La buena crianza

Desde pequeño, se me ha enseñado de una manera grotesca a demostrar mi masculinidad sin saber en ese entonces que no era necesario puesto que ya había nacido con ella. Siempre existió la exigencia de la familia por formar a una persona varonil, sin ademanes ni gustos considerados femeninos. Una simple expresión ante el dolor, un simple “ay” con una voz débil y aguda hacía enfurecer a las personas que vivían conmigo llevándome a la corrección de la acción previa a manera de burla, inclusive ¡de mi propia madre!; todo esto con el fin de que no lo volviera a hacer porque primero muerto antes que puto (Tan frágil la hombría que se puede romper con tan poco¿no?). Se me ha obligado a cambiar diversos tratos y gustos por los mismo. Varias lecturas y experiencias después, me doy cuenta del porqué la necedad de formar el prototipo de varón ideal.

Son evidentes los privilegios que tiene un hombre en la sociedad, una sociedad fundada y regida por él mismo, ante esto, una familia solo busca la protección y “lo mejor” para sus hijos porque no hay nada mejor que ser un machito ante los ojos de la comunidad, ya que seguimos viviendo en el siglo pasado. Es claro el papel que juegan los medios de comunicación y de entretenimiento disfrazando al machismo equiparándolo y haciéndolo pasar como la masculinidad en sí, “¿Los medios de comunicación imponiendo ideologías y falsos conceptos? ¿Aquí? ¿En México? Oye amigo no lo sé”

En un mundo, en un país donde la población ha crecido con tales pensamientos y costumbres, lo ideal es resistir y tratar de desaprender actitudes reprobables a manera de una verdadera equidad en armonía desaprobando cada actitud machista que se nos presenta, cambiando así nuestra manera de pensar y expresarnos ante el mundo.