Setenta y dos letras — Ted Chiang

celerno
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Jul 23, 2017 · 73 min read

Cuando era niño, el juguete preferido de Robert era uno sencillo, un muñeco de arcilla que sólo podía caminar hacia delante. Mientras sus padres recibían a sus invitados en el jardín, charlando sobre la ascensión al trono de Victoria o las reformas carlistas, Robert seguía la marcha del muñeco por los pasillos del hogar familiar, haciendo que diese la vuelta a las esquinas o que volviese sobre sus pasos. El muñeco no obedecía órdenes ni mostraba tener ninguna inteligencia; sise encontraba con una pared, la diminuta figura de arcilla seguía marchando hasta que, poco a poco, aplastaba sus brazos y sus piernas y los convertía en aletas deformes. En ocasiones Robert le dejaba hacer eso, sólo para divertirse.
Cuando los miembros del muñeco quedaban completamente distorsionados, tomaba el juguete y le quitaba el nombre, haciendo que su movimiento se detuviese de repente.
Luego amasaba el cuerpo hasta volver a obtener una suave masa, la aplastaba hasta formar una tablilla, y recortaba una figura diferente: un cuerpo con una pierna torcida, o más larga que la otra. Volvía a colocarle el nombre, y al instante el muñeco tropezaba y se comenzaba a mover trazando un pequeño círculo.
Robert no disfrutaba tanto amasando las figuras como descubriendo los límites del nombre. Le gustaba comprobar cuántas variaciones podía realizar sobre el cuerpo antes de que el nombre ya no pudiera animarlo. Para ahorrar tiempo, raramente añadía detalles decorativos; reducía los cuerpos al mínimo necesario para experimentar con el nombre.
Otro de los muñecos caminaba a cuatro patas. El cuerpo era bonito, un caballo de porcelana bellamente trabajado, pero Robert estaba más interesado en hacer pruebas con su nombre. Este nombre obedecía órdenes de andar y detenerse y era lo suficientemente inteligente como para evitar obstáculos, y Robert intentó insertarlo en cuerpos hechos por él. Pero este nombre tenía requisitos más exigentes para el cuerpo, y nunca pudo formar un cuerpo de arcilla que pudiera animar. Amasó las piernas por separado y luego las pegó al cuerpo, pero no pudo borrar los bordes completamente; el nombre no reconocía el cuerpo como una sola pieza continua.
Dedicó su atención a los propios nombres, buscando sustituciones sencillas que pudieran diferenciar la marcha bípeda y la marcha a cuatro patas, o que hicieran que el cuerpo obedeciera órdenes sencillas. Pero los nombres parecían completamente diferentes; en cada trozo de pergamino había inscritas setenta y dos letras hebreas diminutas, dispuestas en doce hileras de seis, y hasta donde podía ver, el orden de las letras era completamente aleatorio.
Robert Stratton y sus compañeros decuarto curso estaban sentados en silencio mientras el señor Trevelyan caminaba entre las hileras de pupitres.
— Langdale, ¿cuál es la doctrina de los nombres?
— Todas las cosas son reflejos de Dios, y, eh, todas…
— Dispénsenos de su balbuceo. Thorburn, ¿puede usted contarnos la doctrina de los nombres?
— De la misma forma que todas las cosas son reflejos de Dios, todos los nombres son reflejos del nombre divino.
— ¿Y cuál es el verdadero nombre de un objeto?
— El nombre que refleja el nombredivino de la misma forma que el objeto refleja a Dios.
— ¿Y cuál es la acción de un nombre verdadero?
— Dotar a su objeto de un reflejo del poder divino.
— Correcto. Halliwell, ¿cuál es la doctrina de las firmas?
La lección de filosofía natural continuó hasta el mediodía, pero al ser sábado no había clases el resto del día. El señor Trevelyan despidió a la clase, y los muchachos de la escuela de Cheltenham se dispersaron.
Después de pasar por el dormitorio, Robert se reunió con su amigo Lionel enel límite de los terrenos de la escuela. — ¿Así que la espera ha terminado?
¿Hoy es el día? — preguntó Robert. — He dicho que sí, ¿no? — Entonces, vamos. La pareja comenzó a caminar los dos
kilómetros hasta la casa de Lionel. Durante su primer año en
Cheltenham, Robert apenas había conocido a Lionel; Lionel era uno de los externos, y Robert, como todos los internos, los miraba con suspicacia. Entonces, por pura casualidad, Robert se lo encontró mientras estaba de vacaciones, en una visita al Museo Británico. A Robert le encantaba el museo: las frágiles momias y los inmensos sarcófagos; el ornitorrinco disecado y la sirena en salmuera; la pared erizada de colmillos de elefante y astas de alce y cuernos de unicornio. Ese día en concreto estaba ante el expositor de duendes elementales: estaba leyendo la tarjeta que explicaba la ausencia de la salamandra cuando de repente reconoció a Lionel, que estaba justo a su lado, mirando a la ondina en su tarro. Empezaron a hablar, descubrieron su interés compartido por las ciencias, y los dos se hicieron grandes amigos.
Mientras caminaban por la carretera,daban patadas a un gran guijarro y se lo pasaban entre ellos. Lionel lanzó el guijarro con fuerza y rió al ver que pasaba entre los tobillos de Robert.
— Estaba a punto de reventar ahí dentro — dijo — . Creo que una doctrina más hubiera sido más de lo que podría soportar.
— ¿Por qué se molestan en llamarla filosofía natural? — dijo Robert — . Deberían admitir que es sólo otra lección de teología, y listos.
Los dos habían adquirido recientemente la Guía juvenil de nomenclatura, que les había informado de que los nomencladores ya no sereferían a Dios ni al nombre divino. En su lugar, el pensamiento actual sostenía que existía un universo léxico además de uno físico, y que unir un objeto con un nombre compatible causaba que las potencialidades latentes de ambos se realizasen. Ni había un único «nombre verdadero» para un objeto dado: dependiendo de su forma precisa, un cuerpo podía ser compatible con varios nombres, conocidos como sus «euónimos», y viceversa, un solo nombre podía tolerar variaciones significativas en la forma del cuerpo, como había demostrado al muñeco de su infancia.
Cuando llegaron a casa de Lionel, prometieron a la cocinera que volverían para cenar enseguida y se dirigieron al jardín trasero. Lionel había transformado un cobertizo de herramientas que había en el jardín familiar en su laboratorio, que utilizaba para realizar experimentos. Normalmente Robert lo visitaba con regularidad, pero en los últimos tiempos Lionel había estado trabajando en un experimento que había mantenido en secreto. Sólo ahora estaba dispuesto a mostrar a Robert los resultados. Lionel hizo que Robert esperase fuera mientras él entraba primero, y luego le permitióentrar. Una larga estantería recorría todo el
perímetro interno del cobertizo, repleta de soportes de frascos, botellas de vidrio verde con tapones, y diversas piedras y especímenes minerales. Una mesa decorada con manchas y quemaduras dominaba aquel espacio abarrotado, y sobre ella se encontraban los elementos del último experimento de Lionel: una calabaza atada a un soporte de forma que su parte inferior reposaba sobre un cuenco lleno de agua, que a su vez estaba puesto en un trípode sobre una lámpara de aceite encendida. También había un termómetro demercurio fijado al cuenco. — Echa un vistazo — dijo Lionel. Robert se inclinó para inspeccionar
el contenido de la calabaza. Al principio parecía que no era más que espuma, una porción de burbujas como las que podrían derramarse de una pinta de cerveza. Pero al mirar más de cerca, se dio cuenta de que lo que pensaba que eran pompas eran en realidad los intersticios de una brillante celosía. La espuma estaba formada por homúnculos: diminutos fetos seminales. Sus cuerpos eran individualmente transparentes, pero colectivamente sus cabezas bulbosas y sus miembros filamentosos se reuníanformando una espuma pálida y densa. — ¿Así que te hiciste una paja en un
tarro y has mantenido la leche caliente? — preguntó, y Lionel le dio un empujón. Robert se rió y alzó las manos en un gesto apaciguador — . No, en serio, es una maravilla. ¿Cómo lo has conseguido?
— Es un auténtico ejercicio de precisión — dijo Lionel, ya calmado — . Hay que mantener la temperatura al nivel exacto, por supuesto, pero si quieres que crezcan, también hay que darles la mezcla adecuada de nutrientes. Si la mezcla es pobre, se mueren de hambre. Si está demasiado saturada, sevuelven demasiado espabilados y comienzan a pelearse.
— Me estás tomando el pelo. — Es la verdad; compruébalo si no me crees. Las batallas entre los espermatozoides son la causa de las monstruosidades en el nacimiento. Si un feto herido es el que consigue llegar al óvulo, el niño que se engendra es deforme. — Yo pensaba que eso sucedía porque la madre había recibido un susto mientras estaba embarazada. — Robert podía distinguir apenas los minúsculos movimientos líquidos de los fetos individuales. Se dio cuenta de que la espuma se estaba agitando lentamente como resultado de sus movimientos colectivos.
— Eso sólo sucede con algunas clases, como los que están cubiertos de pelo o llenos de manchas. Los niños que no tienen brazos o piernas, o que los tienen deformes, son los que se vieron envueltos en una pelea cuando eran espermatozoides. Ésa es la razón por la que no se les puede dar un caldo muy saturado, sobre todo si no tienen mucho espacio: se ponen frenéticos. Se pueden echar todos a perder rápidamente.
— ¿Cuánto tiempo puedes hacer que sigan creciendo? — Probablemente no mucho más — dijo Lionel — . Es difícil mantenerlos con vida si no han alcanzado un óvulo. Leí que en Francia hicieron crecer a uno hasta que era del tamaño de un puño, y ellos tenían el mejor equipo disponible. Yo sólo quería ver si podía hacerlo.
Robert se quedó mirando la espuma, recordando la doctrina de la preformación que el señor Trevelyan les había obligado a aprender de memoria: todas las cosas vivas habían sido creadas a la vez, hacía mucho tiempo, y los nacimientos en la actualidad eran mero aumento de tamaño de lo previamente imperceptible. Aunque parecían recién creados, estos homúnculos tenían una edad incalculable; durante toda la historia humana habían yacido insertados en las generaciones de sus antepasados, esperando su turno para nacer.
De hecho, no eran sólo ellos los que habían esperado; él mismo debía haber hecho lo mismo antes de su nacimiento. Si su padre hiciera este experimento, las figuras diminutas que Robert vería serían sus hermanos y hermanas no natos. Sabía que carecían de consciencia hasta que alcanzaban un óvulo, pero se preguntó qué pensamientos tendrían si no fuera así. Se imaginó la sensación de su cuerpo, todos los huesos y los órganos suaves y traslúcidos como gelatina, pegado a esa mirada de hermanos idénticos. ¿Cómo sería mirar a través de los párpados transparentes, darse cuenta de que aquella montaña en la lejanía era en realidad una persona, y reconocerlo como un hermano? ¿Qué pasaría si supiera que se volvería tan enorme y sólido como ese coloso sólo con que pudiera alcanzar un óvulo? No era extraño que luchasen entre ellos.
Robert Stratton siguió estudiando nomenclatura en el Trinity College de Cambridge. Allí estudió textos cabalísticos escritos hacía siglos, cuando los nomencladores aún se llamaban ba’alei shem y los autómatas se llamaban gólem, los textos que habían puesto los cimientos de la ciencia de los nombres: el Sefer Yezirah, el Sodei Razayya de Eleazar de Worms, el Hayyei ha-Oma ha-Ba de Abulafia. Luego estudió los tratados alquímicos que contemplaban las técnicas de manipulación alfabética en un contexto filosófico y matemático más amplio: el Ars Magna de Llull, el De Occulta Philosophia de Agripa, el Monas Hieroglyphica de Dee.
Aprendió que todos los nombres eran una combinación de varios epítetos, cada uno de los cuales designaba un rasgo o capacidad específica. Los epítetos se generaban compilando todas las palabras que describían el rasgo deseado: cognados y étimos, de lenguas vivas y muertas. Sustituyendo y permutando selectivamente las letras, se podía destilar de esas palabras su esencia común, que era el epíteto para ese rasgo. En ciertas ocasiones, los epítetos podían usarse como base para la triangulación, permitiendo derivar epítetos para rasgos no descritos en ninguna lengua. El proceso completo dependía tanto de la intuición como de las fórmulas; la capacidad para elegir las mejores permutaciones de letras era una habilidad imposible de enseñar.
Estudió las técnicas modernas de integración y factorización nominales. Las primeras eran el medio por el que un conjunto de epítetos, expresivos y evocadores, se entremezclaban para formar las secuencias de letras aparentemente aleatorias que constituían un nombre. Las segundas eran el medio por el que un nombre se descomponía en sus epítetos constituyentes. No todos los métodos de integración tenían una técnica de factorizacióncorrespondiente: un nombre poderoso podía ser refactorizado para proporcionar un conjunto de epítetos diferentes de los utilizados para generarlo, y esos epítetos eran a menudo útiles por esa misma razón.
Algunos nombres se resistían a la refactorización, y los nomencladores se esforzaban por desarrollar nuevas técnicas para descubrir sus secretos.
La nomenclatura estaba sufriendo una especie de revolución durante esa época. Durante mucho tiempo había habido dos tipos de nombres: los que animaban un cuerpo, y los que funcionaban como amuletos. Losamuletos de salud se llevaban encima para protegerse de heridas y enfermedades, mientras que otros volvían a una casa resistente al fuego o evitaban que una nave naufragase. Sin embargo, últimamente la distinción entre estas categorías de nombres se estaba volviendo difusa, con emocionantes resultados.
La ciencia naciente de la termodinámica, que establecía la convertibilidad de calor y trabajo, había explicado recientemente cómo los autómatas conseguían su fuerza motora mediante la absorción de calor de su entorno. Usando esta mayor comprensión sobre el calor, un Namenmeister de Berlín había desarrollado un nuevo tipo de amuleto que hacía que un cuerpo absorbiese calor de un punto y lo emitiese por otro. La refrigeración basada en estos amuletos era más sencilla y eficiente que la que dependía de la evaporación de fluidos volátiles, y tenía inmensas aplicaciones comerciales. Los amuletos, igualmente, estaban permitiendo la mejora de los autómatas: la investigación de un nomenclador de Edimburgo sobre los amuletos que evitaban que los objetos se perdieran le condujo a patentar un autómata doméstico capaz de volver a colocar los objetos en su sitio.
Al graduarse, Stratton se fue a vivir a Londres y obtuvo un puesto de nomenclador en Manufacturas Coade, uno de los principales fabricantes de autómatas de Inglaterra.
El nuevo autómata de Stratton, fabricado con argamasa de París, caminaba unos pasos detrás de él cuando entró en el edificio de la fábrica. Era una inmensa estructura de ladrillo con claraboyas en el tejado; la mitad del edificio estaba dedicada a la forja del metal, y la otra mitad, a la cerámica. En ambas secciones, un sendero tortuoso conectaba las diferentes salas, cada una de las cuales albergaba una etapa de la transformación de la materia prima en autómatas terminados. Stratton y su autómata entraron en la parte de cerámica.
Pasaron de largo ante una hilera de cubas no muy altas en la que se mezclaba la arcilla. Las diferentes cubas contenían diferentes tipos de arcilla, desde arcilla roja común hasta fino caolín blanco, y parecían enormes tazas rebosantes de chocolate líquido o densa crema; sólo el fuerte olor mineral rompía la ilusión. Las paletas que removían la arcilla estaban conectadas mediante engranajes a un eje motor, colocado justo debajo de las claraboyas, que recorría toda la longitud de la sala. Al extremo de la sala se alzaba un motor automático: un gigante de hierro forjado que daba vueltas a la rueda incansablemente. Pasando ante él, Stratton pudo detectar un ligero frescor en el aire, producido por el motor al absorber calor de su entorno.
La siguiente sala contenía los moldes para la fabricación. Eran cáscaras blancas que albergaban los contornos invertidos de diversos autómatas, y estaban apiladas junto a las paredes. En la parte central de la sala, los oficiales escultores, vestidos con delantales, trabajaban solos y en parejas, atendiendo a los capullos de los que salían los autómatas.
El escultor más cercano estaba reuniendo los moldes para un pocero, un cuadrúpedo de cabeza ancha que se empleaba en las minas para empujar las vagonetas de mineral. El joven levantó la cabeza.
— ¿Está buscando a alguien, señor? — le preguntó.
— Debo ver al maestro Willoughby — contestó Stratton.
— Perdone, no me di cuenta. Estoy seguro que llegará enseguida.
El oficial volvió a su tarea. Harold Willoughby era maestro escultor de primer grado; Stratton estaba requiriendo sus consejos para diseñar un molde reutilizable para fabricar su autómata. Mientras esperaba, Stratton paseó ociosamente entre los moldes. Su autómata permaneció quieto, listo para la siguiente orden.
Willoughby entró por la puerta que daba a la metalistería, con el rostro ruborizado por el calor de la fundición.
— Disculpe que llegue tarde, señor Stratton — dijo — . Hemos estado trabajando en uno grande de bronce en las últimas semanas, y hoy era el vertido. No hay que dejar a los chicos solos en un momento como ése.
— Lo entiendo perfectamente — contestó Stratton.
Sin perder tiempo, Willoughby se acercó al nuevo autómata.
— ¿Esto es lo que ha tenido a Moore haciendo durante todos estos meses? — Moore era el oficial que ayudaba a Stratton con su proyecto.
Stratton asintió. — El muchacho trabaja bien. — Siguiendo las instrucciones de Stratton, Moore había construido una cantidad interminable de cuerpos, todos variaciones de un solo tema básico, mediante la aplicación de arcilla de moldear sobre un armazón, y luego los había usado para crear modelos de escayola con los que Stratton podía probar sus nombres.
Willoughby inspeccionó el cuerpo. — Tiene un buen acabado; parece que todo está bien… Un momento. — Señaló las manos del autómata: en lugar del diseño tradicional de pala o mitón, con dedos sugeridos mediante surcos en la superficie, éstas estaban perfectamente formadas, cada una con cuatro dedos separados y un pulgar oponible — . ¿No querrá decirme que son funcionales?
— Así es. El escepticismo de Willoughby era evidente. — Muéstremelo. Stratton se dirigió al autómata. — Cierra los dedos. El autómata extendió ambas manos, cerró y abrió cada par de dedos, y luego volvió a dejar caer los brazos. — Le felicito, señor Stratton — dijo el escultor. Se acuclilló para examinar los dedos del autómata más de cerca — . ¿Es necesario que los dedos estén doblados en cada articulación para que el nombre surta efecto? — Eso es. ¿Puede diseñar un molde
para las piezas de esta forma? Willoughby chasqueó la lengua
varias veces. — Será un asunto complicado — dijo
— . Puede que tengamos que usar un molde desechable para cada fabricación. Incluso con un molde por piezas, será muy caro para la cerámica.
— Creo que valdrá la pena afrontar el gasto. Permítame que se lo muestre. — Stratton se dirigió al autómata — .
Fabrica un cuerpo; usa ese molde de allí.
El autómata caminó pesadamente hasta la pared más cercana y tomó las piezas del molde que Stratton había señalado: era el molde para un pequeño mensajero de porcelana. Varios oficiales dejaron sus tareas para observar al autómata, que llevó las piezas hasta la zona de trabajo. Allí encajo las diversas secciones entre sí y las ató fuertemente con bramante. Los escultores se quedaron maravillados al ver los dedos del autómata en funcionamiento, enlazando y atando las puntas del bramante hasta formar un nudo. Luego el autómata levantó el molde completo y se alejó para tomar una jarra de arcilla.
— Es suficiente — dijo Willoughby.
El autómata dejó su tarea y volvió a adoptar su postura erguida inicial.
Examinando el molde, Willoughby preguntó — : ¿Le enseñó usted mismo?
— Sí. Espero que Moore le enseñe a forjar metal.
— ¿Tiene nombres que puedan aprender otras tareas?
— Todavía no. Sin embargo, tengo buenas razones para creer que existe una clase entera de nombres parecidos, uno para cada tipo de habilidad que requiera destreza manual.
— ¿Eso cree? — Willoughby notó que los otros escultores seguían mirando, y les gritó — : Si no tenéis nadaque hacer, puedo daros mucho trabajo. — Los oficiales volvieron al instante a sus tareas, y Willoughby se volvió de nuevo hacia Stratton — . Vayamos a su despacho para hablar sobre esto.
— Muy bien. — Stratton hizo que el autómata les siguiera hasta la parte delantera del complejo de edificios interconectados que formaba Manufacturas Coade. Primero entraron en el estudio de Stratton, que estaba situado detrás de su despacho propiamente dicho. Una vez en él, Stratton se dirigió al escultor — : ¿Tiene alguna objeción que poner a mi autómata?Willoughby examinó un par de manos de arcilla sujetas sobre una mesa de trabajo. En la pared tras la mesa había clavados una serie de dibujos esquemáticos que mostraban manos en diversas posturas.
— Ha hecho usted un trabajo admirable imitando la mano humana. Sin embargo, me preocupa que la primera habilidad que le enseñó a su nuevo autómata fuera la escultura.
— Si le preocupa que esté intentando sustituir a los escultores, no lo haga. Ése no es mi objetivo en absoluto.
— Me alivia saberlo — dijo Willoughby — . Entonces, ¿por quéescogió la escultura? — Es el primer paso en un camino
bastante indirecto. Mi objetivo último es permitir que se manufacturen motores automáticos tan baratos que la mayor parte de las familias puedan adquirir uno.
La confusión de Willoughby era evidente.
— ¿Y cómo, le ruego que me diga, utilizaría una familia un motor?
— Para mover un telar automático, por ejemplo.
— ¿De qué está hablando? — ¿Ha visto alguna vez a los niños que emplean en las fábricas textiles?Trabajan hasta el agotamiento; sus pulmones están saturados de polvo de algodón; son tan enfermizos que apenas puede pensarse que lleguen a la edad adulta. La tela barata se consigue al precio de la salud de nuestros trabajadores; los tejedores estaban en mucho mejores condiciones cuando la producción textil era una industria casera.
— Los telares automáticos fueron los que sacaron a los tejedores de sus casas. ¿Cómo podrían devolverlos a ellas?
Stratton no había hablado de esto antes, y agradeció la oportunidad de explicarse.
— El coste de los motores automáticos siempre ha sido alto, y así tenemos fábricas en los que decenas de telares son movidos por un inmenso Goliat calentado con carbón. Pero un autómata como el mío podría fabricar motores muy baratos. Si un pequeño motor automático, adecuado para mover varias máquinas, se pone al alcance de un tejedor y su familia, entonces pueden producir tela en su propia casa como hacían antes. La gente podría ganar un salario justo sin verse sujeta a las condiciones de las fábricas.
— Olvida el coste del propio telar — dijo Willoughby suavemente, comosiguiéndole la corriente — . Los telares automáticos son considerablemente más caros que los telares manuales de antaño.
— Mi autómata podría ayudar también a producir las partes de hierro forjado, lo que reduciría el precio de los telares automáticos y otras máquinas. No es ninguna panacea, lo sé, pero de todas formas estoy convencido de que los motores baratos ofrecen la oportunidad de una vida mejor para el artesano individual.
— Sus deseos reformistas le honran. Sin embargo, permítame sugerir que hay curas más sencillas para los malessociales que cita: la reducción del horario de trabajo, o la mejora de las condiciones. No necesita trastornar todo nuestro sistema de manufactura.
— Creo que lo que propongo puede describirse con mayor precisión como restauración y no trastorno.
Entonces Willoughby se exasperó. — Esta cháchara de volver a la economía familiar está muy bien, pero, ¿qué pasaría con los escultores? Dejando a un lado sus intenciones, estos autómatas suyos dejarían a los escultores sin empleo. Estos hombres han pasado por años de aprendizaje y enseñanza. ¿Cómo van a dar de comer asus familias? Stratton no estaba preparado para la
virulencia de su tono. — Sobreestima usted mi habilidad
como nomenclador — dijo, intentando quitarle hierro al asunto. El escultor siguió ceñudo. Continuó — : Las capacidades de aprendizaje de estos autómatas son extremadamente limitadas.
Pueden manipular moldes, pero nunca podrían diseñarlos; el auténtico arte de la escultura puede ser efectuado sólo por los escultores. Antes de nuestra cita, acababa usted de dirigir a varios oficiales que vertían una gran pieza debronce; los autómatas nunca podrán trabajar juntos de forma tan coordinada. Sólo realizarán tareas repetitivas.
— ¿Qué clase de escultores estaríamos formando si pasasen su aprendizaje mirando cómo los autómatas hacen el trabajo en su lugar? No consentiré que una profesión venerable sea reducida a una representación de marionetas.
— Eso no es lo que sucedería — dijo Stratton, exasperado a su vez — . Pero examine lo que usted mismo está diciendo: el estatus que desea que su profesión conserve es precisamente el que los tejedores han tenido queabandonar. Creo que estos autómatas pueden ayudar a devolver la dignidad de otras profesiones, y sin gran coste para la suya.
Willoughby no parecía haberle oído. — ¡La propia idea de que los autómatas fabriquen autómatas! No sólo es una sugerencia insultante, parece una receta para la catástrofe. ¿Qué me dice de esa balada, aquélla en la que las escobas llevan cubos de agua y se vuelven locas? — ¿Se refiere a “Der Zauberlehrling”? — dijo Stratton — . La comparación es absurda. Estos autómatas se encuentran tan lejos de estar en posición de reproducirse sin participación humana que apenas sé por dónde empezar a enumerar las objeciones. Antes que eso, un oso bailarín actuaría en el ballet de Londres.
— Si quiere desarrollar un autómata que pueda bailar ballet, le apoyaría completamente en la empresa. Sin embargo, no puede continuar con este autómata diestro.
— Discúlpeme, señor, pero no estoy sujeto a sus decisiones.
— Encontrará difícil trabajar sin la cooperación de los escultores. Retiraré a Moore y prohibiré a todos los demás oficiales que le ayuden de ninguna formaen este proyecto. Stratton se sintió repentinamente
desconcertado. — Su reacción es completamente
desproporcionada. — Yo considero que es
perfectamente apropiada. — En ese caso, trabajaré con los
escultores de otra manufactura. Willoughby frunció el ceño. — Hablaré con el jefe de la
Hermandad de Escultores, y le recomendaré que prohiba a todos nuestros miembros que fabriquen sus autómatas.
Stratton sintió que la sangre lehervía. — No permitiré que me intimide —
dijo — . Haga lo que desee, pero no puede impedir que prosiga con esto.
— Creo que nuestra discusión ha terminado. — Willoughby fue hacia la puerta — . Que tenga un buen día, señor Stratton.
— Que tenga un buen día — contestó Stratton acaloradamente.
Al día siguiente, Stratton salió a dar su paseo de mediodía por el distrito de Lambeth, donde se situaba Manufacturas Coade. Al cabo de unas manzanas, sedetuvo en un mercadillo; a veces, entre las cestas de anguilas coleantes y las mantas cubiertas de relojes baratos había muñecos automáticos, y Stratton conservaba su afición infantil por ver los últimos diseños. Ese día vio una nueva pareja de muñecos boxeadores, pintados con la apariencia de explorador y salvaje. Mientras los examinaba tranquilamente, podía oír a los vendedores ambulantes de panaceas que competían por atraer la atención de un viandante resfriado.
— Veo que su amuleto de salud le ha fallado, señor — dijo un hombre cuya mesa estaba repleta de pequeñas latas cuadradas — . ¡Su remedio se encuentra en los poderes curativos del magnetismo, concentrados en las Pastillas Polarizadoras del doctor Sedgewick!
— ¡Tonterías! — repuso una vieja — . ¡Lo que necesita es tintura de mandrágora, comprobada y eficaz! — Alzó un frasco con un líquido traslúcido — . ¡El perro aún no estaba frío cuando este extracto fue preparado! No hay nada más potente.
Al no encontrar más muñecos, Stratton salió del mercado y siguió caminando, con los pensamientos girando en torno a lo que Willoughby lehabía dicho el día anterior. Sin lacooperación del sindicato de escultores,tendría que recurrir a contratarescultores independientes. No habíatrabajado antes con individuos de esacatadura, y necesitaría hacer algunascomprobaciones:teóricamentefabricaban cuerpos sólo para su uso connombres de dominio público, peroalgunos individuos utilizaban estasactividades para encubrir el robo depatentes y la piratería, y cualquierasociación con ellos podría mancharpara siempre su reputación.
— Señor Stratton.
Stratton alzó la vista. Un hombrepequeño y nervudo, modestamente vestido, se encontraba ante él.
— Sí. ¿Le conozco de algo, señor? — No, señor. Mi nombre es Davies. Estoy al servicio de Lord Fieldhurst. — Entregó a Stratton una tarjeta sobre la que había dibujado el blasón de los Fieldhurst. Edward Maitland, tercer conde de Fieldhurst y zoólogo y anatomista comparativo de renombre, era el presidente de la Royal Society. Stratton le había escuchado hablar durante las sesiones de la Royal Society, pero nunca les habían presentado. — ¿Qué puedo hacer por usted? — Lord Fieldhurst desearía hablar con usted, tan pronto como le sea posible, respecto a su trabajo reciente.
Stratton se preguntó cómo habría oído hablar el conde de su trabajo.
— ¿Por qué no me ha buscado usted en mi despacho?
— Lord Fieldhurst prefiere mantener la privacidad en este asunto. — Stratton alzó las cejas, pero Davies no dio más explicaciones — . ¿Está usted libre esta tarde?
Era una invitación poco habitual, pero en todo caso seguía siendo un honor.
— Ciertamente. Por favor, informe aLord Fieldhurst de que estaré encantado. — Un coche le estará esperando
frente a su edificio hoy a las ocho. Davies se llevó la mano al sombrero
y se fue. A la hora prometida, Davies llegó
con el coche. Era un vehículo lujoso, con un interior de caoba lacada y latón pulido y terciopelo. El tractor que tiraba de él era también de los caros, un corcel de bronce forjado que no necesitaba conductor para llegar hasta los destinos habituales.
Davies rehusó educada mente responder a ninguna pregunta mientras marchaban. Obviamente, no se trataba de un sirviente ni de un secretario, pero Stratton no podía decidir qué tipo de empleado era. El coche los condujo a las afueras de Londres y luego al campo, hasta que llegaron a la mansión Darrington, una de las residencias del linaje de los Fieldhurst.
Una vez en el interior, Davies acompañó a Stratton a través del vestíbulo y le hizo entrar en un estudio elegantemente decorado; cerró las puertas quedándose fuera.
Sentado a la mesa del estudio había un hombre corpulento que llevaba un chaleco de seda y un fular; sus mejillas anchas y con profundas arrugas estabanrodeadas por patillas espesas y grises. Stratton le reconoció al instante.
— Lord Fieldhurst, es un honor. — Es un placer conocerle, señor Stratton. En los últimos tiempos ha estado usted realizando un trabajo excelente. — Es usted muy amable. No sabía que mi trabajo era tan conocido. — Me esfuerzo por seguir este tipo de cosas. Por favor, dígame qué le llevó a diseñar estos autómatas. Stratton le explicó sus planes para manufacturar motores baratos. Fieldhurst le escuchó con interés, ofreciéndole aquí y allá sugerencias apropiadas.
— Es un objetivo admirable — dijo, asintiendo con aprobación — . Me satisface comprobar que tiene usted motivos tan filantrópicos, porque quiero pedirle su ayuda en un proyecto que estoy dirigiendo.
— Será un privilegio ayudarle de cualquier manera a mi alcance.
— Se lo agradezco. — El rostro de Fieldhurst ganó solemnidad — . Éste es un asunto de seria importancia. Antes de seguir hablando, debe darme su palabra de que guardará todo lo que voy a revelarle con la máxima discreción.
Stratton cruzó directamente la mirada del conde.
— Por mi honor de caballero, señor, no divulgaré nada de lo que me cuente.
— Se lo agradezco, señor Stratton. Por favor, sígame. — Fieldhurst abrió una puerta en la parte de atrás del estudio y cruzaron un pequeño vestíbulo. Al final de éste había un laboratorio; sobre una mesa de trabajo larga y escrupulosamente limpia había una serie de equipos, cada uno con un microscopio y una especie de armazón articulado hecho de latón, dotado con tres ruedas perpendiculares entre sí para efectuar delicados ajustes. Un anciano estaba observando por el microscopio en el extremo más alejado de la mesa;levantó la vista de su trabajo cuando entraron.
— Señor Stratton, creo que conoce al doctor Ashbourne.
Stratton, desprevenido, se quedó de repente sin habla. Nicholas Ashbourne había sido catedrático en el Trinity cuando Stratton estudiaba allí, pero se había marchado hacía años para dedicarse a estudios de, según se decía, naturaleza poco ortodoxa. Stratton le recordaba como uno de los profesores más entusiastas. La edad había estrechado en alguna medida su rostro, haciendo que su frente alta pareciera aún más alta, pero sus ojos eran tanbrillantes y estaban tan despiertos como siempre. Se acercó hasta ellos con la ayuda de un bastón de marfil tallado.
— Stratton, me alegra volver a verle. — Lo mismo digo, señor. Realmente, no esperaba encontrarle aquí. — Ésta será una tarde llena de sorpresas, muchacho. Prepárese. — Se volvió hacia Fieldhurst — . ¿Le importaría que empezásemos? Siguieron a Fieldhurst hasta el extremo opuesto del laboratorio, donde se abría otra puerta que les condujo por un tramo de escaleras. — Sólo un pequeño número de personas, bien miembros de la RoyalSociety, bien miembros del Parlamento, o ambas cosas, conocen este asunto. Hace cinco años, la Académie des Sciences de París contactó conmigo confidencialmente. Deseaban que los científicos ingleses confirmasen ciertos hallazgos experimentales que habían hecho.
— ¿En serio? — Puede imaginarse su reticencia. Sin embargo, pensaban que el asunto era más importante que las rivalidades nacionales, y en cuando entendí la situación, accedí. Los tres bajaron hasta un sótano. Unos mecheros de gas colocados en las paredes proporcionaban la iluminación, que revelaba la extensión considerable del sótano; su interior estaba punteado por una serie de pilares de piedra que se alzaban para formar bóvedas de arista. El largo sótano contenía una hilera tras otra de sólidas mesas de madera, sobre cada una de las cuales había un tanque del tamaño aproximado de una bañera. Los tanques estaban hechos de zinc y se les habían instalado lunas de cristal en los cuatro lados, lo que permitía ver su contenido: un fluido traslúcido, de un tenue color amarillento.
Stratton miró el tanque más cercano. Había una distorsión flotando en elcentro del tanque, como si una parte del líquido se hubiera cuajado formando una masa de gelatina. Era difícil distinguir los rasgos de la masa entre las sombras moteadas que se proyectaban sobre el fondo del tanque, así que se movió a otro lado de éste y se agachó para contemplar la masa directamente contra la llama de una lámpara de gas. Fue entonces cuando el coágulo se reveló como la figura espectral de un hombre, traslúcido como la gelatina, acurrucada en posición fetal.
— Increíble — susurró Stratton. — Lo llamamos megafeto — explicó Fieldhurst.
— ¿Esto ha sido cultivado partiendo de un espermatozoo? Debe de haberles llevado décadas.
— No ha sido así, para nuestra sorpresa. Hace unos años, dos naturalistas parisinos llamados Dubuisson y Gille diseñaron un método para inducir un crecimiento hipertrófico en un feto seminal. La infusión rápida de nutrientes permite que tales fetos alcancen este tamaño en dos semanas.
Moviendo la cabeza delante y atrás, percibió ligeras diferencias en la forma en que se refractaba la luz de gas, señalando los límites de los órganos internos del mega feto.
— ¿Esta criatura está… viva? — Sólo de forma inconsciente, como un espermatozoo. Ningún proceso artificial puede sustituir a la gestación; es el principio vital en el ovum el que activa el feto, y es la influencia materna la que lo transforma en una persona. Lo único que hemos hecho es efectuar una maduración en tamaño y escala. — Fieldhurst hizo un gesto hacia el megafeto — . La influencia materna también proporciona al feto la pigmentación y todas las características físicas distintivas. Nuestros mega fetos no tienen rasgos más allá de su sexo. Todos los varones ostentan el aspectogenérico que ve aquí, y todas las hembras son igualmente idénticas. En cada sexo es imposible distinguir uno de otro mediante un examen físico, sin que importe lo diferentes que puedan haber sido los padres originales; sólo un registro concienzudo nos permite identificar cada mega feto.
Stratton volvió a incorporarse. — ¿Y cuál fue la intención al hacer el experimento, si no era para desarrollar un vientre artificial? — Para comprobar la idea de la invariabilidad de las especies. — Al darse cuenta de que Stratton no era zoólogo, el conde se explicó más detenidamente — . Si los pulidores de lentes pudieran construir microscopios de ilimitada capacidad de aumento, los biólogos podrían estudiar las futuras generaciones insertadas en los espermatozoos de cualquier especie y ver si su aspecto permanece invariable, o si hay cambios que den lugar a una nueva especie. En este último caso, también podrían determinar si la transición ocurre gradual o abruptamente.
»Sin embargo, las aberraciones cromáticas fijan un límite superior en la capacidad de aumento de cualquier instrumento óptico. Los señores Dubuisson y Gille dieron con la idea de aumentar artificialmente el tamaño de los propios fetos. Una vez que un feto alcanza su talla adulta, se le puede extraer un espermatozoo y ampliar un feto de la siguiente generación de la misma forma. — Fieldhurst se acercó a la siguiente mesa de la hilera y señaló el tanque que se encontraba sobre ella — . La repetición de este proceso nos permite examinar las generaciones aún no nacidas de cualquier especie.
Stratton paseó la vista por la sala. Las hileras de tanques cobraron un nuevo significado.
— Así que comprimieron el tiempo entre los «nacimientos» para obtener una visión preliminar de nuestro futuro genealógico.
— Exactamente. — ¡Qué audaz! ¿Y cuáles fueron los resultados? — Probaron con muchas especies animales, pero nunca observaron ningún cambio de forma. Sin embargo, obtuvieron un resultado peculiar cuando trabajaron con los fetos seminales de humanos. Después de no más de cinco generaciones, los fetos varones ya no albergaban más espermatozoos, ni los fetos hembra más ovums. El linaje terminaba con una generación estéril.
— Me figuro que eso no fue completamente inesperado — dijo Stratton, mirando la forma gelatinosa — . Cada repetición debe producir la disminución de alguna esencia de los organismos. Es lógico que llegados a un punto la descendencia sea tan débil que el proceso ya no funcione.
— Ésa fue también la suposición inicial de Dubuisson y Gille — asintió Fieldhurst — , de forma que buscaron mejorar su técnica. Sin embargo, no pudieron encontrar ninguna diferencia entre megafetos de diferentes generaciones en términos de tamaño o vitalidad. Ni había ninguna disminución en el número de espermatozoos o de ovums; la penúltima generación era tan fértil como la primera. La transición a la esterilidad era abrupta.
»También encontraron otra anomalía: mientras que ciertos espermatozoos producían sólo cuatro generaciones o menos, la variación ocurría sólo entre diferentes muestras, y nunca en una sola muestra. Evaluaron muestras de donantes que eran padre e hijo, y en esos casos, los espermatozoos del padre producían exactamente una generación más que los del hijo. Y hasta donde sabemos, algunos de los donantes eran personas muy mayores.
Aunque sus muestras contenían muy pocos espermatozoos, éstos contenían, sin embargo, una generación más que los de sus hijos, que estaban en la flor de la vida. El poder progenitor del esperma no se correspondía con la salud o el vigor del donante; pero sí que se correspondía con la generación a la que pertenecía éste.
Fieldhurst se detuvo y miró seriamente a Stratton.
— Fue en este punto en el que la Académie contactó conmigo para ver si la Royal Society podía duplicar sus descubrimientos. Juntos, hemos obtenido el mismo resultado usando muestras tomadas de pueblos tan diversos como los lapones y los hotentotes. Estamos de acuerdo en cuanto a las implicaciones de estos descubrimientos: que la especie humana tiene el potencial para existir sólo durante un número invariable de generaciones, y que estamos a cinco generaciones de la última.
Stratton se volvió hacia Ashbourne, medio esperando que confesase que era todo una elaborada mistificación, pero el anciano nomenclador parecía completamente solemne. Stratton miró de nuevo al megafeto y frunció el ceño,asumiendo lo que había oído. — Si su interpretación es correcta,
otras especies deberían estar sujetas a una limitación parecida. Sin embargo, por lo que sé, la extinción de una especie nunca ha sido observada.
— Eso es cierto — asintió Fieldhurst — . Sin embargo, sí que contamos con las pruebas del registro fósil, que sugiere que las especies permanecen sin cambios durante un periodo de tiempo, y luego se ven abruptamente sustituidas por nuevas formas. Los catastrofistas afirman que las especies se extinguen debido a violentos cataclismos. Basándonos en los descubrimientos que hemos realizado respecto a la preformación, ahora parece que las extinciones son meramente resultado del final de la vida de una especie. Son muertes naturales, y no accidentales, por así decirlo. — Hizo un gesto hacia la puerta por la que habían entrado — . ¿Les parece que volvamos arriba?
Siguiendo a los otros dos, Stratton preguntó:
— ¿Y qué me dicen de la creación de nuevas especies? Si no nacen de especies existentes, ¿acaso surgen espontáneamente?
— Eso no está claro por el momento. Normalmente, sólo los animales más sencillos surgen por generación espontánea: gusanos y otras criaturas vermiformes, típicamente bajo la influencia del calor. Los acontecimientos postulados por los catastrofistas, inundaciones, erupciones volcánicas, impactos cometarios… implicarían la liberación de grandes energías. Quizá estas energías afectan a la materia tan profundamente que causan la generación espontánea de una raza entera de organismos, insertada en unos pocos progenitores. Si es así, los cataclismos no son responsables de las extinciones masivas, sino que generan especies nuevas a su paso.
De vuelta en el laboratorio, los dos ancianos se sentaron en las sillas que había. Demasiado emocionado para imitarles, Stratton permaneció de pie.
— Si otras especies animales fueron creadas por el mismo cataclismo que la especie humana, de la misma forma deberían estar acercándose al final de sus vidas. ¿Han encontrado otra especie que muestre tener una última generación?
— Todavía no — dijo Fieldhurst, negando con la cabeza — . Creemos que otras especies tienen diferentes fechas de extinción, que corresponden a la complejidad biológica del animal; los humanos tienen, presumiblemente, el organismo más complejo, y quizá no quepan muchas generaciones de un organismo tan complejo dentro de un espermatozoo.
— Por la misma razón — repuso Stratton — , quizá la complejidad del organismo humano lo hace poco adecuado para el proceso de crecimiento artificialmente acelerado. Quizá han encontrado los límites del proceso, y no de la especie.
— Una observación inteligente, señor Stratton. Se están realizando experimentos con especies que se parecen mucho a los humanos, como loschimpancés y los orangutanes. Sin embargo, responder inequívocamente a esta pregunta puede llevar años, y si nuestra actual interpretación es correcta, mal podemos permitirnos el tiempo que tardaremos en obtener una confirmación. Debemos preparar un plan de acción inmediatamente.
— Pero cinco generaciones podría ser más de un siglo… — Se detuvo, avergonzado por no haberse percatado de lo obvio: no todas las personas son padres a la misma edad.
— Se da usted cuenta de por qué no todas las muestras de esperma de los donantes de la misma edad produjeronel mismo número de generaciones — dijo Fieldhurst, leyendo su rostro — . Algunos linajes se acercan a su fin más rápido que otros. Para un linaje en el que los hombres engendren niños a edades consistentemente tardías, cinco generaciones puede significar más de dos siglos de fertilidad, pero sin duda hay linajes que ya han alcanzado su final.
Stratton imaginó las consecuencias. — La pérdida de la fertilidad se hará cada vez más evidente para el pueblo en general con el paso del tiempo. Mucho antes de que lleguemos al final, puede estallar el pánico.
— Exactamente, y los disturbios podrían extinguir a nuestra especie tan eficientemente como el agotamiento de las generaciones. Ésa es la razón por la que el tiempo es lo fundamental.
— ¿Cuál es la solución que proponen?
— Cederé la palabra al doctor Ashbourne para que se lo explique — dijo el conde.
Ashbourne se levantó e instintivamente adoptó la expresión de un profesor dando la lección.
— ¿Recuerda por qué se abandonaron todos los intentos de fabricar autómatas hechos de madera? Stratton se vio pillado de improviso por la pregunta.
— Se creía que las fibras naturales de la madera suponen una forma que entra en conflicto con lo que deseemos tallar en ella. Actualmente hay intentos de utilizar goma como material de base, pero no han tenido éxito.
— Así es. Pero si la forma nativa de la madera fuera el único obstáculo, ¿no debería ser posible animar el cadáver de un animal con un nombre? En ese caso, la forma del cuerpo debería ser ideal.
— Es una idea macabra; no me atrevo a opinar sobre la probabilidad deéxito de un experimento así. ¿Se ha intentando alguna vez?
— De hecho, sí: sin ningún éxito. Así que estas dos vías de investigación completamente diferentes han resultado infructuosas. ¿Quiere eso decir que no hay forma de animar material orgánica usando nombres? Ésa pregunta me llevó a abandonar el Trinity para buscar una respuesta.
— ¿Y qué es lo que descubrió? Ashbourne rechazó la pregunta con un gesto. — Primero hablemos sobre la termodinámica. ¿Ha seguido los desarrollos más recientes? Entoncessabrá que la disipación del calor refleja un aumento en el desorden a nivel térmico. Inversamente, cuando un autómata condensa calor de su entorno para realizar trabajo, aumenta el orden. Esto confirma una idea que he mantenido durante mucho tiempo: que el orden léxico produce orden termodinámico. El orden léxico de un amuleto refuerza el orden que un cuerpo ya posee, proporcionando de esta forma protección contra el daño. El orden léxico de un nombre que anima aumenta el orden de un cuerpo, proporcionando así fuerza motora a un autómata.
»La siguiente pregunta era: ¿cómo se reflejaría un incremento del orden sobre la materia orgánica? Puesto que los nombres no animan tejidos muertos, obviamente la materia orgánica no responde al nivel térmico; pero quizá pueda ser ordenada a otro nivel. Piénselo: un buey puede ser reducido a una cuba de caldo gelatinoso. El caldo incluye la misma materia que el buey, pero, ¿cuál representa una mayor cantidad de orden?
— El buey, obviamente — dijo Stratton, perplejo.
— Obviamente. Un organismo, en virtud de su estructura física, representa el orden; cuanto más complejo es el organismo, mayor es la cantidad de orden. Mi hipótesis era que aumentar el orden de la materia orgánica podría lograrse dándole forma. Sin embargo, la mayoría de la materia viva ya ha asumido su forma ideal. La pregunta es:
¿qué tiene vida pero no forma? — El anciano nomenclador no esperó a que diera una respuesta — . La respuesta es: un ovum sin fertilizar. El ovum contiene el principio vital que anima a la criatura que en última instancia hace surgir, pero no tiene forma en sí mismo. De ordinario, el ovum incorpora la forma del feto insertada en el espermatozoo que lo fertiliza. El siguiente paso era obvio. Aquí Ashbourne se detuvo, mirando
a Stratton con esperanza. Stratton estaba desconcertado.
Ashbourne puso cara de decepción y continuó.
— El siguiente paso era inducir artificialmente el crecimiento de un embrión partiendo de un ovum y mediante la aplicación de un nombre.
— Pero si el ovum no está fertilizado — objetó Stratton — , no hay estructura preexistente que agrandar.
— Exactamente. — ¿Quiere decir que la estructura podría surgir de un medio homogéneo?Imposible. — Sin embargo, mi objetivo durante
varios años fue confirmar mi hipótesis. Mis primeros experimentos consistieron en aplicar un nombre sobre huevos de rana sin fertilizar.
— ¿Cómo puso el nombre dentro de un huevo de rana?
— En realidad, el nombre no está metido, sino impreso por medio de una aguja especialmente manufacturada. — Ashbourne abrió un armarito que estaba sobre la mesa de trabajo entre dos microscopios.
En el interior había un estante de madera lleno de pequeños instrumentosordenados por parejas. Todos terminaban en una larga aguja de vidrio; algunas eran casi tan gruesas como las que se usan para coser, otras tan finas como una hipodérmica. Tomó una del par más grande y se la entregó a Stratton para que la examinase. La aguja de vidrio no era traslúcida, sino que parecía contener una especie de núcleo moteado.
— Aunque esto puede parecer una especie de instrumento médico — explicó Ashbourne — , en realidad se trata de un vehículo para un nombre, exactamente de la misma forma que el más convencional trozo de pergamino.
Por desgracia, requiere mucho más esfuerzo para su fabricación que aplicar la pluma al pergamino. Para crear una aguja como ésta, primero hay que colocar finos filamentos de cristal oscuro dentro de un ovillo de filamentos de cristal traslúcido, de tal forma que el nombre sea legible cuando se contemple desde un extremo. Entonces se funden los filamentos en una varilla sólida, y la varilla se estira hasta formar un filamento aún más fino. Un cristalero hábil puede conservar todos los detalles del nombre por muy delgado que sea el filamento. Al final, se obtiene una aguja que contiene el nombre en su corte transversal. — ¿Cómo generó el nombre que
luego usó? — Podemos hablar de eso
ampliamente después. Para lo que interesa a nuestra discusión actual, la única información necesaria es que incorporé el epíteto sexual. ¿Está usted familiarizado con él?
— Lo conozco. — Era uno de los pocos epítetos que era dimórfico, al tener variante varón y variante hembra.
— Necesitaba dos versiones del nombre, obviamente, para provocar la generación tanto de varones como de hembras. — Señaló la disposición en parejas de las agujas en el armarito. Stratton vio que la aguja podía ser
acoplada al armazón de latón y su punta quedaría cercana a la placa bajo el microscopio; las ruedas se usaban, presumiblemente, para poner la aguja en contacto con un ovum. Le devolvió el instrumento.
— Dijo usted que el nombre no está metido, sino impreso. ¿Pretende decirme que tocar el huevo de la rana con esta aguja es lo único que hace falta? ¿Quitar el nombre no elimina su influencia?
— Exactamente. El nombre activa un proceso en el huevo que no puede ser revertido. El contacto prolongado del nombre no causa ningún otro efecto. — ¿Y del huevo salió un renacuajo? — No con los nombres que
intentamos inicialmente; el único resultado fue que aparecieron involuciones simétricas en la superficie del huevo. Pero incorporando diferentes epítetos, fui capaz de provocar que el huevo adoptase diferentes formas, algunas de las cuales tenían todo el aspecto de ranas embrionarias. Al cabo, encontré un nombre que hacía que el huevo no sólo asumiera la forma de un renacuajo, sino que también madurase y eclosionase. El renacuajo que salió del huevo creció hasta convertirse en una rana indistinguible de cualquier otro miembro de su especie.
— Usted había encontrado un euónimo de esa especie de rana — dijo Stratton.
Ashbourne sonrió. — Como este método de reproducción no implica relación sexual, la he denominado «partenogénesis». Stratton le miró a él y a Fieldhurst. — Es evidente cuál es la solución que proponen. La conclusión lógica de esta investigación es descubrir un euónimo de la especie humana. Desean que la humanidad se perpetúe gracias ala nomenclatura. — Parece que encuentra esa idea
perturbadora — dijo Fieldhurst — . Era de esperar: el doctor Ashbourne y yo sentimos inicialmente lo mismo, al igual que cualquier persona que haya pensado en ello. Nadie aprecia la idea de que los humanos sean concebidos artificialmente. Pero, ¿puede ofrecernos una alternativa? — Stratton permaneció en silencio, y Fieldhurst continuó — . Todos los que conocen el trabajo del doctor Ashbourne, así como el trabajo de Dubuisson y Gille, están de acuerdo: no existe otra solución.
Stratton tuvo que recordarse que debía mantener la actitud desapasionada de un científico.
— ¿Cómo esperan ustedes que se emplee este nombre, exactamente? — preguntó.
— Cuando un marido se vea incapaz de fecundar a su mujer, buscarán los servicios de un médico. El médico tomará el menstruo de la mujer, separará el ovum, le imprimirá el nombre, y luego lo volverá a introducir en su útero.
— Un niño que nazca con este método no tendrá padre biológico.
— Cierto, pero la contribución biológica del padre es de escasa importancia aquí. La madre considerará a su marido como el padre de su hijo, de forma que su imaginación proporcionará al feto una combinación de su propio aspecto y el de su marido. Eso no cambiará. Y no necesito mencionar que la impresión de los nombres no estaría a disposición de las mujeres solteras.
— ¿Está usted seguro de que esto producirá niños bien formados? — preguntó Stratton — . Estoy seguro que sabe a lo que me refiero. — Todos conocían el desastroso intento del siglo anterior de crear niños mejores mediante la mesmerización de las mujeres durante su embarazo.
Ashbourne asintió.
— Tenemos la fortuna de que el ovum es muy específico en cuanto a lo que acepta. En conjunto de euónimos para cualquier especie de organismo es muy pequeño; si el orden léxico del nombre impreso no se corresponde al orden estructural de la especie, el feto resultante no crecerá. Esto no obsta a la necesidad de que la madre mantenga la serenidad durante el embarazo; la impresión del nombre no puede proteger contra la agitación materna. Pero la capacidad de selección del ovum nos permite asegurar que cualquier feto que se cree estará bien formado en todos los aspectos, excepto el que suponíamos.
Stratton se sintió alarmado. — ¿Qué aspecto es ése? — ¿No lo adivina? La única incapacidad de las ranas creadas mediante la impresión del nombre se hallaba en los machos; eran estériles, pues sus espermatozoos no contenían fetos preformados. En contraste, las hembras que se crearon eran fértiles; sus huevos podían fertilizarse tanto por la vía tradicional como mediante la repetición de la impresión del nombre. El alivio de Stratton fue considerable. — Así pues, la variante macho del nombre era imperfecta.
Presumiblemente, tiene que haber más diferencias entre las variantes macho y hembra que únicamente el epíteto sexual.
— Sólo si consideramos que la variante macho es imperfecta — dijo Ashbourne — , cosa que yo no hago.
Piénselo: aunque un macho fértil y una hembra fértil pueden parecer equivalentes, difieren radicalmente en el grado de complejidad que llevan aparejados. Una hembra con ovums viables es, de todas formas, un único organismo, mientras que un macho con espermatozoos viables es, en realidad, muchos organismos: un padre y todos sus hijos potenciales. Bajo esta luz, las dos variantes del nombre se corresponden bien con sus acciones: cada uno produce un solo organismo, pero sólo en el sexo femenino puede ser fértil un único organismo.
— Veo lo que quiere decir. — Stratton se dio cuenta de que necesitaría cierta práctica para pensar sobre la nomenclatura en términos biológicos — . ¿Han desarrollado euónimos para otras especies?
— Apenas una docena, de diversos tipos; hemos avanzado rápidamente. Acabamos de comenzar a trabajar en un nombre para la especie humana, que está resultando mucho más difícil que nuestros nombres anteriores.
— ¿Cuántos nomencladores están comprometidos con esta empresa?
— Sólo un puñado — contestó Fieldhurst — . Se lo hemos pedido a varios miembros de la Royal Society, y la Académie tiene a algunos de los mejores designateurs trabajando en ello. Entenderá que no le dé nombres en este punto, pero puedo asegurarle que tenemos a algunos de los nomencladores más distinguidos de Inglaterra ayudándonos.
— Perdone que le pregunte, pero, ¿por qué han acudido a mí? No estoy enesa categoría. — Aún no ha tenido tiempo de
hacerse una carrera — dijo Ashbourne — , pero el género de nombres que ha desarrollado es único. Los autómatas siempre han estado especializados en forma y función, como los animales: algunos trepan bien, otros cavan bien, pero ninguno hace las dos cosas. Sin embargo, los suyos pueden controlar manos humanas, que son instrumentos particularmente versátiles: ¿qué otra cosa puede manipular cualquier cosa, desde una llave inglesa hasta un piano? La destreza de la mano es la manifestación física del ingenio de lamente, y estos rasgos son esenciales para el nombre que buscamos.
— Hemos estado vigilando discretamente la investigación actual de la nomenclatura buscando nombres que demuestren una destreza acentuada — dijo Fieldhurst — . Cuando supimos lo que había conseguido, le buscamos inmediatamente.
— De hecho — continuó Ashbourne — , por la misma razón por la que sus nombres son preocupantes para los escultores, a nosotros nos interesan: dotan a los autómatas de una actitud más humana que nunca. De forma que ahora debemos preguntarle: ¿se unirá usted anosotros? Stratton se lo pensó. Ésta era quizá
la tarea más importante que un nomenclador podía emprender, y en condiciones normales hubiera aprovechado la oportunidad de participar en ella. Pero antes de que pudiera embarcarse en esta empresa con la conciencia tranquila, había otro asunto que debía resolver.
— Me honran con su invitación, pero, ¿qué hay de mi trabajo con los autómatas diestros? Sigo creyendo firmemente que los motores baratos pueden mejorar la vida de la clase obrera.
— Es un objetivo estimable — dijo Fieldhurst — , y no le podría pedir que lo abandonase. De hecho, lo primero que deseamos que haga es perfeccionar los epítetos de la destreza. Pero sus esfuerzos de reforma social quedarán en nada a menos que aseguremos previamente la supervivencia de nuestra especie.
— Obviamente, pero no quiero que se pierda el potencial para la reforma que ofrecen los nombres de destreza. Quizá nunca haya una oportunidad mejor de devolver la dignidad a los trabajadores manuales. ¿Qué clase de victoria lograríamos si la continuidad dela vida supusiera hacer caso omiso a esta oportunidad?
— Bien dicho — concedió el conde — . Permítame hacerle una propuesta. Para que pueda disponer de su tiempo de la mejor manera, la Royal Society le proporcionará el apoyo que necesite para desarrollar los autómatas diestros: asegurar inversores y todo lo demás. Confío en que dividirá su tiempo sensatamente entre los dos proyectos. Su trabajo en la nomenclatura biológica debe ser confidencial, obviamente. ¿Será esto satisfactorio?
— Lo será. Muy bien, caballero: acepto.
Se estrecharon las manos.
Habían trascurrido varias semanas desde que Stratton había cruzado con Willoughby algo más que un frío saludo al verse. De hecho, había tratado poco con ninguno de los escultores del sindicato, pues pasaba el tiempo en su despacho, volcado en su trabajo de permutaciones de letras, intentando refinar sus epítetos de destreza.
Entró en la fábrica atravesando la galería delantera, donde habitualmente los clientes examinaban el catálogo. Ese día estaba llena de autómatasdomésticos, todos del mismo modelo de asistente. Stratton vio que el encargado se aseguraba de que estuvieran correctamente etiquetados.
— Buenos días, Pierce — le dijo — . ¿Qué están haciendo todos éstos por aquí?
— Acaba de salir un nombre mejorado para el Regent — dijo el encargado — . Todo el mundo está ansioso por conseguir la novedad.
— Vas a tener una tarde ocupada. — Las llaves para abrir las ranuras del nombre de los autómatas estaban guardadas en una caja fuerte que sólo podía abrirse con la colaboración dedos directores de Coade. Los directores se mostraban reticentes ante la idea de tener la caja abierta más de un breve momento cada tarde.
— Estoy seguro de que podré terminar éstos a tiempo.
— No podrías soportar la idea de tener que decirle a una bonita criada que su asistente no estará listo mañana.
El encargado sonrió. — ¿Puede culparme por ello, señor? — No, desde luego — dijo Stratton, riendo entre dientes. Se estaba volviendo hacia los despachos tras la galería, cuando se encontró a Willoughby de frente.
— Quizá debería forzar la caja fuerte — dijo el escultor — para que las criadas no se vean incomodadas. Pues parece que su intención es destruir nuestras instituciones.
— Buenos días, maestro Willoughby — dijo Stratton rígidamente. Intentó seguir caminando, pero el otro se interpuso en su camino.
— He sido informado de que Coade va a permitir que escultores no afiliados trabajen en la fábrica con usted.
— Sí, pero le aseguro que sólo se trata de los escultores independientes de mejor reputación.
— Como si tal cosa existiera — dijo Willoughby con desprecio — . Debe usted saber que he recomendado que nuestro sindicato convoque una huelga en Coade como protesta.
— No lo estará diciendo en serio. — Hacía décadas desde que los escultores se habían puesto en huelga por última vez, y en aquella ocasión había degenerado en disturbios.
— Sí, señor. Y si el asunto se sometiera a la votación de los afiliados, estoy seguro de que se aprobaría: los otros escultores con los que he hablado de su trabajo están de acuerdo conmigo en que representa una amenaza. Sin embargo, la jefatura del sindicato noquiere someterlo a votación. — Ah, así que no están de acuerdo
con sus ideas. En este punto Willoughby frunció el
ceño. — Al parecer, la Royal Society ha
intervenido en su nombre y ha persuadido a la Hermandad para que se contenga por el momento. Ha encontrado usted poderosos patrocinadores, señor Stratton.
Incómodo, Stratton respondió: — La Royal Society considera que mis investigaciones son valiosas. — Quizá, pero no crea que este asunto termina aquí.
— Le digo que su animosidad es injustificada — insistió Stratton — . Cuando haya visto la forma en que los escultores pueden usar estos autómatas, se dará cuenta de que no representan una amenaza para su profesión.
Willoughby se limitó a mirarle ferozmente por toda respuesta y se fue.
En la siguiente ocasión que vio a Lord Fieldhurst, Stratton le preguntó sobre la implicación de la Royal Society. Estaban en el estudio de Fieldhurst, y el conde se estaba sirviendo un whiskey.
— Ah, sí — dijo — . Aunque la Hermandad de Escultores en conjunto es un enemigo formidable, está compuesta de individuos que, individualmente, se avienen más fácilmente a la persuasión.
— ¿Qué forma de persuasión? — La Royal Society sabe bien que ciertos miembros de la jefatura del sindicato formaron parte de un caso aún por resolver de piratería de nombres en el continente. Para evitar cualquier escándalo, han accedido a posponer la decisión sobre la huelga hasta después de que usted haya hecho una demostración de su sistema de manufactura. — Le agradezco su ayuda, Lord Fieldhurst — dijo Stratton, asombrado — . Debo admitir que no tenía la menor idea de que la Royal Society emplease tales tácticas.
— Obviamente, éstos no son temas adecuados para discutirlos en las sesiones generales. — Lord Fieldhurst sonrió de forma paternal — . El progreso de la ciencia no es siempre un asunto claro y transparente, señor Stratton, y la Royal Society se ve a veces obligada a hacer uso tanto de los canales oficiales como de los extraoficiales.
— Comienzo a darme cuenta. — De forma parecida, aunque la Hermandad de Escultores no convocará formalmente una huelga, puede que emplee tácticas más indirectas; por ejemplo, la distribución anónima de panfletos que provoquen la oposición de la opinión pública a sus autómatas. — Bebió de su whiskey — . Hmm. Será mejor que me encargue de que alguien vigile de cerca al maestro Willoughby.
Stratton fue alojado en el ala de invitados de la mansión Darrington, como el resto de los nomencladores que trabajaban a las órdenes de Lord Fieldhurst. Efectivamente, eran algunos de los miembros más respetados de la profesión, incluyendo a Holcombe,Milburn y Parker; Stratton se sentía honrado de trabajar con ellos, aunque no podía hacer más que pequeñas aportaciones mientras aún estuviera aprendiendo las técnicas de nomenclatura biológica de Ashbourne.
Los nombres para el campo orgánico empleaban muchos epítetos idénticos a los que se referían a los autómatas, pero Ashbourne había desarrollado un sistema completamente diferente de integración y factorización que implicaba muchos métodos novedosos de permutación. Para Stratton era casi como volver a la universidad y aprender nomenclatura partiendo de cero. Sinembargo, resultaba evidente que estas técnicas permitían desarrollar rápidamente nombres para especies; aprovechando las similaridades sugeridas por el sistema de clasificación lineano, se podía pasar de unas especies a otras.
Stratton también aprendió más sobre el epíteto sexual, usado tradicionalmente para conferir cualidades de varón o de hembra a un autómata. Sólo conocía un epíteto de esa clase, y se sorprendió al saber que era sólo la más sencilla de las muchas versiones existentes. El tema no se discutía en las sociedades de nomencladores, pero este epíteto era unode los más ampliamente investigados de la historia; de hecho, su uso más antiguo había tenido lugar, según se argumentaba, en la época bíblica, cuando los hermanos de José crearon un gólem hembra que pudieran compartir sexualmente sin violar la prohibición contra ese comportamiento con una mujer. El desarrollo del epíteto había continuado en secreto durante siglos, sobre todo en Constantinopla, y en la actualidad las versiones más modernas de las cortesanas automáticas estaban disponibles en burdeles especializados de la propia Londres. Tallados en esteatita y pulidos hasta quedar bien suaves, calentados a temperatura humana y recubiertos de aceites aromáticos, estos autómatas alcanzaban precios sólo superados por los que se ofrecían por íncubos y súcubos.
De un terreno tan innoble se alimentaba su investigación. Los nombres que animaban a las cortesanas incluían poderosos epítetos de sexualidad humana tanto en su forma masculina como femenina. Factorizando la carnalidad propia de las dos versiones, los nomencladores habían aislado epítetos para la masculinidad y la feminidad genérica humana, mucho más refinados que los usados al generar animales. Estos epítetos eran los núcleos en torno a los cuales formaban, por acrecimiento, los nombres que buscaban.
Poco a poco, Stratton absorbió suficiente información para comenzar a participar en las pruebas de posibles nombres humanos. Trabajaba en colaboración con los otros nomencladores del grupo, y entre ellos se repartían el vasto árbol de las posibilidades nominales, asignando ramas para su investigación, podando aquéllas que resultaban infructuosas, y cultivando las que parecían más productivas.
Los nomencladores pagaban a un cierto número de mujeres — habitualmente criadas jóvenes de buena salud — a cambio de sus menstruaciones, que constituían la fuente de óvulos humanos, en los que luego inscribían sus nombres experimentales y que escrutaban con sus microscopios, buscando formas que parecieran fetos humanos.
Stratton preguntó por la posibilidad de cosechar óvulos de megafetos hembra, pero Ashbourne le recordó que los óvulos sólo eran viables cuando se obtenían de una mujer viva. Era una noción básica de la biología: las hembras eran la fuente del principio vital que dotaba de vida a las crías, mientras que los varones aportaban la forma básica.
A causa de esta división, ningún sexo podía reproducirse por sí solo.
Por supuesto, esa restricción había sido superada por el descubrimiento de Ashbourne: la participación del varón ya no era necesaria, puesto que la forma podía ser aportada léxicamente. Una vez que se encontrase un nombre que pudiera generar fetos humanos, las mujeres podrían reproducirse por sí solas. Stratton se dio cuenta de que un descubrimiento así sería apreciado por las mujeres que sufrían inversión sexual, lo que las llevaba a sentir amor por personas de su mismo sexo en lugar del sexo contrario. Si el nombre estuviera a disposición de esas mujeres, podrían establecer una especie de comuna que se reprodujese a través de la partenogénesis. ¿Florecería una sociedad como ésa, al magnificar la delicada sensibilidad del bello sexo, o se vendría abajo por la patología irredenta de sus componentes? Era imposible saberlo.
Antes de que Stratton se uniese a la investigación, los nomencladores habían desarrollado nombres capaces degenerar en un óvulo formas vagamente homunculares. Usando los métodos de Dubuisson y Gille, ampliaban las formas hasta un tamaño que les permitía examinarlas con detalle; las formas parecían autómatas más que humanos, con miembros que terminaban en paletas de dedos fusionados. Al incorporar los epítetos de destreza, Stratton pudo separar los dígitos y refinar el aspecto general de las formas. A lo largo del proceso, Ashbourne subrayaba la necesidad de una vía de investigación heterodoxa.
— Piense en el aspecto termodinámico de lo que hacen lamayoría de los autómatas — dijo Ashbourne durante una de sus frecuentes discusiones — . Las máquinas mineras excavan mineral, las máquinas cosechadoras recogen trigo, las máquinas leñadoras derriban árboles; sin embargo, no se puede decir que ninguna de estas tareas, por útil que nos parezca, cree orden. Mientras que todos los nombres crean orden a nivel térmico, convirtiendo el calor en movimiento, en la vasta mayoría el trabajo resultante se aplica, a nivel visible, a la creación de desorden.
— Es una perspectiva interesante — dijo Stratton, reflexionando — . Muchas carencias largamente conocidas de las capacidades de los autómatas se vuelven comprensibles bajo esa luz: el hecho deque los autómatas sean incapaces de amontonar embalajes de forma más ordenada de como los encuentran; su incapacidad para clasificar trozos de mineral por su composición. Usted cree que las clases conocidas de nombres industriales no son suficientemente potentes en términos termodinámicos.
— ¡Exactamente! — Ashbourne mostraba la emoción de un profesor que encuentra un alumno inesperadamente aventajado — . Éste es otro rasgo que distingue a su clase de nombres diestros.
Al permitir a un autómata que realice trabajos especializados, sus nombres no sólo crean orden a nivel térmico, sino que además lo usan para crear orden a nivel visible.
— Veo que hay un paralelismo con los descubrimientos de Milburn — dijo Stratton. Milburn había desarrollado los autómatas caseros capaces de devolver objetos a sus lugares correctos — . Su trabajo también implica la creación de orden a nivel visible.
— Así es, y este paralelismo sugiere una hipótesis. — Ashbourne se inclinó hacia delante — . Suponga que fuéramos capaces de factorizar un epíteto común de los nombres desarrollados por usted y por Milburn: un epíteto que expresase la creación de dos niveles de orden. Lo que es más, suponga que descubriéramos un euónimo de la especie humana, y fuéramos capaces de incorporarle este epíteto. ¿Qué imagina que se generaría al inscribir el nombre? Y si me dice «gemelos» le daré un buen porrazo en la cabeza.
Stratton se rió. — Me atrevo a decir que le entiendo mejor de lo que supone. Usted sugiere que si un epíteto es capaz de producir dos niveles de orden termodinámico en el campo inorgánico, podría crear dosgeneraciones en el campo orgánico. Un nombre tal podría crear varones cuyos espermatozoos contendrían fetos preformados. Esos varones serían fértiles, aunque cualquier hijo que engendraran sería de nuevo estéril.
Su profesor dio una palmada. — Exactamente: ¡orden que engendra orden! Una especulación interesante, ¿no le parece? Reduciría a la mitad el número de operaciones médicas que se necesitarían para que nuestra raza se perpetuase. — ¿Y qué me dice de la posibilidad de provocar la formación de más de dos generaciones de fetos? ¿Qué tipo decapacidad tendría que poseer un autómata para que su nombre contuviera ese epíteto?
— Me temo que la ciencia de la termodinámica no ha progresado lo suficiente como para responder a esa pregunta. ¿Qué constituiría un nivel superior de orden en el dominio inorgánico? ¿Autómatas que trabajasen cooperativamente, quizá? Aún no lo sabemos, pero quizá con el tiempo lo sepamos.
Stratton enunció una pregunta que se había planteado hacía algún tiempo.
— Doctor Ashbourne, cuando fui introducido en el grupo, Lord Fieldhursthabló de la posibilidad de que las especies nazcan a consecuencia de acontecimientos catastróficos. ¿Es posible que haya especies enteras creadas mediante la nomenclatura?
— Ah, ahora nos internamos en el terreno de la teología. Una nueva especie requiere progenitores que contengan vastas cantidades de descendientes insertados en sus órganos reproductivos; tales formas representan el más alto grado de orden imaginable. ¿Puede un proceso puramente físico crear esas vastas cantidades de orden?
Ningún naturalista ha sugerido método alguno por el que esto pudierasuceder. Por otra parte, aunque sabemos que un proceso léxico puede crear orden, la creación de una especie entera requeriría un nombre de potencia incalculable. Un dominio tal de la nomenclatura podría requerir las capacidades de Dios; quizá incluso sea parte de su definición.
»Ésta es una pregunta, Stratton, cuya respuesta quizá nunca conozcamos, pero no podemos permitir que eso afecte a nuestras acciones actuales. Fuera o no un nombre el responsable de la creación de nuestra especie, creo que un nombre es la mejor posibilidad para su continuidad.
— Conforme — dijo Stratton. Tras una pausa, añadió — . Debo confesarle que durante buena parte del tiempo, cuando estoy trabajando, me ocupo únicamente de los detalles de la permutación y la combinación, y pierdo de vista la magnitud de nuestra empresa. Es impresionante pensar en lo que conseguiremos si tenemos éxito.
— Yo apenas puedo pensar en otra cosa — contestó Ashbourne.
Sentado ante su mesa en la fábrica, Stratton forzaba la vista para leer el panfleto que le habían entregado en lacalle. El texto estaba burdamente impreso, y las letras estaban borrosas.
«¿Serán los Hombres Amos de los Nombres, o los Nombres amos de los Hombres? Durante demasiado tiempo los Capitalistas han acumulado Nombres en sus cofres, guardados por Patentes y Cerrojos y Claves, amasando fortunas por la mera posesión de unas Letras, mientras que el Hombre de la Calle debe trabajar por cada chelín. Exprimirán el Alfabeto hasta extraerle el último penique, y sólo entonces nos lo dejarán usar. ¿Cuánto tiempo más Permitiremos que esto continúe?»
Stratton pasó la vista por todo el panfleto, pero no encontró nada nuevo en él. Durante los últimos dos meses los había estado leyendo, y no encontraba más que las habituales proclamas anarquistas; por el momento no había nada que demostrase la teoría de Lord Fieldhurst de que los escultores los usarían contra su trabajo. Su demostración pública de los autómatas diestros estaba prevista para la semana siguiente, y hasta entonces Willoughby había desperdiciado sus oportunidades de generar una oposición entre la opinión pública. De hecho, a Stratton se le ocurrió que él mismo podría distribuir panfletos para crearse apoyos entre el público. Podría explicar su objetivo de poner las ventajas de los autómatas al alcance de todas las personas, y su intención de mantener un control absoluto sobre las patentes de sus nombres, concediendo licencias sólo a los fabricantes que las usasen honradamente. Incluso podría utilizar un eslogan: ¿«Autonomía gracias a los Autómatas», quizá?
Llamaron a la puerta de su despacho. Stratton tiró el panfleto a la papelera.
— ¿Sí? Entró un hombre de larga barba vestido con tonos sombríos. — ¿Señor Stratton? — preguntó — .
Permítame que me presente. Mi nombre es Benjamín Roth. Soy cabalista.
Stratton se quedó sin palabras. Habitualmente, ese tipo de místicos se sentía ofendido por la consideración moderna de la nomenclatura como ciencia, tomándola por la secularización de un ritual sagrado. Nunca había esperado que uno de ellos visitase la fábrica.
— Es un placer conocerle. ¿En qué puedo ayudarle?
— He oído que ha conseguido grandes avances en la permutación de letras.
— Vaya, muchas gracias. No mehabía dado cuenta de que eso podría interesarle a alguien como usted.
Roth sonrió con incomodidad. — Mi interés no es por sus aplicaciones prácticas. El objetivo de los cabalistas es conocer mejor a Dios. El mejor medio para hacer eso es estudiar el arte mediante el cual Él crea. Meditamos sobre diferentes nombres para alcanzar un éxtasis de consciencia; cuanto más poderoso es el nombre, más cerca estamos de la Divinidad. — Ya veo. — Stratton se preguntaba cuál sería la reacción del cabalista si supiera la creación que se estaba intentando en el proyecto denomenclatura biológica — . Por favor, continúe.
— Sus epítetos de destreza permiten que un golem esculpa a otros, y por lo tanto que se reproduzca. Un nombre capaz de crear un ser que es, a su vez, capaz de crear nos acercaría a Dios más de lo que hemos estado nunca.
— Me temo que se equivoca respecto a mi trabajo, aunque no es usted el primero en caer en ese malentendido. La habilidad de manipular un molde no hace que un autómata sea capaz de reproducirse. Para eso necesitaría muchas otras habilidades.
El cabalista asintió.
— Soy perfectamente consciente de ello. Yo mismo, en el curso de mis estudios, he diseñado un epíteto que designa ciertas habilidades adicionales.
Stratton se inclinó hacia él con súbito interés. Después de fabricar un cuerpo, el siguiente paso sería animar el cuerpo con un nombre.
— ¿Su epíteto dota al autómata de la habilidad de escribir? — Su propio autómata podía aferrar fácilmente un lápiz, pero no podía inscribir ni la marca más sencilla — . ¿Cómo es que su autómata posee la destreza necesaria para caligrafiar, pero no para manipular moldes?Roth negó modestamente con la cabeza.
— Mi epíteto no dota de habilidad para la escritura, ni de destreza manual en general. Sencillamente permite que el golem escriba el nombre que lo anima, y nada más.
— Ah, ya veo. — Así que no proporcionaba la aptitud para aprender una categoría de habilidades; concedía una sola habilidad innata. Stratton intentó imaginar las contorsiones nomenclatoriales necesarias para hacer que un autómata escribiese instintivamente una secuencia de letras concreta — . Muy interesante, pero imagino que no tiene demasiadas aplicaciones, ¿verdad?
Roth le dirigió un sonrisa dolida; Stratton se dio cuenta de que había metido la pata, y que el hombre estaba intentando contestarle con buen humor.
— Ésa es una forma de verlo — admitió Roth — , pero tenemos perspectivas diferentes. Para nosotros el valor de este epíteto, como el de cualquier otro, no está en la utilidad que proporciona al golem, sino en el estado de éxtasis que nos permite alcanzar.
— Claro, claro. ¿Y su interés por mis epítetos de destreza es el mismo?
— Sí. Tengo la esperanza de que compartirá usted sus epítetos con nosotros.
Stratton nunca había oído antes que un cabalista hiciera una petición semejante, y claramente Roth no apreciaba ser el primero. Hizo una pausa para reflexionar.
— ¿Un cabalista debe alcanzar un cierto nivel para poder meditar sobre los nombres más poderosos?
— Sí, definitivamente. — De forma que ustedes restringen la disponibilidad de los nombres. — Oh, no; me disculpo por no haberle entendido bien. El estado de éxtasis ofrecido por un nombre sólopuede conseguirse una vez que se hayan dominado las técnicas de meditación necesarias, y son estas técnicas las que están severamente controladas. Sin la instrucción adecuada, los intentos de usar estas técnicas podrían provocar la locura. Pero los propios nombres, incluso los más poderosos, no tienen valor de éxtasis para un novicio; sólo pueden animar arcilla, y nada más.
— Nada más — asintió Stratton, pensando en que realmente sus perspectivas eran muy diferentes — . En ese caso, me temo que no puedo concederle el uso de mis nombres.
Roth asintió tristemente, como sihubiera estado esperando esa respuesta. — Deseará usted que le paguemos
derechos de autor. Ahora fue el turno de Stratton de
hacer como si no hubiera notado la metedura del pata del otro hombre.
— El dinero no es mi objetivo. Sin embargo, tengo intenciones específicas para mis autómatas diestros que requieren que conserve el control de la patente. No puedo poner en peligro estos planes distribuyendo de forma indiscriminada estos nombres. — Por supuesto, los había compartido con los nomencladores que trabajaban a las órdenes de Lord Fieldhurst, pero erantodos caballeros que habían jurado guardar un secreto aún mayor. Los místicos le producían menos confianza.
— Le aseguro que no usaríamos su nombre para ninguna otra cosa distinta de las prácticas de éxtasis.
— Lo lamento; creo que es usted sincero, pero el riesgo es demasiado grande. Lo más que puedo hacer es recordarle que la patente tiene una duración limitada; cuando haya expirado, serán ustedes libres de usar el nombre como les convenga.
— ¡Pero pasarán años antes de eso! — No dudo que apreciará usted que hay otras personas cuyos intereses deben tenerse en cuenta. — Lo que veo es que las
consideraciones comerciales constituyen un obstáculo para el despertar espiritual.
Hay sido un error por mi parte esperar cualquier otra cosa.
— No está siendo usted justo — protestó Stratton.
— ¿Justo? — Roth hizo un esfuerzo visible para contener su ira — . Ustedes, los nomencladores, roban técnicas cuyo fin es honrar a Dios y las usan para su propio provecho. Su industria entera prostituye las técnicas de la yezirah. No está usted en posición de hablar de justicia.
— Vamos, no creo… — Gracias por hablar conmigo. — Con esto, Roth se despidió. Stratton suspiró.
Mirando por el microscopio, Stratton hizo girar la ruedecilla del manipulador hasta que la aguja se apretó contra un lado del óvulo. Se produjo un repentino repliegue, como la retracción de la pata de un molusco cuando se la toca, y la esfera se transformó en un feto diminuto. Stratton apartó la aguja de la placa, retiró ésta del armazón e insertó una nueva. Luego transfirió la placa a lacalidez de la incubadora y colocó la otraplaca, que contenía un óvulo humanointacto, bajo el microscopio. Una vezmás se inclinó sobre el microscopiopara repetir el proceso de impresión.
Los nomencladores acababan dedesarrollar un nombre capaz de produciruna forma indistinguible de la de un fetohumano. Las formas, sin embargo, no seanimaban: permanecían inmóviles y norespondían a los estímulos. Laconclusión común era que el nombre nodescribía adecuadamente los rasgos nofísicos de un ser humano. Así pues,Stratton y sus colegas habían estadorecopilandodiligentementedescripciones de los rasgos inequívocamente humanos, intentando destilar un conjunto de epítetos que fueran al mismo tiempo tan expresivos que denotasen estas cualidades, y tan sucintos que pudieran ser integrados con los epítetos físicos en un nombre de setenta y dos letras.
Stratton transfirió la última placa a la incubadora y realizó las anotaciones apropiadas en el libro de registro.
Por el momento no tenía más nombres insertados en agujas, y pasaría un día antes de que los nuevos fetos alcanzasen la madurez suficiente para comprobar si se animaban. Decidió pasar el resto de la tarde en el salón de arriba.
Al entrar en la habitación cubierta de paneles de nogal, encontró a Fieldhurst y Ashbourne sentados en sillones de cuero, fumando puros y bebiendo brandy.
— Ah, Stratton — dijo Ashbourne — . Siéntese con nosotros.
— Creo que lo haré — dijo Stratton, dirigiéndose al armarito de los licores. Se sirvió un brandy de un de cantador de cristal y se sentó con los otros.
— ¿Viene del laboratorio, Stratton? — le preguntó Fieldhurst.
Stratton asintió.
— Hace unos minutos realicé impresiones con mi conjunto de nombres más reciente. Creo que mis últimas permutaciones nos llevan en la buena dirección.
— No es usted el único que se siente optimista; el doctor Ashbourne y yo estábamos precisamente hablando de lo mucho que ha mejorado la perspectiva desde que comenzó esta empresa. Ahora parece que dispondremos de un euónimo con amplia anticipación respecto a la última generación. — Fieldhurst aspiró el humo de su puro y se recostó en el sillón hasta que su cabeza reposó sobre el anti macasar — . Este desastre puede,finalmente, resultar ser una ventaja inesperada.
— ¿Una ventaja? ¿Cómo es posible? — Fácil, una vez que tengamos la reproducción humana bajo nuestro control, contaremos con un medio para evitar que los pobres tengan esas familias tan enormes que tantos de ellos insisten en seguir produciendo ahora mismo. Stratton se quedó atónito, pero intentó que no se le notase. — No había pensado en eso — dijo cuidadosamente. Ashbourne también parecía ligeramente sorprendido.
— No sabía que pretendiera usted ejecutar una medida de ese tipo.
— Pensé que era prematuro mencionarla antes — dijo Fieldhurst — . El cuento de la lechera, como se suele decir.
— Por supuesto. — Estarán ustedes de acuerdo conmigo en que el potencial es extraordinario. Ejerciendo un buen juicio a la hora de elegir a quién se le permitirá engendrar hijos y a quién no, nuestro gobierno podría conservar la pureza racial de nuestra nación. — ¿Es que nuestra pureza racial está amenazada? — preguntó Stratton.
— Quizá se haya percatado de que las clases bajas se están reproduciendo a una tasa que supera la de la nobleza y la alta burguesía. Aunque los plebeyos tienen sus virtudes, les falta refinamiento e intelecto. Estas formas de pobreza mental se reproducen: una mujer nacida en la penuria no podrá evitar gestar un hijo con el mismo destino. Como consecuencia de la gran fecundidad de las clases bajas, nuestra nación se vería finalmente ahogada por patanes y zoquetes.
— ¿De forma que se evitará que las clases bajas dispongan de la impresión de nombres? — No completamente, y desde luego no en un primer momento: cuando se conozca la verdad sobre el descenso de la fertilidad, negar a las clases bajas el acceso a la impresión de nombres supondría una invitación a los disturbios. Y, por supuesto, las clases bajas tienen un papel que interpretar en nuestra sociedad, mientras su número se mantenga limitado. Me imagino que esta medida se hará efectiva sólo al cabo de un cierto número de años, para cuando la gente se haya acostumbrado a que la impresión de nombres sea el método de fertilización. En ese punto, quizá en coordinación con la renovación delcenso, podemos imponer límites al número de hijos que se permitiría tener a una determinada pareja. El gobierno regularía a partir de ese momento el crecimiento y la composición de la población.
— ¿Cree que ése es el uso más apropiado para un nombre como el que buscamos? — preguntó Ashbourne — .
Nuestro objetivo era la supervivencia de la especie, no la ejecución de una política partidista.
— Al contrario, esto es puramente científico. De la misma forma que es nuestro deber asegurar la supervivencia de la especie, también lo es garantizarsu salud mediante el mantenimiento de un equilibro adecuado de población. La política no tiene nada que ver; si la situación se invirtiera y hubiera una escasez de trabajadores, deberíamos aplicar la medida opuesta.
Stratton aventuró una sugerencia. — Me pregunto si la mejora de las condiciones de vida de los pobres podría finalmente hacer que gestasen hijos más refinados. — Está usted pensando en los cambios que traerán sus máquinas baratas, ¿verdad? — preguntó Fieldhurst con una sonrisa, y Stratton asintió — . Las reformas que usted propone y las míaspueden reforzarse mutuamente. Moderar el número de las clases
bajas debería facilitar el que mejoren sus condiciones de vida. Sin embargo, no espere que un mero incremento de las posibilidades económicas mejore la mentalidad de las clases bajas.
— Pero, ¿por qué no? — Olvida usted la naturaleza autoperpetuable de la cultura — dijo Fieldhurst — . Hemos visto que todos los megafetos son idénticos, y sin embargo no puede negarse que existen diferencias entre las poblaciones de las naciones, tanto en apariencia física como en temperamento. Esto no puede ser másque resultado de la influencia materna: el útero de la madre es el recipiente en el que se encarna el ambiente social. Por ejemplo, una mujer que haya vivido entre prusianos naturalmente dará a luz a un niño con rasgos prusianos; de esta forma el carácter nacional de esa población se ha perpetuado durante siglos, a pesar de los cambios de la fortuna. Sería poco realista pensar que los pobres son diferentes.
— Como zoólogo, sin duda conoce usted estas cuestiones más profundamente que nosotros — dijo Ashbourne, pidiendo silencio a Stratton con la mirada — . Nos someteremos a su juicio. Durante el resto de la tarde la
conversación se dirigió por otros derroteros, y Stratton hizo lo que pudo para disimular su incomodidad y mantener una fachada de cordialidad. Finalmente, después de que Fieldhurst se hubiera retirado, Stratton y Ashbourne bajaron al laboratorio para intercambiar impresiones.
— ¿A qué clase de hombre hemos accedido a ayudar? — exclamó Stratton en cuanto cerraron la puerta — . ¿Un hombre que querría criar a la gente como ganado?
— Quizá no deberíamos estar tan sorprendidos — dijo Ashbourne con un suspiro. Se sentó en uno de los taburetes del laboratorio — . El objetivo de nuestro grupo ha sido duplicar en los humanos un procedimiento que sólo se aplicaba a los animales.
— ¡Pero no a costa de la libertad individual! No puedo formar parte de esto.
— No se apresure. ¿Qué habría conseguido si abandona el grupo? En la medida en que sus esfuerzos contribuyen a la empresa de nuestro grupo, su dimisión sólo serviría para poner en peligro el futuro de la especie humana. Inversamente, si el grupo consigue suobjetivo sin su ayuda, las medidas de Lord Fieldhurst serán igualmente aplicadas.
Stratton intentó calmarse. Ashbourne tenía razón; de eso se daba cuenta. Al cabo de un momento, dijo:
— Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer? ¿Hay otros con quienes podamos ponernos en contacto, miembros del Parlamento que se opondrían a la medida que Lord Fieldhurst propone?
— Supongo que la mayoría de la nobleza y la alta burguesía compartirá la opinión de Lord Fieldhurst en este asunto. — Ashbourne dejó caer la frente sobre la punta de los dedos de unamano, con aspecto repentinamente envejecido — . Debería haber anticipado esto. Mi error fue considerar a la humanidad solamente como una única especie. Al haber visto a Francia e Inglaterra trabajar para un fin común, olvidé que las naciones no son las únicas facciones contrapuestas.
— ¿Y si distribuyésemos el nombre subrepticiamente a las clases obreras? Podrían crear sus propias agujas y realizar sus propias impresiones en secreto.
— Podrían, pero la impresión de nombres es un procedimiento delicado que se realiza idealmente en laboratorio.
Dudo que la operación pudiera llevarse a cabo a la escala necesaria sin que atraiga la atención del gobierno, y luego caiga en sus manos.
— ¿Existe alguna alternativa? Hubo un largo silencio mientras reflexionaban. Entonces Ashbourne dijo: — ¿Recuerda nuestra especulación acerca de un nombre que pudiera producir dos generaciones de fetos? — Desde luego. — Imagine que desarrollamos ese nombre pero no revelamos esta propiedad cuando se lo presentemos a Lord Fieldhurst. — Es una sugerencia astuta — dijoStratton, sorprendido — . Todos los niños nacidos de ese nombre serían fértiles, de forma que podrían reproducirse sin restricciones gubernamentales.
Ashbourne asintió. — En el periodo anterior a que se pongan en marcha las medidas de control de la población, ese nombre podría distribuirse muy ampliamente. — Pero, ¿y la siguiente generación? La esterilidad volvería, y las clases obreras volverían a depender del gobierno para reproducirse. — Cierto — dijo Ashbourne — , sería una victoria limitada. Quizá la única solución permanente fuera contar con unParlamento más liberal, pero sugerir cómo podemos lograr eso está más allá de mis conocimientos.
Una vez más, Stratton pensó en los cambios que las máquinas baratas podrían traer; si la situación de la clase obrera mejoraba de la forma en que esperaba, eso podría demostrar a la nobleza que la pobreza no era innata.
Pero incluso si a eso le seguía la secuencia más favorable posible de acontecimientos, tardarían años en cambiar la posición del Parlamento.
— ¿Y si pudiéramos producir múltiples generaciones con sólo la impresión inicial del nombre? Unperiodo mayor antes de que volviera la esterilidad podría aumentar las posibilidades de que se aplicasen políticas sociales más liberales.
— Está usted dejándose llevar por la imaginación — contestó Ashbourne — . La dificultad técnica de producir generaciones múltiples es tal que antes apostaría que sería más fácil hacer que nos brotasen alas y echar a volar.
Producir dos generaciones sería ya bastante ambicioso.
Los dos hombres discutieron diversas estrategias hasta altas horas de la noche. Si iban a esconder el nombre auténtico de cualquier nombre que presentasen a Lord Fieldhurst, tendrían que falsificar un largo rastro de resultados de las investigaciones. Incluso sin la carga adicional del secretismo, se verían envueltos en una carrera desigual, persiguiendo un nombre altamente sofisticado mientras que los otros nomencladores buscaban un euónimo comparativamente más sencillo. Para hacer que sus posibilidades fueran mayores, Ashbourne y Stratton necesitarían reclutar a otros para su causa; con su ayuda, incluso podría ser posible obstaculizar sutilmente la investigación de los demás.
— ¿Quién del grupo cree usted que comparte nuestras opiniones políticas? — preguntó Ashbourne.
— Estoy seguro de que Milburn. No lo sé con seguridad de ninguno de los demás.
— No nos arriesgaremos. Debemos ser aún más cautos cuando nos aproximemos a los posibles miembros de lo que lo fue Lord Fieldhurst cuando estableció inicialmente el grupo.
— De acuerdo — dijo Stratton. Luego sacudió la cabeza con incredulidad — . Aquí estamos, formando una organización secreta inserta dentro de una organización secreta. Ojalá se pudieran producir fetos con la misma facilidad.
Al atardecer del día siguiente, Stratton paseaba ante la puesta de sol por el puente de Westminster mientras los últimos vendedores ambulantes que quedaban se alejaban empujando sus carretillas de fruta. Acababa de cenar en su club favorito y estaba caminando hacia Manufacturas Coade. La noche anterior en la mansión Darrington le había intranquilizado, y había vuelto ese día a Londres para reducir al mínimo sus encuentros con Lord Fieldhurst hasta que estuviera seguro de que su cara no traicionaría sus auténticos sentimientos.
Volvió a pensar en la conversación en la que Ashbourne y él habían considerado por primera vez la posibilidad de factorizar un epíteto para crear dos niveles de orden. En aquel momento había hecho algunos esfuerzos para encontrar ese epíteto, pero eran intentos ocasionales, dada la naturaleza superflua del objetivo, y no habían dado fruto. Ahora su noción de éxito había sido reexaminada y aumentada: su objetivo anterior no era adecuado, dos generaciones parecían el mínimo aceptable, y cualquier generación adicional sería preciosa.
Una vez más, repasó el comportamiento termodinámico provocado por sus autómatas diestros:el orden a nivel térmico animaba a los autómatas, permitiéndoles crear orden a nivel visible. Orden que engendraba orden.
Ashbourne había sugerido que el siguiente nivel de orden podrían constituirlo los autómatas que trabajasen juntos de forma coordinada. ¿Era eso posible? Tendrían que comunicarse para poder trabajar juntos de forma eficiente,pero los autómatas eran intrínsecamente mudos. ¿Qué otros medios había paraque los autómatas pudieran emprender comportamientos complejos?
De repente se dio cuenta de que había llegado a Manufacturas Coade. Para entonces ya había oscurecido, pero conocía bien el camino hasta su despacho. Stratton abrió la puerta principal del edificio y avanzó por la galería, pasando ante los despachos comerciales.
Cuando llegó al pasillo que recorría los despachos de los nomencladores, vio una luz que salía de la ventana de cristal esmerilado de la puerta de su despacho. ¿Era posible que se hubiera dejado el gas encendido? Abrió la puerta para entrar, y se estremeció ante lo que vio al otro lado.
Un hombre yacía boca abajo en el suelo ante la mesa, con las manos atadas a la espalda. Stratton se acercó inmediatamente para ver cómo estaba. Era Benjamín Roth, el cabalista, y estaba muerto. Stratton se dio cuenta de que tenía varios dedos rotos; le habían torturado antes de matarle.
Pálido y tembloroso, Stratton se incorporó, y vio que su despacho estaba sumido en una absoluta confusión.
Las estanterías de su librería estaban vacías; los libros yacían dispersos y abiertos sobre el suelo de madera de roble. Su mesa había sido barrida; junto a ella estaban apilados sus cajones de tiradores de latón, vacíos y volcados.
Un rastro de papeles dispersos conducía hasta la puerta abierta de su estudio; aturdido, Stratton avanzó para ver lo que habían hecho allí.
Su autómata diestro había sido destruido; la mitad inferior yacía en el suelo, y el resto estaba esparcido en forma de fragmentos de escayola y polvo. Sobre la mesa de trabajo, los modelos de arcilla de las manos estaban aplastados, y sus bocetos de su diseño habían sido arrancados de las paredes. Las cubas para mezclar la escayola estaban llenas hasta rebosar con los papeles de su despacho. Stratton miró más de cerca, y vio que habían sido embadurnados con aceite para lámpara.
Oyó un ruido a su espalda y se dio la vuelta hacia el despacho. La puerta de entrada del despacho se cerró y un hombre de hombros anchos dio un paso adelante; había estado tras ella desde que Stratton había llegado.
— Me alegra que haya venido — dijo el hombre. Examinó a Stratton con la mirada depredadora de una rapaz, de un asesino.
Stratton echó a correr por la puerta trasera del estudio y a lo largo del pasillo de atrás. Podía oír al hombre emprender su persecución.
Huyó a través del edificio en sombras, cruzando salas de trabajo llenas de barras de cobre y de hierro, crisoles y moldes, todas iluminadas por la luz de la luna que entraba por las claraboyas del techo; había entrado en la parte de fabricación metálica de la fábrica. En la siguiente sala se detuvo para recobrar el aliento, y se dio cuenta del eco que debían de haber producido sus pisadas; intentar pasar desapercibido le daría una mayor oportunidad de escapar que correr. A lo lejos oyó detenerse las pisadas de superseguidor; el asesino había optado también por el sigilo.
Stratton miró a su alrededor buscando un lugar donde esconderse. A su alrededor había autómatas de hierro forjado en diversas etapas de acabado; estaba en la última sala, donde los restos de la forja se recortaban y las superficies se adornaban con grabados. No había lugar donde esconderse, y estaba a punto de seguir adelante cuando vio lo que parecía un hato de rifles montado sobre piernas. Miró más de cerca y reconoció que era una máquina militar.
Estos autómatas se construían para el Ministerio de Guerra: soportes que apuntaban sus propios cañones, y rifles de disparo rápido, como éste, que hacían girar sus propios conjuntos de rifles. Artefactos desagradables, pero habían resultado valiosísimos en Crimea; su inventor había recibido un título nobiliario. Stratton no conocía ningún nombre que animase el arma — eran secretos militares — , pero sólo el cuerpo sobre el que estaba montado el rifle era automático; el mecanismo de disparo del rifle era estrictamente mecánico. Si pudiera apuntar el cuerpo en la dirección apropiada, podría disparar el rifle manualmente.
Se maldijo por su estupidez. Ahí no había ninguna munición. Pasó en silencio a la sala siguiente.
Era la sala de embalaje, llena de cajas de pino y paja de embalar. Agachado entre las cajas, se movió hasta la pared opuesta. A través de las ventanas vio el patio tras la fábrica en el que se expedían los autómatas terminados. No podía salir por ese lado; las puertas del patio estaban cerradas de noche. La única salida posible era por la puerta principal de la fábrica, pero se arriesgaba a toparse con el asesino si volvía sobre sus pasos.
Necesitaba cruzar hasta la parte de fabricación cerámica y volver atravesando ese lado de la fábrica.
Desde la parte delantera de la sala de embalaje le llegó el sonido de unos pasos. Stratton se agachó tras una hilera de cajas, y entonces vio una puerta lateral a sólo unos pocos metros. Tan sigilosamente como pudo, abrió la puerta, entró y la cerró tras él. ¿Le habría oído su perseguidor? Atisbó a través de una pequeña reja en la puerta; no podía ver al hombre, pero creía que había pasado desapercibido. El asesino estaba probablemente registrando la sala de embalaje.
Stratton se giró, y de inmediato sedio cuenta de su error. La puerta a la parte de cerámica estaba en la pared de enfrente. Había entrando en un almacén, lleno con filas de autómatas terminados, pero sin ninguna otra salida.
No había forma de echar el cerrojo a la puerta. Se había metido en un callejón sin salida.
¿Había alguna cosa en la habitación que pudiera usar como arma? La colección de autómatas incluía algunas achaparradas máquinas mineras, cuyos miembros anteriores terminaban en enormes zapapicos, pero las herramientas estaban atornilladas a sus miembros. No había forma de que pudiera coger una. Stratton oía al asesino abriendo
puertas laterales y registrando otros almacenes. Entonces vio un autómata apartado a un lado: un porteador que se usaba para mover el inventario de un lado a otro. Era de forma antropomorfa, el único autómata del almacén que era de ese tipo. Se le ocurrió una idea.
Stratton miró la parte trasera de la cabeza del porteador. Los nombres de los porteadores eran de dominio público desde hacía mucho tiempo, así que no había cerraduras que protegieran la ranura para su nombre; una etiqueta de pergamino sobresalía de la ranura horizontal en el hierro. Buscó en el bolsillo de su abrigo el lápiz y la libreta que siempre llevaba encima y arrancó un pequeño trozo de hoja en blanco. En la oscuridad escribió rápidamente setenta y dos letras que formaban una combinación familiar, y luego dobló el papel hasta formar un cuadrado bien prieto.
— Ve y quédate lo más cerca de la puerta que puedas — susurró al portador. La figura de hierro echó a andar y se dirigió hacia la puerta. Su paso era muy preciso, pero no veloz, y el asesino entraría en el almacén en cualquier momento — . ¡Más rápido! — siseó Stratton, y el porteador obedeció. Justo cuando llegaba a la puerta,
Stratton vio a través de la rejilla que su perseguidor estaba al otro lado.
— Quítate de en medio — ladró el hombre.
Tan obediente como siempre, el autómata se detuvo para dar un paso atrás cuando Stratton le arrancó el nombre. El asesino comenzó a empujar la puerta, pero Stratton pudo insertar el nuevo nombre, apretando el cuadrado de papel en la ranura tan profundamente como pudo.
El porteador volvió a caminar hacia delante, esta vez con un paso rápido y rígido: su muñeco de infancia, ahora de tamaño real. De forma inmediata, tropezó con la puerta e, indiferente, la mantuvo cerrada con la fuerza de su marcha, mientras las manos de hierro dejaban marcas nuevas en la superficie de roble de la puerta con cada oscilar de sus brazos, y sus pies calzados de goma rascaban pesadamente el suelo de ladrillo. Stratton se retiró al fondo del almacén.
— ¡Párate! — ordenó el asesino — . ¡Deja de caminar! ¡Párate!
El autómata siguió marchando, indiferente a todas las órdenes. El hombre empujó la puerta, pero sin resultado. Intentó entonces hacerla ceder tomando carrerilla y empujando con el hombro, y cada impacto hizo que el autómata se desplazase ligeramente hacia atrás, pero sus rápidas zancadas le volvían a llevar hacia delante antes de que el hombre pudiera colarse dentro. Hubo una breve pausa, y entonces algo asomó por la rejilla de la puerta; el hombre la estaba arrancando con una palanca. La rejilla se liberó abruptamente, dejando una ventana abierta. El hombre pasó el brazo por ella y alcanzó la parte trasera de la cabeza del autómata, buscando con los dedos el nombre cada vez que su cabezas e inclinaba hacia delante, pero no había nada que pudieran aferrar; el papel estaba metido muy dentro de la ranura.
El brazo se retiró. La cara del asesino apareció en la ventana.
— Se cree muy listo, ¿eh? — gritó. Luego desapareció.
Stratton se relajó ligeramente. ¿Se había rendido aquel hombre? Pasó un minuto, y Stratton comenzó a pensar en su siguiente movimiento. Podía esperar allí hasta que la fábrica abriese; habría demasiada gente alrededor para que el asesino se quedase.
De repente el brazo del hombre volvió a aparecer en la ventana, esta vez llevando un jarro de fluido. Lo derramó sobre la cabeza del autómata, y el líquido lo manchó y corrió por su espalda. El brazo del hombre se retiró, y entonces Stratton oyó el sonido de una cerilla al encenderse. El brazo volvió a surgir portando la cerilla, y la aplicó al autómata.
El almacén se inundó de luz cuando la cabeza y la parte superior de la espalda del autómata estallaron en llamas. El hombre lo había embadurnado con aceite para lámpara. Stratton miró el espectáculo entrecerrando los ojos; la luz y las sombras bailaban sobre el suelo y las paredes, transformando el almacén en el lugar de celebración de alguna ceremonia druídica. El calor hizo que el autómata apresurara su asalto indiscriminado contra la puerta, como un sacerdote salamandrita que bailase con frenesí creciente, hasta que se detuvo abruptamente: su nombre se había prendido, y las letras se estaban consumiendo.
Las llamas se fueron apagando poco a poco, y para los ojos de Stratton, que se habían vuelto a acostumbrar a la luz, la sala parecía casi completamente oscura. Más por el sonido que por la vista, se dio cuenta de que el hombre estaba empujando de nuevo la puerta, esta vez forzando al autómata a retirarse lo suficiente para que él pudiera entrar.
— Ya basta de tonterías. Stratton intentó pasar a su lado corriendo, pero el asesino le atrapó fácilmente y le derribó de un porrazo en la cabeza. Volvió en sí casi al instante, pero para entonces el asesino le había colocado boca abajo sobre el suelo, con una rodilla apretada contra su espalda. El hombre arrancó el amuleto de salud de las muñecas de Stratton y luego le ató las manos a la espalda, apretando tanto la cuerda que las fibras de cáñamo rascaron la piel de sus muñecas. — ¿Qué especie de hombre es usted,
para hacer algo como esto? — jadeó Stratton, con la mejilla aplastada contra el suelo de ladrillo.
El asesino rió entre dientes. — Los hombres no son diferentes de sus autómatas; entréguele a un tipo un trozo de papel con las cifras adecuadas en él, y hará lo que le ordene. La sala se iluminó cuando el hombre encendió una lámpara de aceite. — ¿Qué me dice si le pago más para que me deje en paz? — No puede ser. Tengo que pensar en mi reputación, ¿no le parece? Ahora,vamos a lo nuestro. Tomó el dedo meñique de la mano
izquierda de Stratton y sin un gesto se lo rompió.
El dolor le conmocionó, era tan intenso que por un momento Stratton no percibió nada más. Sabía lejanamente que había soltado un grito. Entonces volvió a oír la voz del hombre.
— Ahora responda claramente a mis preguntas. ¿Guarda copias de su trabajo en su casa?
— Sí. — Sólo podía emitir las palabras de una en una — . En mi mesa. En el estudio.
— ¿No hay otras copias escondidas en ninguna otra parte? ¿Bajo el suelo, quizá?
— No. — Su amigo de arriba no tenía copias. Pero, ¿quizá otra persona las tiene? No podía dirigir al hombre a la mansión Darrington. — Nadie. El hombre sacó la libreta del bolsillo del abrigo de Stratton. Stratton podía oír cómo pasaba ociosamente las páginas. — ¿No ha mandado ninguna carta? ¿Correspondencia entre colegas, ese tipo de cosas? — Nada que nadie pueda usar para reconstruir mi trabajo.
— Me está mintiendo. — El hombre aferró el anular de Stratton.
— ¡No! ¡Es la verdad! — No pudo evitar que la histeria asomase a su voz.
Entonces Stratton oyó un golpe agudo, y la presión sobre su espalda desapareció. Con cuidado, levantó la cabeza y miró a su alrededor. Su asaltante yacía inconsciente en el suelo a su lado. De pie junto a él estaba Davies, con una cachiporra de cuero en la mano.
Davies se guardó el arma y se acuclilló para desatar la cuerda que ataba a Stratton.
— ¿Está herido, señor? — Me ha roto un dedo. Davies, ¿cómo ha sabido…? — Lord Fieldhurst me envió en cuanto supo a quién había recurrido Willoughby. — Gracias a Dios que llegó usted a tiempo. — Stratton notó la ironía de la situación (su rescate se debía al mismo hombre contra el que conspiraba), pero se sentía demasiado agradecido para que le importase. Davies ayudó a Stratton a levantarse y le entregó su libreta. Luego usó la cuerda para atar al asesino. — Primero entré en su despacho.
¿Quién es el tipo que hay allí? — Su nombre es… era Benjamín
Roth. — Stratton consiguió narrar su encuentro anterior con el cabalista — . No sé lo que estaba haciendo aquí.
— Muchas personas de inclinaciones religiosas tienen algo de fanáticos — dijo Davies, comprobando los nudos del asesino — . Como usted no quería darle su trabajo, probablemente pensó que era de justicia que lo tomase él mismo. Fue a su despacho para buscarlo, y tuvo la mala suerte de estar allí cuando este tipo llegó.
Stratton sintió un súbito remordimiento.
— Debería haberle dado a Roth lo que me pidió.
— Usted no podía saber que pasaría esto.
— Es una injusticia escandalosa que muriese precisamente él. No tenía nada que ver con este asunto.
— Siempre sucede así, señor. Vamos, deje que me ocupe de su mano.
Davies vendó y entablilló el dedo de Stratton, asegurándole que la Royal Society se encargaría discretamente de cualquier consecuencia de los acontecimientos de esa noche.
Recogieron los papeles manchados de aceite del despacho y los metieron en un baúl para que Stratton pudiera revisarlos a su gusto fuera de la fábrica.
Cuando terminaron, llegó un carruaje para llevarse a Stratton a la mansión Darrington; había salido al mismo tiempo que Davies, que había cabalgado hasta Londres en una máquina de carreras. Stratton subió al carruaje con el baúl de papeles, mientras que Davies se quedaba en la fábrica para encargarse del asesino y disponer lo necesario para el cadáver del cabalista.
Stratton pasó el viaje bebiendo de una botellita de brandy, intentando sosegar sus nervios. Sintió un gran alivio cuando llegó a la mansión Darrington; aunque contenía su propia clase de amenazas, Stratton sabía que allí estaría a salvo de ser asesinado. Para cuando llegó a su habitación, su pánico se había convertido en cansancio, y durmió profundamente.
A la mañana siguiente se sentía mucho más sereno, y listo para empezar a ordenar su baúl lleno de papeles.
Mientras los disponía en montones, reconstruyendo aproximadamente su organización original, Stratton encontró una libreta que no reconoció. Sus páginas contenían letras hebreasdispuestas en los esquemas familiares de la integración y la factorización nominal, pero todas las notas estaban también en hebreo. Con una nueva punzada de culpabilidad, se dio cuenta de que debía de pertenecer a Roth; el asesino debía de haberla encontrado en su cadáver y la había arrojado junto con los papeles de Stratton para quemarlos.
Estuvo a punto de dejarla a un lado, pero su curiosidad fue más fuerte: nunca había visto antes una libreta de cabalista. Buena parte de la terminología era abstracta, pero podía entenderla lo suficiente; entre los ensalmos y los diagramas sefiróticos,encontró el epíteto que permitía a un autómata escribir su propio nombre. Al leerlo, Stratton se dio cuenta de que el logro de Roth era más elegante de lo que había pensado.
El epíteto no describía un conjunto específico de acciones físicas, sino la idea general de reflexividad. Un nombre que incluyese el epíteto se convertía en un autónimo: un nombre que se autodesignaba. Las notas indicaban que ese nombre expresaría su naturaleza léxica por cualquier medio que permitiese el cuerpo. El cuerpo animado ni siquiera necesitaría manos para escribir su nombre; si el epíteto seincorporaba adecuadamente, un caballo de porcelana podría, probablemente, realizar la tarea arrastrando un casco sobre la tierra.
Combinado con uno de los epítetos de destreza de Stratton, el epíteto de Roth permitiría a un autómata hacer la mayor parte de los actos necesarios para reproducirse. Un autómata podría fabricar un cuerpo idéntico al suyo, escribir su propio nombre, e insertarlo para animar el cuerpo. No podría enseñarle escultura al nuevo, sin embargo, puesto que los autómatas no podían hablar. Un autómata que pudiera reproducirse realmente sin ayudahumana quedaba fuera de lo posible, pero haberse acercado tanto hubiera causado sin duda gran placer a los cabalistas.
Parecía injusto que los autómatas fueran mucho más fáciles de reproducir que los humanos. Era como si el problema de reproducir autómatas necesitase ser resuelto sólo una vez, mientras que el de reproducir humanos era una tarea de Sísifo, pues cada generación adicional aumentaba la complejidad del nombre que se requería.
Y de repente Stratton se dio cuenta de que no necesitaba un nombre que doblase la complejidad física, sino uno que permitiese la duplicación léxica.
La solución era imprimir en el óvulo un autónimo, y de esa manera producir un feto que albergase su propio nombre.
El nombre tendría dos versiones, tal y como se había propuesto originalmente: uno usado para producir fetos varones, y otro para los fetos hembra. Las mujeres concebidas con este sistema serían tan fértiles como siempre. Los hombres concebidos con este sistema también serían fértiles, pero no de la forma habitual: sus espermatozoos no contendría fetos preformados, sino que albergarían en su lugar uno de dos nombres en su superficie, la autoexpresión de los nombres aportados originalmente por las agujas de cristal. Y cuando estos espermatozoos alcanzasen un óvulo, el nombre provocaría la creación de un nuevo feto. La especie sería capaz de reproducirse sin intervención médica, porque portaría el nombre en sí misma.
El doctor Ashbourne y él habían pensado que la creación de animales capaces de reproducirse suponía dotarles de fetos preformados, porque ése era el método empleado por la naturaleza. En consecuencia, habían pasado por alto otra posibilidad: que si una criatura podía expresarse en un nombre, reproducir esa criatura era equivalente a trascribir ese nombre. Un organismo podía contener, en lugar de un análogo diminuto de su cuerpo, una representación léxica.
La humanidad se convertiría en vehículo del nombre, además de su producto. Cada generación sería al mismo tiempo contenido y continente, un eco en una reverberación autosostenida.
Stratton imaginó un día en el que la especie humana pudiera sobrevivir tanto tiempo como su propio comportamiento lo permitiese, en el que pudiera alzarse o caer sólo a causa de sus propias acciones, y no desvanecerse sencillamente una vez que hubiera pasado un periodo de vida predeterminado. Otras especies podían florecer y marchitarse como flores a lo largo de las estaciones del tiempo geológico, pero los humanos perdurarían tanto tiempo como decidiesen.
Ni tampoco sucedería que un grupo de gente controlase la fecundidad de otro; en el campo de la procreación, al menos, se devolvería la libertad a cada individuo. Ésta no era la aplicación que Roth había pensando para su epíteto, pero Stratton esperaba que los cabalistas la considerasen valiosa. Para cuando el poder real del autónimo se hiciera evidente, una generación entera, formada por millones de personas en todo el mundo, habría nacido del nombre, y no habría forma de que ningún gobierno pudiera controlar su reproducción. Lord Fieldhurst, o su sucesor, se sentiría escandalizado, y finalmente habría que pagar un precio, pero Stratton se dio cuenta de que podía aceptarlo.
Se apresuró a sentarse a su mesa, donde abrió su propia libreta y la de Roth lado a lado. En una página en blanco, comenzó a anotar ideas sobre cómo se podría incluir el epíteto de Roth en un euónimo humano. En su mente, Stratton ya estaba trasponiendo las letras, buscando una permutación que denotase tanto el cuerpo humano como a sí misma, una codificación ontogénica para la especie.

yo gritéeeéeeeéeeé: ¡ay! la culeeeeeebra…

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