Reflexiones en un no lugar

Recuerdo una noche calurosa del 99, cuando mis padres hicieron toda una introducción sobre el sacrificio y las recompensas para decirme lo único que me quedó en la cabeza: “Viajas a USA; una semana a la NASA y una semana a Orlando”. Yo con 9 años no lo podía creer, ni tampoco podía esperar hasta que cumpla 11, para viajar, medio de colado, con un contingente de alumnos de la mas prestigiosa escuela bilingue de La Rioja. Los días se me hacían eternos, pero los tenía contados, cual preso en un penal los iba tachando y descartando. Veía documentales sobre entrenamiento espacial, preguntaba a chicos de promociones anteriores sobre cómo era cabo cañaveral y hasta incluso pude ver, gracias a mi vecino de enfrente, un cubo de un material como esponja que decía ser una planta. No sé, la realidad es que no razonás mucho cuando tenes tan pocos años de vida. El viaje era lo único que tenía en la cabeza, era una obsesión, era casi mi razón de ser. 
Restaban escasos días en mi calendario tumbero para finalizar la agonía. Me levanté y vi a papá por primera vez en la vida faltando a su trabajo; claro, era un 11 de septiembre del año 2001; las torres gemelas caían y sin darme cuenta, mi gran ilusión y mi razón de ser también. Un niño, en La Rioja, era victima de un tal “Bin Laden” y todo el circo armado tras eso: Vuelos cancelados, seguros denegados, imposibilidad de viajar a máximo grado. La herida tardaría en cicatrizar.-
10 años después, en una nueva etapa de mi vida, estudiando en la cuidad de Córdoba, era partícipe de las mas ingeniosas, emotivas y desgarradoras despedidas en el aeropuerto. Mis amigos iban creciendo e iban tomando decisiones de mayores responsabilidades, como intercambios estudiantiles en el exterior por ejemplo. Cada vez eran más y más las visitas a los aeropuertos y la repetida imagen consecuente: ellos por embarcar…yo por tomar el colectivo de vuelta a mi casa.
Una chispa de luz se encendió en mi camino y volví a insistir con USA, era mi oportunidad de desquitarme. Necesitaba aprender ingles porque la condición con la que viajaría sería de: sudaca explotado por un jefe “yankee”. Tenia que trabajar, desenvolverme perfectamente. Me preparé para la tan ansiada y temible entrevista vía skype con mi nuevo empleador. Entre nervios y ansiedad llamamos. Era un día de lluvia en córdoba y yo estaba con Santi y Andrés, yo en el medio de ambos. Comienza Santi con un ingles descomunal y al cabo de 3 minutos de hablar sin parar lo interrumpieron y le dieron el trabajo. Llega mi turno, quiero hablar y solo escucho un tu tu tu que me descolocó. Habían cortado del otro lado y pienso: Qué mal anda skype. Llamo nuevamente, atiende una secretaria, me dice que Schindler no se encontraba ahí, a lo que respondo que hacía menos de treinta segundos estábamos hablando con él. Ante la insistencia atiende nuevamente Schindler. Hablo; poco pero hablo, me hace dos preguntas sin sentido y termina la conversación. Resultado: Finales de noviembre y yo sin trabajo y con los aéreos casi comprados. Una nueva oportunidad de un viaje tan programado y tan ansiado que se caía, dejando un vacio casi gigante en mi. Al año siguiente lo intentaría nuevamente, pero con mas tiempo para las entrevistas. Empecé en marzo del año siguiente, es decir, unos 4 meses después. Quería que nada se interponga, necesitaba viajar, tenia los contactos, tenia el nivel de ingles necesario, tenia el dinero y ya había gestionado la visa, nada podía salir mal. Claro, nada que pertenezca al viaje, porque la muerte de papá si que no la esperaba, y mucho menos en ese preciso momento. 
El karma me siguió como mi sombra hasta ese día. 
Pasaron más y más años. Me recibí, volví a La Rioja y empecé una nueva vida pero nunca abandoné esas ganas imperantes de conocer el mundo. 
Hoy me encuentro varado en un aeropuerto a 35 km de la ciudad de Milán después de haber vivido 2 meses y medio en la hermosa ciudad catalana de Barcelona. Luego de haber paseado por las calles de la magnifica París y de haber bailado con Marco Carola en la blanca arena de Ibiza. Estoy cansado, con pocas horas de sueño y la espalda toda contracturada. Ronald Mc Donalds asalta mi bolsillo y hace de las suyas día tras día. Mi viaje termina, de poco, casi como de manera agonizante. 
Es la décima segunda vez que piso un aeropuerto en los últimos meses y esta vez me toca estar del lado que tanto ansié. El boing 8166 de Iberia se anuncia. Mi próximo destino: mi casa.

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