Los mártires de chicago

Así se llamó a un grupo de trabajadores que fueron condenados después de una sangrienta huelga a favor de la reducción de horas laborables en Chicago un 1° de mayo; he ahí la explicación de por qué un día como hoy nos dedicamos a sacarnos pelusitas del pupo. 
Pienso que el trabajo siempre fue definido como algo malo; al trabajo le atribuimos todos nuestros males: estrés, dolores de cabeza, falta de tiempo, rutina; agotamiento, ganas de llorar y una miserable vida. El trabajo parece ser agobiante, un estorbo en el destino.
Recuerdo las palabras de papá, antes de elegir qué quería estudiar; textuales fueron: “vos pensá que tenés que levantarte todos los días de tu vida a la 7 de la mañana para hacer eso”. También decía que la medicina, para él, representaba un goce, un disfrute diario y que encima le pagaban. No sé, yo me crié con esa filosofía, esa santa y bendita filosofía que promulga la pasión por encima de todo lo establecido. 
Yo tuve mucha suerte igual. Un test vocacional me salvó de no ser médico y me convirtió en publicista casi por sorpresa. Igual, publicista es un decir porque todavía sigo ansiando entrar a una bendita agencia de publicidad. No por legitimidad, sino por superar un desafío gigante, ese desafío que nos cuesta el doble por no haber nacido con el don, la condena de ser el Cristiano de Messi y el Vegeta de Goku. 
El sabio consejo, el test vocacional y la suerte hicieron que yo, hoy, sea un fiel creyente de la pasión, de que el trabajo debe ser un estilo de vida, un arte por sí sola, un camino, un espacio más para trascender. También entiendo que la necesidad muchas veces juega el rol principal, haciendo que nos distraigamos de eso que ansiamos pero relax, nada es definitivo.
Ayer conocí una chica, que ante la pregunta de qué hacía de su vida, me respondió: “tristemente soy abogada”. Me dolió, me dolió seguir coleccionando historias de frustraciones profesionales. Me duele conocer a pibes viviendo la juventud de esa manera, así, en piloto automático, con el miedo constante de profesionalizar su pasión. Creo que el momento epifánico realmente llega, en el cual terminamos tirando a la mierda eso que no queremos hacer, solo temo que tengamos barba blanca y arrugas en la piel para ese entonces. 
El día del trabajador me sabe a trago amargo justo en el momento en que me encuentro desocupado, pero quizá para el del año que viene pueda celebrarlo sintiendo que lo merezco, como todos aquellos pibes que despertarán y se darán cuenta que el trabajo no siempre representa cosas malas y que mientras sigan haciendo lo que no les gusta seguirán festejando el día de los mártires.

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