Me preguntaba hace poco por qué me gusta escribir y sobretodo por que escribía siempre sobre alguien o sobre algo que le pasa a ese alguien. Y pensando me di cuenta de que lo hacía para calmar la ansiedad. De toda las cosas que observo, las que, con más facilidad, se me queda dando vueltas en la cabeza son las personas. Desde niño me quedaba mirando por mucho tiempo a la gente y cuando alguien hacía algo que me llamaba mucho la atención, trataba de imitar sus gestos y sus acciones. No tenía que ser nada espectacular: una abuela llevando de la mano a su nieto, un señor que caminaba vendiendo pescado o un niño mirando como otros niños jugaban. Me imaginaba lo que estaban pensando y en qué momento aprendieron a reaccionar o responder como lo hacían.


“Herbet” — Un personaje protagonista de un stop motion.

Con el tiempo, como no los volvía a ver, pensaba en lo que estarían haciendo o cómo lucirían. Soñaba con sus rostros, con su ropa, con su cara al levantarse, con el sonido que hacían al masticar, con los lunares de su cuerpo, con las veces en las que lloraban a solas y con toda su vida. Tantas imágenes se me vienen a la vez que me saturo si es que no las anoto. Debo escribir para sacar a flote a todos los personajes que buscan hacerse un espacio dentro de mi cabeza.

Escribo para verlos reír o llorar o gritar o reflexionar o perder el rumbo o adaptarse. Como uno mismo.

Ellos te cuestionan y te preguntan por su vida y quieren que les des un pasado, un mejor amigo, una novia, una madre y una fiesta de cumpleaños. Que les cuentes quien los abrazó fuerte por primera vez y que los acompañes por el camino que escojan.

Y es que, cuando un personaje ya se alimentó de todo lo que le pudiste dar, se vuelve independiente. Sus historias fluyen y ella o él mismo se equivocan, se deprimen, se caen y se levantan. Lloran y se aferran con fe a un sentimiento.

Y uno termina siendo espectador.

A partir de ese momento solo quieres seguir escribiendo sobre la vida de estos seres y estás felizmente condenado a escribir más para saber más. Y cuando llegue (porque siempre llega) el momento de decirles adiós, debes abrazarlos fuerte por última vez y dejarlos ir.