Cambiar de Reloj al Volver:

Quiero recostarme para que la gravedad le impida el trabajo a las lágrimas; escribir, tal vez, ese remedio que cada vez da menos resultado. Las motos suenan con sus motores con todas las revoluciones, un pájaro enfermo por el aire sucio canta desesperado, y luego, silencio, por muy poco tiempo. Alguien habla y otro responde, otro más se une gritando algo incomprensible, una mujer responde regañando. Los procesadores de mi computador calentando mi somnolencia después de que la idea que ha estado inamovible desde la muerte de un ser querido se movió para el lado que en el fondo nunca quise, el lado de la no acción, del no retorno, de la no dependencia, de la soledad, tan inamovible como lo parecía esa idea.

Y espero que la muerte, la mía, llegue acelerada por paisajes de países que no me traigan recuerdos de mi natal Medellín; en dos semanas me voy para Nueva York y ojalá yo me quede allá y regrese mi cuerpo solo a representarme, como siempre he esperado, separarme de mi romántica mente juvenil y actuar más como mi ego anciano que cada día va acumulando dolores.

Dicen que los que viven en la costa son más felices, como no lo van a ser si sus penas se las lleva el mar, y nadie se ve llorando, porque lloran en la playa donde el mar recoge junto con el sedimento las lágrimas de los que se atrevieron a estar tristes, y empieza de nuevo el carnaval, porque entendieron, como Celia, que de eso se trataba.

Cuando llegue de viajar quiero cambiar el reloj, su sonido, en este silencio es un indicador de que me estoy quedando atrás, parece marcar segundos exactos que yo oigo retrasados, a veces como mi comprensión de la situación, de haberme quedado un par de años atrás, de no ser capaz de avanzar. Hoy ni la música suena, porque lo haría al mismo tiempo de ese reloj, melodías aletargadas que no gustarían a nadie.

Se empieza a oscurecer, y uno empieza a echar culpas, como si actuáramos con preceptos, con el miedo que vivimos de vivir. Con el miedo que vivo de escribir, porque solo así me doy cuenta que sigo triste, y que estoy en ese hoyo de letras que a duras penas se recuperan subiendo por las escaleras del lenguaje. Je ne veux pas être triste, mais j’ai trouvé dans la tristesse une maison très belle. Y recurro a nuevas formas de decirlo, para que al menos se lea distinto.

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