Seis de la mañana

Echando de menos la manera de despertarte provocando el ladrido de los perros de tu calle, recibiéndome en pijama con una sonrisa sincera somnolienta y un abrazo susurrante me decía que el trayecto de dos horas había valido la pena. El llanto sin cesar de tu perrita, noticias breves de nuestra cotidianidad y a dormir a tu lado sin dormir, mientras en diagonal lo hacías con mi cuerpo casi siempre estando al borde de la caída, una incomodidad a gusta sin queja alguna erradicaba mis problemas pensando que no había otro lugar en el mundo en el que pudiera sentirme más feliz.

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