Recomendación: Escuchar Melancholy aftersounds, mientras, antes o después de que se lee.
Aliza Razell

Pandora Moderna

Cuenta la mitología griega que la creación de Pandora fue un castigo para los hombres. Enviada al mundo de los mortales por Zeus, con el fin desatar todos los males de los que nos habíamos librado hasta ese momento. Pero los más doloroso, nos iba a encantar.

Hoy el mito parecer estar apegado a mi realidad, pues viviendo en seducción es como han pasado mis años. Las mujeres son penas por las que estamos dispuestos a morir, y el camposanto ya espera por mí.

De todas ellas, una mujer en especial fue quien me quitó la paz. Esa calma que sentía siendo niño, cuando todavía la entrepierna no era una extensión más de mi cerebro.

Era aquella flaca de pelo alborotado, ojos de esmeralda y piel blanca, tan blanca como el color de su extraña sonrisa.

Desde que la conocí, todas las madrugadas me encontré solo en mi habitación teniendo falsas conversaciones con ella. Un ardid que me imponía conscientemente, pues el dolor llegaba justo cuando lograba entrar en un sueño profundo, dejándome impune.

Recuerdo haberla visto por primera vez en una gira académica por varios museos en el centro de la capital. Fuimos a estudiar una exposición de arte surrealista.

Diez coloridos lienzos con poderosos significados y extrema delicadeza colgaban de la pared, pero la belleza de la creación yo la apreciaba en otra parte. Era como si se tratase de una pieza más, pero con aroma, sensualidad y voz.

No me atreví a hablarle ese día. Me conformé con verla caminar por los pasillos del museo, haciendo pequeños apuntes con su lapicero de tinta roja y riendo con los demás compañeros.

Pasaron tres semanas para volver a verla en clase. Me enteré que su pequeña hermana se encontraba enferma y ella debía cuidarla, pues sus padres salían desde temprano a trabajar.


Siempre se sentaba en la primera fila del salón, y solía llevar consigo solamente un cuaderno y su lapicero de tinta roja. No le quitaba los ojos de encima al papel y parecía escribir cada palabra que el profesor decía.

El día que volvió sentí un pequeño tirón en mi pecho. Esos de medio segundo que estremecen el cuerpo, humedecen los ojos y detienen el tiempo.

En mi cabeza se formularon cientos de preguntas, oraciones y un sinfin de palabras sin sentido que pensé en decirle para que supiera lo bien que me hacía volver a verla.

De nuevo me conformé con observar cómo escribía con esa tinta roja que dejaba manchas en su mano después de cada trazo.


Siempre me decía a mí mismo que iba a poder ser feliz el día que dejara de contar las veces que la veía. Hasta entonces el número era de dos dígitos, pero parecía que la cuenta iba a seguir sin periodicidad definida.

Está demás decir que soy un hombre tímido. Trato de evitar las grandes multitudes e iniciar conversaciones con extraños. Quizás por eso cuento con tan pocos amigos. Lo cierto es que solo tengo uno, pero no me gusta hablar de mis ilusiones románticas con él, ni con nadie.

Tengo una teoría sobre hacer públicos mis planes. Se resume en que si cuento lo que quiero hacer, inexplicablemente termina derrumbándose. Por eso, el amor que sentía por esa mujer y la forma en que iba a conquistarla era algo que solo yo sabía.


Mi constante observación de todos sus movimientos me llevó a conocerla sin haberle dirigido una palabra.

Sabía que le gustaba leer poemas de autores centroamericanos. Me di cuenta que el lapicero de tinta roja que tanto usaba fue un regalo de su abuela y por eso no le importaba ensuciarse la mano. De hecho, lo disfrutaba. Y que en clase, en realidad no apuntaba lo que el profesor explicaba, eran sus propios escritos.

También que todas las tardes pasaba a la frutería por un par de manzanas, y a saludar a la anciana que las vendía. Entre sus planes estaba viajar por el mundo, conocer nuevos aromas y sabores.

Yo sabía que iba a ser difícil tener su atención. No era de esas mujeres que se impresionan por una cena en un lugar costoso. Pero su simpleza no ameritaba para un par de cervezas heladas en un bar.

Entonces me dediqué a escribir. Día tras día, durante meses. Pensando que las palabras correctas iban a crear un espacio en su mente para mí. Y no me detuve hasta encontrarlas.


La vi sentada leyendo en un banco del parque que ella frecuentaba todos los jueves. De los olmos caían hojas amarillas que hacían el contraste perfecto con la belleza del verde de sus ojos, y el viento le acariciaba el cabello dejando su rostro totalmente descubierto.

Alrededor del parque había música, gente bebiendo y festejando algún momento histórico. No lo recuerdo bien, porque yo solo podía pensar en esta mujer.

Caminé torpemente hacia ella. Me senté a su lado y le dije: Creo que no tengo nada que ofrecerte. Solamente un pedazo de papel y cien promesas.


Delicadamente tomó una de las hojas que caían de los árboles, la utilizó para marcar la página del libro por donde iba su lectura y sostuvo mi papel por varios segundos mirándome fijamente a los ojos.


Siempre he dicho que la vida es más emocionante cuando no sabemos lo que estamos haciendo. La sensación de asombro es algo que he procurado nunca perder, y por eso a ella la quería en cada momento de mi ser. Me regalaba una experiencia nueva cada día.

Como cuando fue capaz de silenciar a diez mil personas utilizando su suave voz. O el día que cubrió la luna y el sol con su cuerpo.

Al parecer mi teoría había dado resultado. Al parecer ya no tenía que imaginar al celeste del cielo bajar a jugar con su mirada. Al parecer ya tenía todo lo que quería.

Le había entregado mi vida a una mujer que describía como perfecta. A la que día con día esperaba para estar cerca de esos labios con los que escondía su blanca sonrisa.

Esa mujer que huía de las conversaciones poco profundas. La que con que el espíritu del vino le gritaba al mundo que estamos aquí para dejar huella en cada alma que tocamos.

La mujer que no necesitaba de nadie para ser feliz. La de los sueños más grandes que mi entrepierna. La que se fue a perseguir algo que no sabía dónde buscar, pero sí cómo llegar.

Hoy creo que el peor mal que me dejó esta mujer no fue el tiempo perdido. Tampoco las palabras áridas que tanto me dijo, ni la inspiración que poco a poco me quitó. Fue, tal y como lo hizo Pandora, no llevarse consigo la esperanza. Esa de que el amor existe para quien así lo desee, la que nos recuerda que las penas no son inagotables, y que las piernas de la persona indicada se dirigirán por su propio camino hacia nosotros.

La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre. 
— Nietzsche