El caballito de Peñas Blancas como superficie

IMG_20160722_081815. Foto: Aimar Arriola, Peñas Blancas, 22 de julio de 2016.

La imagen de arriba marcaba el inicio de mi reciente viaje a Nicaragua acompañando a Tamara Díaz Bringas, curadora general de la X Bienal Centroamericana, en sus últimas reuniones preparatorias en el país con artistas y colectivos participantes en la Bienal. Se trata de una pintura de autor desconocido expuesta en una cantina de carretera en Peñas Blancas, en el extremo norte de Costa Rica, donde paramos a desayunar camino a la frontera con Nicaragua. Representa lo que aparenta ser un caballo criollo, desprovisto de ronzal, brida y silla de montar, sin marcas de doma. El paisaje que rodea a la figura está pintado, mientras que el caballo está hecho de alfombra, quizás arpillera, recortada. Es una representación animal atípica; no corresponde a la tradición de las pinturas y esculturas ecuestres, esas que pueblan la historia del arte como expresión básica del poder, como la escultura ecuestre del dictador nicaragüense Somoza García, derribada tras su derrocamiento en 1979, gesto histórico que el artista Alejandro de la Guerra reactualizó en 2013 en su acción La Caída (en realidad, mi viaje a Nicaragua lo marcan dos caballos: por un lado, el caballito de Peñas Blancas; por otro, la instalación de gran formato Juego de guerra en loop, un carrusel con una estatua ecuestre inclinada, a punto de caer, que Alejandro ultima para su presentación en la X Bienal Centroamericana, y que pude visitar en su estudio el último día de mi viaje). El caballo de Peñas Blancas no es del género ecuestre pero tampoco pertenece a la tradición de los retratos de ganado, perros y caballos popularizados en Inglaterra en el siglo XVIII -la era de la ganadería moderna- como medio de publicitar mejoras en la cría de animales y promocionar la comercialización de determinadas razas, y que, tal y como describe Ron Broglio en su texto “Thinking with surfaces”, reducían al animal a mera mercancía.

El caballito de Peñas Blancas es más bien una invitación a comprometernos con la superficie, en sentido ético y estético; su cuerpo textil, como de vieja moqueta, invita a ser tocado, acariciado, en claro contraste a la “desensibilización”, una de las técnicas modernas de doma de caballo más populares y crueles desarrollada en los siglos XVII y XVIII y aún vigente -a la que se refiere Paul Patton en su texto “Language, Power, and the Training of Horses”, incluido en el ya clásico libro de teoría crítica sobre animalidad Zoontologies. La desensibilización consiste en reducir la sensibilidad corporal de los caballos (el caballo es el animal con una de las superfices más sensibles) a base de frotarlo y golpearlo con un elemento extraño, hoy día una bolsa de plástico sujetada a un palo (en inglés, “bagging” o “sacking out”, literalmente “bolsear”), antiguamente capas y otros elementos textiles, hasta que el caballo deje de sentir. El caballito de Peñas Blancas, con cuerpo de tela de saco, invita a ser tocado, a sentir y ser sentido, estableciendo un agenciamiento entre animales humanos y no humanos, entre vidas y objetos, dentro de un campo sensorial expandido que incluye la visión, el roce y el tacto. Tacto y no dominación, como propone el artista Diego del Pozo Barriuso en su proyecto en curso Tocar, no dominar, al que me referiré aquí en una futura entrada.

En una web sobre “errores y curiosidades” de la historia leo que los caballos fueron introducidos a América por los colonizadores españoles en el segundo viaje de Colón. En otras páginas leo que el origen de la entonces apreciada “raza española” está en realidad en el Califato de Córdoba, y en el cruce entre caballos autóctonos y los que los árabes traían de África. Por su parte, el caballo criollo es descendiente de la especie traída por los conquistadores a América, y el más utilizado hoy día en el trabajo de campo. El paisaje en Peñas Blancas en verano de 2016 lo conforman unos pocos desnutridos caballos criollos pastando a las orillas de la carretera junto a millares de inmigrantes Africanos retenidos en la frontera nicaragüense, en lo que se ha calificado como la mayor emergencia humanitaria en la región desde la crisis migratoria cubana de 2015. A pocos metros de distancia, el caballito de Peñas Blancas se ofrece como la superficie donde las marcas de la desmemoria y la desigualdad entre las vidas se nos hacen visibles.