El Discurso que Separa

Si usted es de las personas que se sienten excluídas u ofendidas por la banda “progre” al momento de dar su punto de vista, por favor, créame cuando le digo que este texto no va por ahí (o al menos intenta no hacerlo).

En un desayuno con una tía en Veracruz platicábamos sobre por qué andar en bicicleta en esta nuestra-odiada-y-querida Tenochtitlán no es una locura, sino todo lo contrario: locura es, cuando se tienen alternativas viables, decidir hacer dos horas de viaje encerrado en un armatoste de tonelada y media; quemando combustibles fósiles como si la gasolina exudara generosamente de las paredes, o colgara como los gordos tamarindos que crecen al margen del tetris de banqueta gris en Poza Rica de Hidalgo. La discusión escaló, mi tía se atragantó tantito y de repente me encontré diciéndole (¿o gritándole?), pomposo como puedo ser, que el coche no sólo era una mala opción sino también era egoísta y poco inteligente; que era de personas “estancadas en su privilegio; insensibles al futuro” o algo así. Poco me faltó para llamarlo “Caballo de Troya del Capitalismo Postdiabólico” o equivalentes; por esdrújulas no paramos en este hogar.

Al final cada quien se fue a seguir con su vida: ella desconcertada al no saber quién era yo y qué había hecho con su sobrino; y yo, crápula mangurrián de las academias, regodeado con superioridad moral. Una victoria más para las buenas conciencias.

Creo que la pureza de las ideas y voluntades es un gustito más que culposo. Es un privilegio que no podemos permitirnos quienes supuestamente queremos transformar la realidad. ¿Qué hubiera pasado si yo hubiese intentado transmitirle toda la experiencia de andar en bicicleta a mi tía (que va más allá de lo “conveniente”, y toca innegablemente a lo emotivo y cursi del viento-en-los-cachetes y tal) en lugar de regañarla por ser vil parte del Eje Berlín-Roma-Tokio de la Combustión Interna? ¿Qué hubiera pasado si yo hubiera sido más receptivo frente al hecho de que los modelos teóricos de ciudades “más humanas” no han logrado “por algo” volverse una realidad en este país? ¿Qué habría sido de esa discusión si yo me hubiera permitido dudar de mis certezas y permitirme pensar en las realidades que mi tía me ponía enfrente? ¿Y si es cierto que hemos fetichizado nuestras ideas y teorías y nos hemos vuelto adictos a las posturas y las formas? ¿Y si el coche pudiera formar parte de las soluciones de alguna manera? ¿Y si la bici es menos viable de lo que quiero creer, o de lo que me dicen mis cifras? Menudo favor le hacemos a nuestra quezque aspiración revolucionaria al resguardarnos, pusilánimes, en los pliegues de lo teórico…

Entiendo que hay banda que entiende y sólo se hace güey. Por supuesto que hay gente que defiende al automóvil y a su inversión pública sistemática como parte de un sentido común que consolida privilegios para unos cuantos y explotación para la mayoría; un sentido común exclusivamente egoísta, indolente frente a las carencias mayoritarias que produce su egoísmo vuelto virtud en un discurso mezquino. ¿Pero y mi tía? A ver, que conste: hablamos de una persona valiente que gritaba a mis primos, sin cobardes miramientos, una finísima sarta de groserías de cuándo en cuándo cuando los cabrones no querían levantarse a las 7 de la mañana (hoy veo prudencia en el actuar de mis primos. Aquí un abrazo solidario \o/), pero ¿eso la convertía en uno de estos villanos maquiavélicos dispuestos a todo con tal de consolidar sus oscuros objetivos de exclusión y explotación? Sin duda que no. Y entonces, ¿por qué les hablamos igual a estos truhanes y a nuestras tías gritonas que de buena fe tienen otra opinión?

En el debate entre una pedagogía responsable y el regaño, nos jugamos la realidad.

Gracias a Joel por la inspiración.

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