promete el reino de los cielos al pobre, y con una ayuda tan providencial como la mía — que les aligera de posesiones temporales — avanzarán más deprisa por la senda de la virtud y la salvación.

Pero si los desórdenes llamados milagros continuasen tendrán motivo para temer no solo la requisa y el destierro, sino el fuego y el acero»